domingo, 18 de enero de 2015

Dos batallas.

Primera. Era todo fuego y pasión. Las emociones se quemaban dando de sus cenizas el nacimiento de emociones nuevas que surgían de la nada, sin que nadie más hubiese podido siquiera imaginarlas. Cada golpe, una victoria. Cada paso, más gloria. Todo parecía obedecer las órdenes de un destino manifiesto que garantizaba el surgir de una leyenda y largos años de prosperidad. Se podían oír los gritos de júbilo. Todo estaba dispuesto para ganar, y se oían gritos de júbilo a cada segundo, augurando una mejor vida que lejos estaba de llevarse a cabo.
Fueron Orgullo, Egoísmo y Ambición los tres pobres diablos que lo echaron todo a perder, convirtiendo una batalla ya ganada en la peor de las derrotas. Las banderas cayeron, los cánticos cesaron. Donde antes sólo hubo gloria y victoria ahora solo había nada. Una nada que engulle todos los objetivos que algunos hombres justos juraron como suyos cuando en realidad nunca podrán ser de nadie. Y, después, olvido. Los daños fueron irreparables y duraderos. Toda una esencia que, en su herida, parecía pérdida para siempre.

Segunda. Las heridas aun no han sanado, pero la obligación no tiene en cuenta el estado de sus subordinados. Ante tal situación,  eligiendo entre levantarse o morir, han sido también Orgullo, Egoísmo y Ambición los primeros en levantarse. Y en su alzamiento han arrastrado consigo a todos los demás. Esta ve, para luchar contra un enemigo que, si bien no es el mismo, parece actuar y suponer las mismas cosas. La victoria está abrazarla. La gloria esta ahí para tomarla. Pero todos son conscientes de que primero deben seguir luchando. Y luchando siguen, evitando los errores del pasado y cometiendo errores nuevos.
Esta batalla no ha terminado. Ni lo hará pronto. Pero al menos las tropas saben que fueron ellos los que perdieron a Primera. Quizás pierdan la batalla por Segunda, pero no caerán ante los pecados del pasado. No volverán a ser heridos de gravedad.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La promesa de un hombre loco.

Me resisto, amada mía, a dejar que esto muera. Son muchos los años y muchas las historias que juntos hemos vivido. Y las que nos quedan por vivir. Y si, bien cierto es que he descuidado tu atención últimamente. Pero sabes de siempre que soy un hombre despistado y con más tareas de las que una única persona puede soportar.
Pero sabes que te he amado. Y que antes moriré de rabia que matar al perro. Volveré. Esa es una promesa que te hago.

Para ti, mi mujer de Seis Letras.
Guante.

lunes, 8 de julio de 2013

Unos ojos que cambian una vida.

Una ligera brisa movía las hojas de aquellos árboles que, con su sombra, lo cobijaban del calor de la tarde estival.

Caminaba despacio, despreocupado. Con esa tranquilidad que a uno le otorga el saber que ya no queda nada que perder. Todo cuanto veía a su alrededor era decadencia y podredumbre. Decadencia y podredumbre que los publicistas y una sociedad infantil habían sabido maquillar de una forma no demasiado convincente. Decadencia y podredumbre.

El parque, que apenas era más que un camino ancho de baldosas con altos y frondosos, aunque escasos, árboles en sus arcenes, se encontraba ese día, como casi todos los demás, vacío. Casi sin un alma. Apenas unos pocos locos que paseaban y se dignaban a ver lo poco que el mundo tenía que ofrecerles. Y lo que el mundo ofrecía era poco. No se oían a los pájaros cantar, ni se podía tranquilizar uno con silencio alguno. Todo era tráfico, contaminación y ruido. Pasear era, incluso, estresante.

Pero los caminos que un hombre libre toma son a menudo confusos, y acaban en situaciones que le obligan a ver la vida de otra manera. Apenas fue un suspiro. Un momento. Ni siquiera él puede estar seguro de si ese momento llegó siquiera al segundo. Pero le bastó con ese lapso de tiempo para caer profundamente enamorado. Por una simple mirada. Una mirada de ojos verdes y radiantes que, con solo mirarlos, había despejado de él todo hastío y asco. Una mirada que había sanado a un hombre que veía al mundo enfermo. Una mirada que se perdió con el tiempo.

Pero tenía la opinión de que hay pequeñas cosas que a uno le pasan en la vida, y que lo marcan para siempre, como la mirada de una desconocida de preciosos ojos verdes.

viernes, 17 de junio de 2011

Oficios.

- Así que haces trucos...
- No, señor. Me temo que está usted profundamente equivocado.
- Pero has dicho que eres mago, ¿no?
- Exacto. Soy mago.
- Estás a un paso de que te mande a la mierda, chico. ¿Eres mago y no haces trucos?
- Señor, soy mago. Mi oficio consiste en crear ilusiones, engañar a la mente y ofuscar los ya maltrechos sentidos. Mi espectáculo no se basa en hacer trucos. Se basa en crearlos. No soy un simple gañán que se compra una baraja trucada en un taller de magia y sorprende a unos críos, no. Soy un mago. Alguien capaz de sorprender incluso a los de su misma clase.
- ¿Y eres caro?
- Podríamos decir que si.
- Pues lo dicho: Ve yéndote a la mierda.

martes, 14 de junio de 2011

Escena XXII: La hermandad

- ¿Son ellos?
- Así es, Tres.
- Muy bien. Agárralos fuerte, que no se muevan. Pétalos, hermanos míos, éstos dos son los que robaron el Segundo Sello al chaval de duVilage. No contentos con ello han atacado directamente a miembros del Ramo, robado sus túnicas, y han intentado colarse en esta sala. Pero no somos estúpidos y les estábamos esperando. Al aparecer con el sello se han delatado, y por ello ahora serán castigados. Quitadles las capuchas.

Frente a los ladrones estaba el llamado Tres, de pie, como todos en la sala. No había sillas. El resto de Pétalos les rodeaba en un semicírculo. Dos de ellos se adelantaron y obedecieron al líder. Ambos ladrones cerraron los ojos por la repentina claridad, a la vez que maldecían. El más bajo tenía el pelo cenizo, casi blanco. Profundas arrugas surcaban su rostro: Debía rondar los 60 años. El otro, alto, calvo, de piel morena y fuerte musculatura, sollozaba y suplicaba piedad.
- Cállate, muchacho. Ya sé que tú tampoco eres culpable, pero deberías conocer las normas. Mi señor Tres, no sé cómo ha llegado el sello a mi bolsillo, lo juro.
- ¿Y esperáis que os crea?
- Francamente no, señor. Pero es la verdad. Yo siempre he sido fiel al Ramo.
- En ese caso debéis saber las opciones que tenéis.

