domingo, 27 de diciembre de 2009

Aire invernal




Escritos relacionados


Aspiró fuertemente, contuvo el aire unos segundos en los pulmones y lo dejó escapar por la boca, fascinándose con el vaho. Hacía un frío apabullante, pero el bar de donde había salido era un horno, y él se sentía como un pavo relleno ahí dentro.
Todas las estrellas habían salido a iluminar la noche. Eso le había sentado bastante mal. La noche perfecta para la velada perfecta. Y estaba solo de nuevo.
Sacó tabaco del bolsillo de su gabán y se dejó caer sobre la pared. Fue liándose el pitillo mientras intentaba distraerse con los viandantes y dejar de pensar en lo que le rondaba la cabeza. No tardó mucho tiempo en salir uno de sus compañeros. El cual lo miró, y, como si fuese capaz de leerle la cabeza, asintió y se sentó en la acera, junto a él.
-Deberías de dejar de pensar en eso. Relájate y disfruta, que esta noche es especial.
Sacó el mechero y encendió el pitillo. No iba a refutarle nada. Su amigo se dio cuenta de cuan desafortunadas habían sido sus palabras.
-Quería decir que es una buena noche.
De nuevo, había abierto la boca antes de pensar.
-Bien, vale. Una noche de mierda. Y si tú estás así, no te creas que yo estoy mucho mejor. Es que simplemente no lo entiendo.
-No hay nada que entender.
-Si, hombre. Hay mucho que entender. Y supongo que hay mucho que se nos escapa. Pero por más y más vueltas que le doy, macho, no llego a comprender nada.
De nuevo un silencio incomodo. Viendo que su amigo no iba a abrir la boca en un rato, y pensando que no valía la pena no hablar con alguien que le servía de apoyo, intentó seguir con el tema.
-Y ayer hacía una noche de mierda. Alguien ahí arriba está enfadado conmigo. Debo haber hecho una putada muy grande, o algo así.
No encontró respuesta. Así que siguió fumando, mirando al vacío, que esta vez había tomado forma de pared.
-No creo que allí arriba haya nadie. Y menos aun que esté enfadado contigo. Es simplemente casualidad. Además: Ni un tornado podría haber evitado lo que está pasando esta noche.
Sentía que su amigo tenía razón. Ni el diluvio universal, ni el fin de los tiempos habría evitado eso. Ni siquiera él. Simplemente nada.
-Tienes razón. Lo mejor: Puede que de esta aprenda.
-¿Y lo peor?
Tiró la colilla y comenzó a liarse otro pitillo.
-Lo peor es que no quiero hacerlo.