El anciano palideció y sus ojos se abrieron perplejos.

- Yo... - dijo intentando recomponerse y poniéndose de rodillas – Yo asumo la responsabilidad de mis actos, y os ruego un castigo sin dolor.
- Vos debéis de ser el charlatán del que me hablaron. Se nota vuestro don de lenguas. Así sea. Como único miembro de los Cuatro presente, tengo el poder para concederos una muerte rápida. Y así lo hago. Y vos, ¿qué tenéis que decir? - Concluyó señalando al alto, que tuvo que sorberse los mocos antes de poder hablar.
- No me hagáis daño, por favor, soy inocente. No quiero morir. No quiero sufrir.
- Eso debisteis pensarlo antes de atacar a mis hermanos. Sin embargo, no somos animales vengativos, sino caballeros con un deber. Puedo cumplir uno de vuestros deseos, pero no ambos. Te cortarán la cabeza como a tu aliado. No sufrirás. Proceded.

Los dos que habían descapuchado a los ladrones les condujeron fuera de la sala. Empezaban a bajar unas escaleras cuando Tres habló tapando el lloriqueo de los condenados:

- Ya hemos terminado los asuntos desagradables, Pétalos. Juramos proteger el secreto de nuestra hermandad y éste es el precio que hemos de pagar a veces. Hablando de ello, hemos de pensar una nueva consigna, pues los ladrones pueden haber hablado más de la cuenta. Lo discutiremos ahora – suspiró mientras abría una puerta e invitaba a los demás a pasar y sentarse.- Ah, y antes de que alguno tenga que irse como la última vez, lo diré ahora: Mañana me reuniré con Uno, Dos y Cuatro. Ahora que, de nuevo y tras tanto tiempo, tenemos el sello en nuestro poder, no hay tiempo que perder. Debemos comprobar que nuestra Flor sigue a salvo en la cámara.

La sala estalló en aplausos, abrazos y gritos de júbilo. Nadie prestó la más mínima atención al que decía:

- Soltadme ya, estafador.
- Perdonad, Buscador. Es que no me creo lo rápido que hemos llegado hasta aquí. De aquél en el callejón esperaba sacar un lugar, pero no consignas, protocolo, jerarquía, y encima otra túnica. Interrogar se os da muy bien, emplumado. Bueno, encapuchado ahora.
- Yo de nuevo he de reconocer vuestra habilidad. Arriesgada jugada, pero efectiva.
- Nada de arriesgada. ¡Una jugada maestra! La llave en el bolsillo de uno entre la multitud, y en cuanto nota el peso y la coge, se agarra a ese y a otro y a correr ante el tal Tres diciendo que han recuperado el sello. A nadie le hubiera dado tiempo a reaccionar. Pero bueno, calmémonos. Estamos cerca pero aún queda lo más difícil. Venga, entremos. No quiero perderme esta reunión.

lunes, 13 de junio de 2011

Escena XXI: Pétalos bañados en sangre.

Los dos hombres salieron del local. A tomar el aire, Josep, dijo el Viajero.
El ambiente en la ciudad era tranquilo. Pocos transeúntes que se dedicaban tranquilamente a ver al sol ocultarse en el horizonte. Las calles estaban especialmente brillantes, como en todos los crepúsculos. Pero no iban buscando lugares brillantes y bonitos. Buscaban algo lúgubre. Oscuro. Algo lo suficientemente tenebroso como para que la vista de las buenas gentes de Villatorres se mantuviesen alejadas de los negocios de la sangre y la espada.
Avanzaron por callejones que muchos creían olvidados. Estrechos pasillos entre casas a donde no desembocaban ventanas. Y, allí, el Buscador hizo detenerse al Viajero. Sonó el metálico chillido de las espadas saliendo de sus fundas. Seguidores y perseguidos estaban cerca. Demasiado cerca como para verse y lo suficientemente lejos como para pensar antes de actuar. Algo que los seguidores no parecieron tener en cuenta, pues se lanzaron al ataque antes incluso de que el Buscador hubiese desenvainado completamente su espada. Aun así, este pudo esquivar las primeras cuchilladas y adoptar una posición defensiva. El Viajero, por su parte, rodó entre los tres hombres trabados en combate y se posicionó a la espalda de los atacantes, sin intención alguna de asestar un golpe.
Las cuchilladas se sucedían. Buscador conseguía acaparar prácticamente toda la atención, bloqueando los golpes que le llegaban y repartiendo estocadas que no llegaban a ningún blanco. El Viajero, por su parte, no paraba de moverse por la escena de combate, esquivando con especial soltura las hojas de los tres espadachines.
Tras veinte segundos de combate, la hoja del Buscador por fin encontró carne. Había atravesado la pierna de uno de los atacantes. Pero, a su vez, el otro le había pinchado con cierta profundidad en el hombro. Los tres podrían haber muerto de no ser por la inesperada intromisión en el combate por parte del Viajero, que placó al Buscador, alejándolo unos metros del enemigo.
- ¿Para qué usáis espadas contra alguien que puede dominar - el Viajero plantó los dedos corazón e índice de su mano derecha en el suelo, los frotó contra la piedra y las calles volvieron a brillar durante un cortísimo lapso de tiempo con un fulgor que calcinó a los dos espadachines - el fuego?
El Buscador se inspeccionó la herida en su hombro. "Superficial. Nada grave." Se puso en pié y se acercó a los cuerpos. El desgraciado al que había herido aun ardía y permanecía en el suelo. Cadáver. Por suerte, el otro seguía vivo a pesar de sus horribles quemaduras. Apartó su espada.
- Hora de que sepamos. ¿Quién sois?

Escena XX: Un paso más cerca.

- ¡Tú! Yo... él... ¡Yo te conozco! ¡¡Eh, escuchadme!! ¡Este hombre habla con los muertos! ¡Lo hizo con mi pobre hermano y gracias a él encontramos a su asesino! ¡Dejadle pasar y que haga su trabajo! Señora duVilage, no desconfíe, se lo digo yo que buena cosa es este brujo.

Tras pedir silencio, el Viajero Onirico empezó su ritual. Con la cabeza del señor duVilage entre sus rodillas, cogió una pizca del polvo rojo que llevaba en uno de los bolsillos del cinturón y lo esparció por la frente del muerto. Cruzó las manos como cuando se quiere proyectar la imagen de una paloma utilizando sombras, y las apoyó sobre el polvo, con las palmas hacia arriba. Tras un momento inmóvil, el estafador empezó a mover la cabeza como las gallinas, simulando un trance:

- Veo varias figuras de pie ante él, pero... está todo tan borroso... Siento ser tan poco concreto, mi señora. La muerte debió de sorprenderlo y su espíritu es caótico.
- El cobre fortalece la presencia de los espíritus, señora. - Dijo el hombre que había reconocido al Viajero. - He estudiado al respecto.

Tras sentir el peso de las monedas cayendo en sus manos, el estafador continuó:

- No puedo ver sus caras. No se puede, pues llevan capuchas, pero el señor los conocía. Hablan de... - Exageró un movimiento de cabeza, como si hubiera recibido un puñetazo en la mandíbula - ... Una hermandad. Dicen algo acerca de una... ¿Flor?
- ¡Lo sabía! ¡Le dije que se alejara de esa gente! - La esposa del señor duVilage había ido torciendo el gesto a medida que el Viajero hablaba, y finalmente estalló. - ¡Dígame todo lo que sepa! ¡Venga ahora mismo a mi casa!
- Pero, mi señora, necesito el cuerpo tal y como se encontró o ni todo el oro del mundo me permitirá ver nada - Respondio rápidamente el Viajero, mientras pensaba "Sí hombre. No tengo intención de que nadie me mate por saber demasiado. Suficiente puedo sacar de sus lloros, milady."
- Entonces, que se alejen todos. ¡Guardias, formad un círculo! Y tú, habla bajito.

El Viajero asintió, aspiró con fuerza y cerró los ojos.

* * * * *

- Se reúnen cada 7 semanas. - Dijo el estafador al terminar su cerveza. - No sé por qué diablos, algo de una rotación o "algo así" que decía la señora, a duVilage le tocaba guardar una llave, aunque según ella, él la llamaba sello. Al parecer es una de cuatro llaves necesarias para abrir, y cito textualmente, "no sé qué puerta o no sé que cofre". En cualquier caso, se la robaron y han debido castigarle por ello.
- Los espíritus me dicen que han resuelto el acertijo del paradero de la condenada llave. - dijo Buscador moviendo los dedos de ambas manos y mirando el cinturón del Viajero.
- Ríete lo que quieras de mi trabajo, emplumado, pero has de reconocer que da sus frutos. Por lo pronto esta hermosa y tintineante bolsita, gracias a cuyo contenido estáis bebiendo cerveza y no agua. Y sí, yo también lo creo. - Replicó mientras levantaba la cabeza y dejaba de susurrar por un instante. - Diablos, estamos cerca. Tenemos un disfraz, la llave, y sé cuándo se reunieron por última vez, aunque no dónde y la tercera jarra me está impidiendo pensar con claridad. Admito que no sé por dónde seguir.
Buscador rió, y el Viajero pensó que se lo había imaginado, pues al instante la cara del asesino era tan oscura como siempre.
- En la mesa que hay frente a la puerta hay dos hombres que llevan siguiéndonos desde la plaza. Salieron de un callejón junto a la casa del muerto y no te han quitado ojo de encima desde entonces. Dices que no sabes de dónde sacar la información que nos falta. Bien. Es mi turno de actuar. No os separéis demasiado y mantened la mano en el dinero. Puede que haya más problemas.

sábado, 21 de mayo de 2011

Escena III: ¿Dónde está Carmen?

La puerta se estampó estrepitosamente contra la pared.
Miguel Hernán, natural de México, esperaba tal acción. Se había atrincherado en la habitación cuya puerta acababa de ser abierta, y, tras una mesa volcada, encañonaba al vacío con un Taurus modelo 605. Un revolver pequeño, de bolsillo.
Al otro lado de la puerta, el inspector García, claramente enfadado. Se protegía tras la pared, pero tenía ya amartillado su Colt Anaconda.
- ¡Miguel! ¡Ya hemos pasado por esto más de una vez! ¡Yo entro, hago mis preguntas y tú no necesariamente acabas en el hospital!
Tres tiros salieron de la habitación.
-¡Y una mierda! ¡La última vez que viniste estuve seis meses ingresado! ¡Seis, pendejo!
El inspector García dio un hondo suspiro. Bajó su arma.
- Se trata de Carmen.
Dentro de la habitación, Miguel Hernán, natural de México, se relajó. Guardó su Taurus y levantó la mesa que le servía de cobertura. Ordenó al inspector pasar.
- No me gustas una mierda, García. Pero se trata de Carmen. Supongo que, por esta vez, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Una copa?
- Whisky, por favor. ¿Qué dicen los chicos?
- Los chicos nada. Pero yo lo sé todo. - Miguel Hernán, natural de México, se separó de la mesa y en ese momento, el inspector García vio que cojeaba. Tenía la rodilla rota. Algo había pasado. Volvió a la mesa con dos copas - Como te iba diciendo, García. Lo sé todo. Pero todo tiene un precio.
- ¿Quieres que prescriba otra orden de búsqueda?
- Ni más ni menos.
- Hecho. ¿Donde está?
- Florencia.
- ¿Qué hace allí?
Miguel Hernán, natural de México, hizo una pausa. Se pensó bien lo que iba a decir.
- Robar. El David de Miguel Angel, para ser más exactos.
El inspector García no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Eso es una locura. Incluso para ella. Pero te creo. No hace falta que digas más.
Ambos hombres apuraron la copa. Sabían que aquello se tenía que terminar ya, pues a ninguno de los dos les convenía que los viesen juntos. Uno, un ladrón de prestigio venido a menos. El otro, un ex-agente judicial al que, más por costumbre que por respeto, seguían llamando inspector. Y ambos con un pasado en común. Fantasmas de otros tiempos que nunca dejarían de intentar matarse, excepto por Carmen.
- De acuerdo, García. ¿Y qué piensas hacer ahora?
- Ir tras ella. ¿Qué menos? Aún debemos ajustar cuentas.
- Dicen que la venganza no es buena. Pero si la ves, destrózale la rodilla de mi parte.
El inspector García abandonó la sala con paso tranquilo, sin decir nada. Miguel Hernán, natural de México, volvió a suspirar. Aliviado. De nuevo las cosas entre ellos estaban tranquilas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Escena XIX: Fuerzas de corrupción.