martes, 22 de diciembre de 2009

Inolvidable

Un cantaor flamenco se desgarraba la voz. Mientras, el mejor pianista de jazz cubano, junto a un pequeño grupo de excelentes instrumentistas, acompañaba al cantaor. Prácticamente nadie podía prestar atención a cualquier otra cosa, ya que la calidad del espectáculo era excepcional.
Él no levantaba la cabeza de la carta. Se secó la lágrima derramada antes de que nadie pudiese verlo. Para colmo, canción tras canción, el amor era el tema principal de la agrupación.
Pidió otra copa al barman, y le pidió que le dejase la botella en la mesa. Esa noche, el servicio iba acorde al espectáculo, así que su petición se había visto cumplida en tan solo unos segundos.
No lo podía creer. Entre sorbo y sorbo iba rememorando cada uno de los buenos momentos que ella y él habían pasado. Imborrables momentos que siempre guarda el corazón. Sus viajes apasionados, sus cálidas noches, sus dulces despertares. Sus labios. Su boca. Sus ojos, que cada día brillaban como si de la aurora boreal se tratasen. No había una parte de ella que no extrañase. Y habían pasado ya diez largos años.
Diez años llenos de emociones. Había vuelto a amar. Había vuelto a soñar junto a otras mujeres, y había sucumbido a los placeres que estas especiales súcubos le habían ofrecido. Pero su mente siempre estaba ocupada con un nombre. Su nombre. El nombre de la mujer que había despertado al hombre que había en su interior. El nombre de la mujer que mató su alma cuando se apartó de su vida.
Había pasado ya un tiempo desde que el grupo dejó de tocar. El pianista estaba tomando su copa de vino en la barra, hablando con uno de los camareros de los que solo limpian vasos. El contrabajista guardaba minuciosamente su gargantuesco instrumento en una funda de igual tamaño, mientras hablaba con el que tocaba el cajón flamenco, que le había acercado una copa. No veía por ninguna parte al cantaor. Aunque realmente nada de eso le importaba. Seguía sin despegar la vista de la carta. En especial, de la última línea. Te quiero demasiado, amor mío.
Alguien golpeó suavemente la mesa en la que estaba sentado.
-¿Qué te pasa, payo?
Le dio un sorbo a la botella. El vaso ya no importaba.
-Escucha, payo. Que las penas no se ahogan en la bebida.
-¿Y tú quien coño eres, gitano?
-Llámame Diego, payo, Diego. Y por lo que he visto desde allí arriba, lo tuyo son mal de amores.
-¿Qué cojones sabrá un incivilizado como tú lo que me pasa a mí?
Se hizo el silencio en la mesa.
-Más de lo que te imaginas, payo. ¿Una mujer, no?
Una larga pausa, causada por un largo trago a la botella.
-Una mujer, Dieguito. Una mujer, dices... La mujer. Con eme mayúscula.
-Sé de lo que hablas, compadre. Más de lo que te imaginas. Esas de las que se llevan todo tu amor y luego desaparecen.
-Dieguito... Esta mujer se llevó mi amor, sí. Pero nunca apareció. Cometí el error de enamorarme de una mujer enamorada... De otro.
-Eso es lo peor, payo. Pocas veces sale bien. Y veo que la tuya es de las que salió mal.
-¿Y si tanto sabes de estos temas, no sabrás como olvidar?
-No se puede, payo. No se puede olvidar. Si tanto amaste, olvídate de olvidarlo.
Él estaba a punto de llorar.
-¿Y por qué, Dieguito? ¿Por qué?
-Porque aquello que un día nos hizo temblar de alegría... Es mentira que hoy pueda olvidarse. Ya sea con un nuevo amor, con la bebida, o incluso con la muerte, payo. Ese amor es inolvidable.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Corazón Loco

-No te puedo comprender.
-No te pedí que lo hicieses.
Ambos hombres dieron un sorbo a su copa.
-Ni yo, ni ellas.
-Ese no es mi problema.
De nuevo, una pausa.
-Podrías dejar de evitar el tema.
-Sí... Podría hacerlo.
-¡Pues hazlo!
El primer hombre había tirado su copa al suelo y golpeado la mesa.
-¡Explícamelo!
-No es tan sencillo. Es un tema complejo, no se si me entenderás.
-Como todos los temas del corazón. Corazón Loco, así te llaman. Y es que ni yo, ni ellas, ni nadie, puede comprender que ames a dos mujeres a la vez. Merezco una explicación. Ya que es imposible seguir con las dos y no estar loco.
-¿Querías mi explicación? Verás, una es mi amor sagrado, compañera de mi vida. Esposa y madre de mis hijos a la vez.
-Muy bonito. A dos mujeres amas.
-La otra... La otra es el amor prohibido, complemento de mi alma...
-¡Tú mismo admites que es prohibido!
-¡No renunciaré a ella!
Esta vez el segundo hombre había tirado su copa al suelo y golpeado la mesa.

* * * * *

Desde el final de la sala, un joven extranjero admiraba el espectáculo.
-¡Tabernero! ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué habla solo?
El tabernero, con una mueca de tristeza en la cara, se dispuso a explicar la historia.
-Ese hombre... Está loco.
-Eso ya lo veo. Pero es el porqué hace lo que hace lo que me impresiona.
-Ese hombre... perdió a su mujer, que se suicidó cuando fusilaron a su único hijo.
-Creo que ya voy entendiendo...
-No. Eso no es todo. El realmente amaba a su esposa. Fue un duro golpe para todo el pueblo, pero para él en especial. Una puta se apiadó de él.
El extranjero se aventuró a adivinar parte de la historia, mientras se liaba un cigarro.
-¿El amor prohibido?
-Eso dice ahora este pobre diablo. Los hideputas franquistas la violaron y asesinaron poco más tarde de la muerte de su primer amor.
-Cuídese bien de lo que dice, cantinero. No deja de ser una historia triste, pero esos hideputas de los que habla están por todas partes.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Escena I: La mia nuova Schianova.

-¡Francesco! ¡Vas a hacerme perder la cabeza!
Mi anciano padre se preocupa demasiado. Ahora entenderá que tengo razones para tener espada nueva.
-¡Pero padre! ¡Es una schianova de empuñadura de oro! ¡Merece ese dinero!
En realidad no es una schianova con empuñadura de oro. Malgasté parte del dinero en vino y mujeres. Espera un momento... ¿Malgasté?
-Eso no quita que sirva para matar. ¿Desde cuando te has convertido en un asesino? ¡Francesco, eres un Melazzi!
-¡Ya lo sé, padre! ¡Justo por eso he comprado esta espada! ¡Para mantener el HONOR de nuestra familia!
Y así es. No pienso permitir que el hijo de la familia Pairazzo siga insultando a mi padre.
-¿Honor? ¿De qué estás hablando?
Mi padre parece no haber oído nada. ¡Somos los payasos de Florencia y el ni se inmuta!
-¡De Leonardo Pairazzo, padre! ¡Lleva días insultándonos en la puerta de Santa María Novella! ¡Il pazzo di Firenze te llaman!
De nuevo me estoy dejando llevar por la ira y la rabia. Debería tranquilizarme... Maldito Leonardo...
-¿Il pazzo di Firenze? ¿Y por qué no se yo nada de esto? ¿En Santa María Novella, dices?
-¡Sí, padre! ¡Y ahora mismo! ¡Dejad que mi hermano y yo vayamos y le enseñemos de qué pasta estamos hechos los Melazzi!
-Il pazzo di Firenze... Ve, hijo mío. Ve. Pero no dejes que tu hermano se exceda. No queremos más enemigos.
Mi padre está trastornado. ¿Habré hecho bien en decírselo?
-Gracias, padre mío. ¡Giovanni! ¡Tenemos trabajo, hermano mío!