Gotas de sudor del tamaño de dientes brotaban de su frente. A sus espaldas, dos hombres permanecían en pie. Firmes. Como esperando.
- Os he dicho ya que no lo tengo.
Se secó la frente con su pañuelo de seda y se notó las manos temblorosas. Los dos hombres lo sabían. Tenían que saberlo.
- Esa no es excusa, señor duVilage. Los Cuatro no se verán nada contentos con esta respuesta.
El señor duVilage se giró irritado.
- ¡Os digo que no ha sido culpa mía! ¡Me lo robaron!
- No debió dejar que eso pasara. Bien sabía vuesa merced que un objeto de tal envergadura debe defenderse con la propia vida, como muchos otros han hecho.
De repente, su sudor se cortó. Un escalofrío recorrió su columna. Esperaba esa respuesta, pero no tan temprano.
- ¡No! ¡Dadme otro día!
El hombre que había permanecido callado, se dignó a hablar.
- Ya te hemos dado demasiados, Marcel.

* * * * *

- ¿Y cómo pretendes empezar, Viajero?
La plaza de la Torre estaba a reventar. El mercado, como siempre, estaba abarrotado de diferentes lugareños. No era difícil encontrar a cualquiera de la ciudad allí abajo. Desde la moza más "alegre", hasta el viejo que estaba a punto de morir. Pasando, por supuesto, entre guardias y ladrones.
- ¿Empezar? No haremos nada. Quedarse parado y esperar que la vida se solucione sola es mi mejor y único plan en este momento.
- ¿Qué decís? ¡Valiente desfachatez! ¡Ahora mismo ni siquiera sabemos si nos están siguiendo, y luego está ese tema con el dueño de esta villa, que podría estar...!
El discurso del Buscador se vio interrumpido por los acontecimientos. Toda la plaza se paralizó y pudo ver como desde la Torre caía la sebosa, amorfa y vieja persona del señor Marcel duVilage que, como era de esperar, se estrelló contra el suelo de la plaza del mercado, llenando de tripas y sangre a varios viandantes.
Y así, de pronto, una alegre mañana se convirtió en caos. Las mismas gentes, los mismos movimientos, el mismo caos, pero con un ingrediente añadido: pánico. Ni siquiera la guardia de Villatorres supo qué hacer.
- De acuerdo, Viajero. He de admitir que teníais toda la razón del mundo.
- Y ahora, Buscador, es cuando tengo un plan. Necesitamos hacernos con el cuerpo. ¿Y quien mejor que alguien como yo, que "busca en el mundo onírico", para investigar? Dejadme actuar un poco. No os separéis demasiado y mantened la mano en la empuñadura. Puede que haya más problemas.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Escena XVIII: El Tulipán Escarlata

El sol teñía de tonos naranjas el valle en el que se encontraba Villatorres. Los jinetes se acercaban con el alba a sus espaldas, dejando que los caballos descansasen, pero sin dejarlos parar.
- Villatorres, Buscador. Nuestra primera parada aceptable en nuestro camino hacia Treasvigg. Espero que se hayan olvidado de mí.
- ¿Estuvísteis ya aquí, bufón?
- ¿De nuevo con la tontería de los nombres? - el Viajero dio un profundo suspiro y rió en tono burlesco - Si. Tuve la desdicha de parar aquí hará cosa de un año. ¿Recordáis aquella historia que os conté sobre la hija de aquel granjero? Si, aquella chica llamada... ¿Giulia, quizás?
- ¿Un nombre característico del sur? ¿Tan al norte? No, no lo creo. De cualquier manera, Viajero, no sigáis por ahí. Preferiría no recordar ninguna de vuestras aventuras... y aun así lo hago.
El viajero volvió a reír.
- Creo que os conviene saber algo de la ciudad antes de adentraros en ella, Buscador. Villatorres tiene una historia larga. Y siniestra, pero bueno, seguramente para vos eso solo sean nimiedades. El caso es que Villatorres antes era un pequeño fuerte con cuatro torres que aun hoy se conservan. Después de no sé que guerra, el fuerte desapareció y se convirtió en lo que hoy ves ante ti. Actualmente lo regenta el señor Marcel duVilage, un antiquísimo, y con antiquísimo quiero decir viejo, noble de algún territorio importante de aun más al norte, al cual han mandado aquí.
Tras un largo monólogo del Viajero sobre todo lo que este sabía de la ciudad, los jinetes llegaron a ella y la vieron despertar. Los mercaderes abrían sus negocios a lo largo de la calle principal, que desembocaba en una plaza de un tamaño considerable, en cuyo centro se alzaba una de las torres que albergaban la totalidad del poder en el territorio urbano. Los trabajadores se dirigían ya a sus puestos de trabajo, e incluso algún que otro niño se atrevía a corretear por las calles.
Los jinetes atravesaron en su totalidad la calle principal y llegaron por fin a la plaza, donde había una posada con establos. Amarraron los caballos y entraron al establecimiento, en el cual el Viajero fue recibido por un fortísimo grito de júbilo.
- ¡Me cago en mi puta vida! ¡Pero si eres tú, maldito rufián!
- ¡Josep, amico! ¡Alabados sean los ojos!
Y comenzó la conversación entre el tabernero y el estafador. Mientras tanto, Buscador, con la mano en el pomo de su estoque, se dejó recostar sobre una pared y oteó todo lo bien que sabía la totalidad de la posada. Doce mesas distribuidas de forma caótica con al menos cuarenta sillas. De todas las mesas, solo dos estaban ocupadas. Una de ellas por dos mozas que supuso familiares del dueño, por sus vestiduras y por su proximidad a la barra. La otra mesa estaba ocupada por un único hombre. Nervioso y que no dejaba de mirar al Viajero, que seguía hablando alegremente con el hombre de detrás de la barra. Las escaleras: vacías.
Tiempo después el Viajero lo llamó con la mano desde una mesa, donde ambos tomaron asiento.
- Al parecer, estaba equivocado. Hay gente del sur en estas tierras, Viajero.
- Josep es único. Por lo pronto, nos invita a desayunar y a dos noches.
- ¿Dos noches? Eso nos retrasará en nuestro viaje. ¿Por qué no le dijiste que solo una?
- Porque pedí más información. Precisamente, sobre el hombre que nos atacó. Tranquilo, Josep es de fiar.
- ¿Y qué te ha dicho?
- No mucho. Recuerda haber dado alojamiento a tres hombres vestidos como le he descrito. Y cree haber escuchado de algún que otro guardia que se han reunido con el señor duVilage. Lo cual, queridísimo espadachín, nos plantea una pequeñísima duda. ¿Qué tenían estos hombres que ver con el señor duVilage? Y aun mejor: ¿Qué tiene que ver el señor duVilage con Vale y con Tulipán?
- ¿Y cómo diablos quieres que lo sepa?
- Pues precisamente por eso nos quedamos dos días.