* * * * *

Mi hermano es el máximo exponente de la familia Melazzi y de la violencia que caracteriza a mis antepasados. El peto de cuero curtido por mil cortes, sus filos al cinto y una cicatriz que le recorría la ceja derecha de forma horizontal a la boca, junto a su atlética figura hacen de mi hermano el terror de sus enemigos. Realmente, al pacifista de mi padre y a mi persona nos sorprende en demasía que siga vivo. Pero ahí está. Pobre de nosotros cuando nos falte.
-¡Malditos Pairazzo! Francesco, ¿en Santa María Novella? ¡Maldigo el nombre de su familia! ¡Nadie se atreve a insultar a los Melazzi frente a la casa de dios!
Mi hermano está realmente enfadado. Mejor para mí, supongo. Pobre Leonardo.
-Sí, Giovanni. Y no solo eso. También insultó a nuestra difunta madre.
Para qué le habré dicho nada.
Figlio di puttana! ¡Voy a matarle, te lo juro hermano mío!
Agarro a mi hermano del brazo justo antes de que rompa a correr. Debo tranquilizarle o el pueblo llano disfrutará de un ahorcamiento la semana que viene.
-Giovanni. No queremos matarlo. Pero que recuerde que el HONOR de los Melazzi no puede ser ensuciado.
Creo escuchar las sucias palabras de Leonardo Pairazzo al fondo. Era de esperar, estábamos acercándonos a Santa María Novella.
-Francesco... ¿Es él?
Mi hermano señala a Leonardo. Asiento con una sonrisa dibujada en mi cara, tal y como mi hermano está haciendo ahora. Mi hermano me está haciendo señas para que nos metamos en un callejón. Decido seguirle. Ha sacado unos espaldares de cuero, una capa y una capucha, y me los ha dado. El ha sacado otro conjunto para él.
-Son de Milán, Francesco. Tenemos que ser rápidos.
No creo que vayamos a hacerlo.
-¿Vamos a matarlos?
No, no vamos a hacerlos. No creo. No, no vamos a hacerlo.
-No, no lo haremos. Pero vamos a mancharlo todo de sangre. Así que mejor que no te reconozca nadie.
¿Mancharlo todo de sangre? La semana que viene a la horca.
-Hecho. Vamos allá.
No me ha dado tiempo a terminar de hablar. Mi hermano ha salido corriendo, oculto bajo sus prendas milanesas. Realmente impresiona la confección de esa ciudad. Sigo a mi hermano atónito, ya que en cuestión de segundos a apuñalado con un estilete a dos hombres. A uno en la espalda. Ese pobre demonio está retorciéndose de dolor en el suelo. El otro no ha corrido tanta suerte, ya que ha sido apuñalado en la barriga. Por suerte, los médicos están cerca.
-¡Leonardo Pairazzo! ¡Tanto tiempo ya!
Mi hermano realmente está disfrutando de este momento. Le acaba de hacer una reverencia a Leonardo, el cual está pálido mirando la figura tintada de negro por las costureras y de rojo por la naturaleza. No lo ha reconocido.
-¿Tanto tiempo ha pasado ya que ni reconoces a tus viejos amigos?
Tengo que acelerar el paso.
-¿A-a-a-amigos? ¡Sí, claro! ¡Cuanto tiempo!
Me sorprende la idiotez de este Leonardo. No todos los que comparten ese nombre son tan brillantes, por lo visto. Sale corriendo, y mi hermano no lo persigue. Paso junto a mi pariente.
-Hazlo.
Creo que me ha susurrado "Hazlo." Sigo corriendo tras mi presa. Desenvaino mi Schianova nueva. Casi puedo rozarlo con la mano. Salto y lo atravieso de lado a lado con mi espada. No me da tiempo a ver si está muerto, ya que vuelvo a correr de vuelta. Me encuentro a mi hermano, y seguimos corriendo. Es una vorágine de emociones. Nos acabamos de esconder, y nos hemos guardado las prendas de Milán.
-Francesco, espero que entiendas lo que hemos hecho.
-Por supuesto, hermano mío. Hemos preservado el honor de nuestra familia.
-Para ser tan joven, tienes bien clara las ideas. Vete preparando.
Mi hermano adquiere un tono preocupado en la voz.
-¿Crees que padre sabrá lo que va a pasar ahora?
-Lo sabía desde un principio. De hecho, fue él quien pagó a uno de los esbirros de Pairazzo a los que hemos ajusticiado ahora. Quería empezar una guerra con esa familia y parecer la victima.
No me lo creo. Bueno, sí lo hago. No quiero creermelo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Escena XII: El acuerdo de la priva

-Así es. "Encontré" -el Viajero se molestó en dejar bien marcada esa palabra- esta página en Treasvigg. Me ayudó un antiguo amigo, pero desgraciadamente ya no se encuentra por esas tierras.
El asesino se quedó observando detenidamente el manuscrito. Indudablemente la grafía y la forma de escribir era idéntica a la de la mayoría de los textos que él había encontrado. Pero el lugar donde decía haberlo encontrado no le resultaba conocido.
-¿Que ciudad es Treasvigg?
-Compañero mío. Probablemente una de las ciudades más impresionantes que nuestra vista pueda apreciar. Se trata de una ciudad llenas de artistas y estudiosos marcados por la Guerra. Y es allí donde se encuentra la Academia de Alquimia. Y es en dicha Academia -el Viajero bajó la voz- donde encontré esta página.
Alrededor de los dos hombres corría el día a día de una taberna de baja clase. El griterío de una multitud agitada por los sucesos que recientemente habían acontecido en la villa enturbiaba todo, y hacía de la tasca el lugar perfecto para mantener una conversación de tal calibre.
-De todas formas. Aquí no dicen nada de Tulipán ni de los pétalos.
-Pero los pétalos ya los tenemos. Al menos en su mayoría. Y dado que Treasvigg fue la ciudad de residencia de Vale en la época de la que dicen fue creada Tulipán, creo que sería apropiado seguir investigando esa zona.
-Tú ya vienes de allí, ¿no?
El Viajero hizo una pausa antes de responder a tal pregunta.
-Debido a mi... "profesión"... no puedo permanecer mucho tiempo en la misma ciudad. Eso implica olvidarse del amor, de las amistades, de todo...
-¿Y acaso crees que me importa lo que hayas tenido que sacrificar? -El Viajero sonrió ante tal contestación- . Sólo quiero que me afirmes que puedes volver a dicha ciudad y que no tendremos problemas.
-¡Camarero! ¡Dos pintas más! Y con respecto a lo de volver a Treasvigg... Sí. No habrá ningún problema en volver. Aunque más me vale no repetir mi hazaña de la última vez.
Una joven se acercó a la mesa y depositó las dos jarras en la mesa de los hablantes, no sin antes guiñarle un ojo al hombre de los sueños. Este hizo un simple truco con la pólvora, que culminó con una caricia en su nalga. Luego, cogió la jarra y se dispuso a beber, viendo interrumpida su acción por una pregunta de su interlocutor.
-¿Cómo te manejas con la espada?
-No demasiado mal. Aunque creo que no estoy a tu nivel.
-Suficiente. Partiremos mañana al alba.
El asesino dejó sobre la mesa el dinero correspondiente a su parte y abandonó la tasca. Su sitio en la mesa fue ocupado por la joven camarera, que fijaba su mirada en la del Viajero, que no paraba de sonreír.
-Ya creí que no volverías nunca.