Escena XVII: El entierro

Escenas publicadas de La flor de pétalos dorados

Escena I: El buscador
Escena II: El Viajero onírico
Escena III: La flor
Escena IV: Interludio
Escena V: Alquimia
Escena VI: Historias
Escena VII: Razones
Escena VIII: Atracción
Escena IX: Alianza fatal
Escena X: Tulipán
Escena XI: El hombre de la arena
Escena XII: El acuerdo de la priva
Escena XIII: Por la puerta de atrás
Escena XIV: Noche de Pasión
Escena XV: Advertencia y periplo
Escena XVI: Protectores
Escena XVII: El entierro


El Viajero Onírico observaba recostado sobre un árbol (y jugueteando entre sus dedos con la llave del muerto) el ingenio mecánico que había elaborado su compañero en apenas unos minutos: pasó una cuerda de cáñamo por las ramas más fuertes de un árbol, creando un rudimentario sistema de poleas; del que por uno de sus extremos colgaba el cadáver desnudo del joven sectario.
-"La gente tiende a mirar hacia abajo, no hacia arriba." -dijo imitando su voz además de sus palabras-. Buscador, piensas como un auténtico asesino.
El hombre del sombrero emplumado le dedicó una mirada fulminante y comenzó a tirar de la cuerda. Como reacción, el Viajero se incorporó de forma carambolista y se dirigió hacia él para colaborar en el "entierro". En breves minutos llegó el momento en que hacer el último esfuerzo para subir el cuerpo a la altura de las ramas.
-Sujeta fuerte la cuerda.
El asesino trepó sin esfuerzo apenas por el árbol hasta llegar a la copa. Allí en lo alto colocó el cuerpo sobre dos ramas y esparció algunas hojas que se pegaron al cuerpo gracias a la función adhesiva de la sangre semicoagulada. Eliminaron cualquier señal de combate en la zona y se marcharon.

* * * * *

-Tenemos un disfraz de sectario y una llave que nos da acceso a su concilio de chalados... ¿Buscador, piensas lo mismo que yo?
-Estoy pensando en muchas cosas, pero sí, te entiendo.

jueves, 28 de abril de 2011

Murió entre necios.

-Y aun hoy recuerdo la escenita que se montó en la muerte del señor Salazar. Tú, hija mía, no llegaste a conocerlo, pero habrás oído hablar de él. Después de la Guerra, el señor Salazar, afín al movimiento Nacional, se cargó, con el apoyo de nuestras queridas fuerzas de seguridad, a prácticamente todos los terratenientes (que no trabajadores del campo) de esta, nuestra ciudad. Pero el tiempo pone a cada uno en su lugar y, años más tarde, el señor Miguel Alfonso de Todos los Santos Salazar Martínez enfermaría gravemente.
Recuerdo estar en su casa, hace veinte años. Allí se había reunido toda su prole. En total, cinco hijos y cuatro hijas. Y allí estaban todos, peleando a gritos mientras su "pobre" padre se moría postrado en un camastro. En especial, los dos mayores, Miguel y Antonio, estaban enzarzados en la pelea más cruenta que he visto en mi vida. Los demás clamaban a pulmón abierto cada uno su visión de las cosas. Eso sí, todos coincidían en lo mismo: querían el total de la herencia para cada uno. ¡No había sitio para compartir!
Y yo allí, procurando que las últimas horas del señor Salazar fueran más llevaderas. Aunque he de decir que tampoco es que me esforzase mucho. Simulé no tener calmantes, aunque también es cierto que el viejo no quería que le inyectasen nada. Total, que entre gritos y puñetazos, el señor Salazar entró en una especie de crisis. Comenzó a gritar (aunque nadie lo escucho). Le dio un ataque de tos y empezó a vomitar sangre (aunque nadie se fijó en él). Reventó. Y con esto quiero decir que empezó a soltar por el culo pus, mierda y todo tipo de fluidos pestilentes. Y entonces, sus hijos, sin dejar de discutir, abandonaron la sala.
Como moraleja de este relato, hija mía, te pretendo enseñar dos cosas: la vida de un doctor es jodida. Habitualmente tienes que tratar a autenticos villanos, como lo fue en su día el señor Salazar. Y, por otra parte, es desagradable. Recuerdo que llegué a casa con el traje manchado de mierda y mil secreciones más. Espero que se te hayan quitado las ganas de estudiar medicina.
-Pero, papá, si yo lo que quería era ser médico para diagnosticar a la gente cosas que no tenía... ya sabes, por joder...
-¡Entonces si, mujer! Seguro que en la Seguridad Social te hacen un hueco.

viernes, 29 de octubre de 2010

Psicología ajada.

- Mucha gente cuestiona lo que hago. Se quejan de que la espiral violenta en la que vivo. Yo, después (o antes, no sabría decirle), les propino la paliza por la que me han hecho contactar con esa persona. Entiendo que haya trabajos mejores, con un horario y salario fijos, y con sus días libres y vacaciones, y toda esa tontería que tienen los trabajadores, pero es que no sé hacer otra cosa.
Desde pequeño he vivido en un mundo violento. Supongo que como todos, ya que nos meten violencia hasta en la puta sopa. Ya sabe a qué me refiero: que si una noticia con muertos a la hora de la cena, que si una discusión en el atasco de la mañana, que si papá le pega a mamá porque esta hizo mal el almuerzo... Todas esas situaciones con las que lidiamos día a día. Pero, ¡no! No le pegues al que te agrede, o no intentes luchar por algo que consideras buena idea, pero que supone ponerte contra alguien de poder superior. O no digas palabrotas. Al fin y al cabo, todo es lo mismo: adquisición y represión de violencia.
No por esto digo que mi infancia haya sido una pelea con navajas constante, o que mis padres se moliesen a hostias (aunque supongo que el hecho de no tener padres influye en que esto no pase). Mi vida, simplemente, ha carecido desde su inicio de la represión de la violencia. El encargado de educarnos en el orfanato simplemente pasaba de nosotros, y en la infancia aprendimos la ley del más fuerte y comenzamos a crear organizaciones chiquicriminales. Un encanto, oiga.
Y claro, una cosa lleva a la otra. Después de toda una vida de puñetazos y patadas por conseguir la asquerosa comida de la residencia de niñitos sin papás, y de algún que otro incidente violento que no viene al caso, uno sale como sale. Y si, soy consciente de que, desde un punto de vista moral y cívico, "matar" dentro de tú comunidad está mal visto. Pero ni recibí educación moral, ni estudios para la ciudadanía. Ni tengo una comunidad, claro. Pero eso es arena de otro costal, si es que la frase hecha es esa.
A la pregunta de si estoy contento con mi vida, la respuesta es si. Hago lo que quiero cuando quiero. No me falta el dinero ni la dosis periódica de violencia. Hoy día, tengo un poder del que otros carecen. Y me sienta bien ser capaz de decidir qué hacer o qué no hacer.
Como verá, doctor, estoy perfectamente.
- No, "Guante." Su vida es un cáos. Está rodeado de sangre y muerte. El hecho de que mutilar y dañar a sus iguales no le cause remordimientos puede indicar varios problemas. Psicopatía, por ejemplo. Pero sigamos con su sesión... ¿Qué me dice del amor?
El silencio se hizo en la sala. Guante se levantó del sillón que ocupaba y se dirigió a la puerta cabizbajo.
- Señor "Guante", ¿va a alguna parte?
El doctor Suárez obtuvo una respuesta demasiado corta antes de que la puerta se cerrara, y dicha pregunta le dejó perplejo y consternado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Hecho aislado

Caminar de noche siempre me ha provocado este sentimiento de bagaje mental, me pongo a pensar en el pasado, presente y futuro, en como van las cosas actualmente, y en como ha llegado todo a esto. No es que me queje de mi vida ni nada, tengo un nivel de vida aceptable, miz zapatos de Gucci, mi corbata de Hermes y mi chaleco Armani hacen una idea de que no tengo dificultades económicas actualmente.
Tan solo escucho el sonido de mis zapatos en las adoquinadas calles nocturnas, el sonido de los pocos coches que circulan a estas horas de la noche, el poder pesar tranquilo sin ninguna distracción, el sentir el fresco viento de la llegada del invierno... mierda, me encanta mi trabajo
Para ser francos, en ningún momento de mi vida habría pensado el estar trabajando finalmente de esta forma. De chaval he trabajado en muchos sitios, repartidos, barman, botones, de cualquier cosa que pagara mis pequeños caprichos y me permitieran cierta independencia económica. Siempre me he considerado un hombre trabajador, aunque un tanto vago y olvidadizo para ciertas tareas rutinarias, como acordarse de donde deje las llaves, o que diablos me dijo mi jefe cuando yo no prestaba atención, por eso siempre traigo conmigo un pequeño block de notas.
Sin embargo pongo dedicación a lo que hago y siempre obtengo resultados, la mayoría de mis clientes no se quejan, y si lo hicieran creo que de lo único que se podrían quejar es de que suelo ir a lo mio, sin importarme lo que me digan, hago mi trabajo y me limito a ello.

Bueno, dos calles más... por donde iba... ah si, mi trabajo, es muy estimulante, me da tiempo para mi mismo y además esta bien remunerado, por otra parte los viajes incesantes y no tener horario fijo es lo peor del mundo, en fin, que le vamos a hacer...

Bien, Voie d'Athis ya la encontré, se me daban mal las calles de Paris, Amsterdan, Madrid, Londres, ya los conocía bastante bien, pero Paris... esa ciudad tiene algo que me desconcierta, siempre que vengo tardo media hora de más en buscar las calles, debería conseguir un GPS o algo para la próxima vez
Veamos, tercer piso, salida trasera, escaleras anchas, perfecto, bonita decoración, me recuerda a cierta vivienda en Dinamarca, era un tanto vieja pero se ve que esta está bien cuidada aun estando en el casco antiguo, además tiene ascensor, me encantan los ascensores.
Donde puse las llaves... siempre pasa lo mismo, no hecho cuenta a donde pongo las cosas, perfecto esta vez era bolsillo interior de chaleco. Bueno ya estamos aquí, ¿Donde estará el dormitorio?
Debería pensar en alguna palabra o alguna frase profunda y con algún sentimiento... nah, algún día lo pensaré, bien, a trabajar...
El sonido de un disparo resquebrajó el silencia de una noche parisina, donde frente a un charco de sangre que se comenzaba a formar en las sabanas solo se alcanza a escuchar una frase.
- Mierda, el silenciador, lo olvidé.

sábado, 2 de octubre de 2010

Reencuentro.

A mis pies tengo un corazón podrido y un sentimiento muerto. Ambos míos. En la lejanía se oculta un Sol tímido que huye de su amada la Luna. No puedo evitar sentirme identificado con él.
Mis pulmones, oscuros pozos de alquitrán, están cansados de aspirar el sutil vapor de la muerte. Mis puños están ajados después de tanto golpe. Mi cuerpo no quiere seguir peleando por causas perdidas desde el principio. Y, francamente, yo tampoco. He perdido demasiado por el camino, y no podré recuperar nada.
Distingo una silueta al borde del horizonte. No alcanzo a reconocer sus rasgos, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que sé de quien se trata.
Y poco a poco llegas a mí. Mirándome con tus brillantes ojos azules como si fueses capaz de atravesarme. Y te plantas frente a mí mientras te saludo con un tosco "Hola, zorra."
- Me encontraste. Has puesto fin a tu búsqueda.
Tus palabras suenan burlonas, y sin duda hacen me hacen daño. Te perdí hace mucho y Dios sabe que no quería volver a encontrarte. Pero has vuelto, y lo has hecho para quedarte. He de responderte.
- Desgraciadamente, Musa, así es. Vuelvo a poseerte... ¿Pero a qué precio?
- Creo que a ninguno. Eres demasiado egoísta para darte cuenta de que no has perdido nada.
El egoísmo es algo que siempre me ha caracterizado, supongo. El egoísmo y esa estúpida obsesión que me hace comportar de una manera hipócrita para situarme por encima de los demás. Pero hoy estás equivocada.
- No, Musa, no. He perdido. Más de lo que estaba dispuesto a apostar.
- ¿Podrías enumerar cuánto?
- Lo haré. Lo primero en perderse fue una de las almas que me completaban como persona. Bien sabe esa alma que toda culpa es suya, pero mi indulgencia y mi falta de flexibilidad lo lanzaron al abismo. Se ha quedado en el camino, pero no caerá en la sima del Olvido.
- ¿Y qué más has perdido?
- El amor que creí encontrar cuando te perdí. Es por eso que estás aquí, por el trato.
- Oh... Cierto, lo había olvidado.
No me sorprende de ti, Musa. Siempre olvidaste las cosas importantes. Da igual cuantas letras tenga el nombre, si Seis o Cinco. Da igual cuanto tiempo tengo que perder para saciar tu sed, si un año o unos meses. Siempre acabas olvidando lo importante. Como yo.
- Supuse que lo habrías olvidado.
- La verdad es que te estoy mintiendo. No has perdido nada. Algunas cosas las has intercambiado, y en otras cosas estás equivocado, cariño.
De nuevo intentas emponzoñar mi mente con tus afiladas palabras. Intento pararte, pero tu monólogo sigue.
- La verdad sobre ti, estúpido, es que siempre acabas derrotado antes incluso de comenzar la pelea. Y luego vas haciendo alarde de cuán duro tuviste que pegarle a los muros que te encerraban y de los que nunca has conseguido salir. Ese es tu problema, y eso es lo que vengo a solucionar.
Después de tantos siglos no te has dado cuenta de que lo único que no se te da bien es solucionar las cosas. Tanto como yo huyo de mis problemas, tú desapareces cuando las cosas se ponen turbias. Somos las dos caras de la misma moneda. Hipocresía y Cobardía. Pero mis pensamientos no te hacen callar, aunque sé de buena tinta que puedes escucharlos.
- Este no es el fin de la historia, poeta. Solo es un interludio. Recoge tu esperanza y deja el corazón, pues allá donde vamos no lo necesitarás.
Dudo durante un instante si abandonarte a ti y a este mundo o seguirte. Pero sabes de sobra que iré donde vayas cual perro faldero, ya que sin ti, no podría siquiera vivir.
Me levanto y partimos en silencio. Tengo miedo, pero al menos vuelvo a sentir la esperanza que creía perdida.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El extraño despertar.

Se despertó sobresaltado en una habitación oscura sobre un pequeño charco de sangre. Sentía en su cuello como si hubiesen introducido en él dos barras incandescentes de hierro. Tras la dura tarea que le resultó levantarse, se sentó, casi dejándose caer, en la cama que había aparecido cuando abrió los ojos. Después de ojear ligeramente la habitación esbozó una pícara sonrisa, pues se encontraba rodeado de condones, botellas de alcohol vacías y cantidades ingentes de ropa interior femenina. Oyó tras él los delicados pasos de unos zapatos con tacón de aguja.
El estrepitoso sonido del abrir de la puerta y la luz que penetro en la habitación, procedente del pasillo que la conectaba con el resto de la casa le dañaron los ojos y oídos, y lo tumbaron de nuevo en el suelo, tras la cama, donde la luz no alcanzaba.
-Veo que estás despierto.
No pudo otorgarle ningún rostro a esa voz femenina. La misma mujer de tacones que había entrado cerró la puerta y ocupó su sitio en el asiento que, junto con la cama de matrimonio y una pequeña mesilla, amueblaban la habitación. Las preguntas se sucederían.
-¿Quien eres?
-Quien sea yo, cariño, es lo último que quieres saber ahora. No obstante, me llamo Isabel.
Isabel. Le hubiese gustado relacionar su nombre con largas tardes de whisky y alcobas viendo atardeceres mientras sus dulces labios acariciaban los suyos, pero no fue eso lo que recordó. De hecho, no recordó nada.
-¿Donde estamos?
-En una habitación, ¿no es obvio? Ahora, ¿serías tan amable de levantarte del suelo y hablar conmigo cara a cara?
Le pareció una petición razonable. Tras incorporarse, se sentó en el filo de la cama, cerca de Isabel, y la observó fijamente. Sin duda, la mujer más hermosa que había visto nunca. La mujer más hermosa que había visto nunca, y la más perturbadora. Su fino vestido azul (las mujeres hermosas siempre visten de azul) y el rojo licor que llenaba su copa le resultaban aterradores. Aun más a sabiendas de que tenía dos perforaciones en el cuello. El miedo invadió su cuerpo, y ella lo notaba.
-¿Qué me has hecho?
-¿Yo? Absolutamente nada.
-No me mientas. Las heridas de mi cuello, mi reacción ante la luz, tu copa llena de sangre... Sin duda, eres una vampiresa, y me has condenado a mi también.
Isabel suspiró y sonrió. Sus ojos, verdes como la oliva, se clavaron en los suyos. Un frío calambre le recorrió la espina dorsal. Veía venir la muerte.
-Eres más estúpido de lo que había pensado en un principio, Sean. Lo que hay en mi copa no es más que vino tinto. Tu reacción a la luz es por la resaca, ¿o ya te has olvidado de todo lo que has bebido esta noche?
-¡¿Y las heridas del cuello?! ¿Cómo explicas eso, maldita?
Una sonora carcajada llenó la sala.
-Las "heridas" de tu cuello te las hizo tu ex-novia Claire con un táser cuando nos pilló follando en esta misma habitación. Anda, vístete y sal, que nos están esperando.
Los recuerdos llegaron a su mente como un aluvión de imágenes. Isabel y él mismo fornicando como posesos durante horas, el grito de ira de Claire cuando vio la escena, el vaivén de las botellas y la enorme borrachera que se adueñó de su mente escasas horas antes.
-Pues si que va a resultar que soy estúpido, sí.
-Te lo he dicho.
Se puso unos pantalones que había en el suelo y abandonó, junto con Isabel, la habitación en la que se encontraban. Pero, entonces, varias dudas llegaron a sus pensamientos. ¿De quién era la sangre de la habitación? ¿De donde había sacado Claire un táser? ¿Desde cuando los táser causan heridas en lugar de quemaduras?
La puerta de la habitación se cerró de manera súbita.

domingo, 1 de agosto de 2010

Retrato.

El mundo se desvanece bajo nuestros pies y ni tan siquiera el más valeroso de los héroes de nuestra decadente época se atreve a enmendar lo que patanes caóticos han desencadenado. Nuestra civilización se consume bajo la atenta mirada de ciegos poetas, que disfrutan dejándose llevar por sus deseos en lugar de relatar la más oscura de las tragedias.

El escenario presenta a los dioses de todas las épocas muertos. Sobre ellos se alzan templos de papel donde la antaño esencial adoración ha sido sustituida por el sensacionalismo. De los charcos de sangre que se han formado bajo los Creadores crecen oscuras máquinas que transforman en vacío el preciado icor que fluía por sus venas. Y en el suelo, junto y bajo toda esta tormenta, habita el hombre, los héroes y los poetas. Los primeros perdieron sus ojos tiempo ha. Los segundos casi han desaparecido, y los que quedan en pie son humillados y despreciados. Los últimos, como antes dije, han perdido su divina función.

Este es el aspecto del nuevo mundo. Este es el aspecto del acto previo al Apocalipsis. Este es el retrato de aquello en lo que nos hemos convertido.

lunes, 12 de julio de 2010

Escena V


La Transición


Había empezado. Sería difícil determinar el momento exacto, por lo que sencillamente diré que Gamat y sus seguidores se habían hecho oír por el reino, ganando muchos seguidores y enemigos por el camino, y que un día, sin más, todos sabíamos que estábamos en guerra.
En pocos días se había formado tal revuelto que el propio Eisenhar dio varias conferencias y paseos por la ciudad, para decirle al pueblo que seguía estando de su lado. En uno de estos paseos, una mujer a pocos metros de mí le lanzó una piedra mientras profería insultos. La guardia reaccionó y… en pocos segundos se había formado una batalla campal. Las primeras víctimas. El principio del fin.

Esa misma noche, los revolucionarios y algunos simpatizantes estuvimos reunidos en un sótano bastante amplio, con una gran mesa en el centro. En ella estábamos, además de Gamat, sus subordinados más cercanos y yo mismo como invitado de honor, los cabecillas de algunas milicias o grupos que se habían ido formando. Repartidos por el resto de la sala había unas quince personas más, entre ellos, curiosamente, la compañía “Felicidad Ambulante”. Levanté la mano para saludarles y me encontré con la mirada fija del “payaso malo”, con sus ojos que, clavados en los míos, no miraban hacia mí sino más bien a través de mí, y con su escalofriante sonrisa que parecía decirme “te equivocaste”.

- Amigos míos – empezó diciendo Gamat una vez se hizo el silencio– sabíamos que esto pasaría. Aunque triste, es necesario. Se ha demostrado cómo reacciona el Eisenhar ante cualquier crítica. Además – dijo mirándome - esas personas ya son libres, ¿verdad, señor Novma?
- No. – Admito que fui bastante maleducado en este punto – No lo creo, no aún. Esas personas no han muerto libres, sus actos son consecuencia de nuestra influencia y no fruto de su propia decisión, por decirlo de algún modo. En cualquier caso, como decís, estamos en el camino para que así pueda ser. Me alegro de ello.
- Así es, estamos en el camino, y hemos de andarlo. Por eso os he llamado – dijo dirigiéndose a los líderes de las milicias – Es el momento de atacar, y tenemos que organizarnos. Vamos a golpear con fuerza y tenemos que empezar cuanto antes. Eve, ¿cuánto tardarían tus hombres en extender un mensaje a cada aliado de la ciudad?
- Un día, quizá dos. ¿Cuál es el mensaje?

Al escuchar las palabras de Gamat, todos en la sala gritaron, se asustaron y al poco rompieron en aplausos. Todos, menos los dos payasos, que se miraron impasibles y en silencio durante varios minutos. Daría cualquier cosa por saber qué pensaban en ese momento.
Ya no había marcha atrás. “Vamos a tomar el palacio del Eisenhar”.

martes, 6 de julio de 2010

Identidades.

Aun hoy recuerdo cuando aquel hombre, de raídos ropajes y desaliñado aspecto, me hizo aquella pregunta. "¿Quién eres tú, espíritu inmundo, que está aquí dentro? ¿Quién habita este cuerpo? Dime tu nombre." Esa situación me dejó perplejo, y ni tan siquiera hoy, después de haber pasado tanto tiempo, sería capaz de contestarla. ¿Quién soy yo? Hasta ese momento, nunca me lo había planteado, y, para mi desgracia, me lo planteé antes de contestar.
Quién es yo. Qué define a ese yo. No supe responder. El yo no es algo que uno mismo pueda describir, ya que todos tenemos una idea de "nosotros mismos" en nuestra mente, y es claramente subjetiva. En la mente, somos el bien. En la mente de otros, no lo somos necesariamente. La mente no sabe describir el yo. Por tanto, llegué a una conclusión: Yo es Otro. Otro al que no conozco, pero que no dejo de ser yo. A su vez, ese Otro no puede ser conocido por cualquier ajeno, ya que cada individuo vería una parte abstracta de ese Otro. Tras eso, llegué a mi segunda conclusión. Yo es Otros.
He estado años pensando en ello. Yo es Otros. Yo es una cantidad indefinida de Otros. Cantidad que va aumentando con el paso del tiempo y con las experiencias que nuestra mente recoge. No somos capaces de conocer nuestro Yo. Solo conoceremos uno de nuestros Otros. Un Otro que ningún otro verá. Soy, y somos, una multiplicidad.
Aquel hombre me pidió mi nombre. Le dí mi nombre. Hoy, respondería como lo hizo el loco en el Evangelio de Marcos, Capitulo 5, versiculo 9. "Legión me llamo; porque somos muchos."

domingo, 27 de junio de 2010

Transcurso.

Hace mucho tiempo, alzaba la vista y vislumbraba un horizonte infinito.
Hace mucho tiempo, se tumbaba en el suelo y disfrutaba de la visión nocturna del cielo, que le otorgaba unas perfectas estrellas, dispuestas de tal manera que hacía que hacía que su imaginación fluyese como el aire sobre todas las cosas.
Hace mucho tiempo, se mantenía en pie, con el viento zarandeando su cuerpo, al borde de los más escarpados acantilados que daban al más salvaje mar. Respiraba libertad y enfrentaba su coraje a la fuerza de las olas.
Hace mucho tiempo, corría por verdes praderas enfrentando su sangre contra la sangre de otro ser. De la tierra se alimentaba y en la tierra moría. Conocía el ciclo, y estaba dispuesto a cumplirlo.
Hoy, si alza la vista solo logra ver piedra.
Hoy no se tumba en el suelo. Ya no ve, ni puede ver, las estrellas. Su imaginación ha muerto.
Hoy no respira libertad, ni necesita enfrentarse a la naturaleza.
Hoy casi no quedan verdes praderas. No hay ciclo que cumplir. No hay nada que esté dispuesto a cumplir.
Hoy solo le queda lo único que se ha mantenido invariable desde hace tanto tiempo. Hoy solo le queda la certeza de que, en algún momento, su alma abandonará su cuerpo. Y aún así, hoy aun prefiere pensar, o no hacerlo, que ese momento nunca llegará.