lunes, 30 de noviembre de 2009

En el bar La Copa


Escritos relacionados



Un grupo tocaba encima de una pequeña tarima. Estaba claramente incompleto, pero los saxofones (uno tenor y otro soprano) sonaban como las campanas del cielo, y la cantante hacía que los presentes supiesen como se sentía un marinero al oír el canto de una sirena. El piano y el bajo hacían de base para el conjunto de melódicos sonidos que encantaban a los oyentes. Y ahí acababa el grupo.
Sobre su mesa, su propio sombrero y una copa de coñac acompañaban a un cenicero que estaba a rebosar de ceniza. Leía un guión que su amigo Andreu había escrito. El guión...
- Esto es basura, Andreu. ¿Un robot que se enamora de una tarta? ¿Que coño estabas fumando cuando escribiste esto?
Andreu rió cuando vio reaccionar a Domingo.
- Tranquilo, Domi. Este guión lo escribí en el taxi. El bueno se me ha quedado en casa. Si quieres te hago un resumen.
- Déjalo, Andreu. Ya lo leeré. Pero no estamos aquí para esto. ¿Te enteraste de lo de Damián?
- ¿El Inglés? Sí. Todo el mundo está hablando de ello. Hasta su compañero Bob. Y eso que no le habíamos visto abrir la boca nunca. O casi nunca... Bueno, ya sabes cómo es Bob.
- Si, bueno. Pues el Don quiere que le hagamos una visita al tío que le arregló la caja torácica a Damián.
- El Don me va a comer todo el soldado de roja boina que es mi cipote. En primer lugar, nadie, ni Damián siquiera, sabe quien ha sido el bestia que le ha hecho eso. Por otra parte, Damián es campeón de boxeo, y mira lo que le han hecho.
- Si me vas a decir que "para terminar, soy escritor, no me va eso de pelear." tendré que recordarte lo de ya sabes tú quien.
- ESO fue cosa suya. Yo le avisé. Un par de veces de hecho. Y luego se tuvo que llevar la hostia mayor.
- Tu hostia mayor, querrás decir. Le reventaste muchas cosas en la cabeza. No ha sido el mismo desde entonces.
De repente, el grupo estaba descontrolado. Formaba parte de la actuación, era una intro para la siguiente canción. Algo muy original, ciertamente.
- Bueno, Andreu, como te iba diciendo. No me vengas con tonterías pacifistas, que ambos sabemos que te va la juerga.
- Está bien, está bien. Entonces te diré la verdad. Estoy cagadísimo, Domi. Si le han hecho eso a Damián, a nosotros nos despiezan.
Y así comenzó la discusión entre Domingo y Andreu sobre si deberían obedecer o no al Don. Al menos dos horas discutiendo si cumplir o no un favor al hombre que les da de comer. Tanto discutieron, que lo que pasaba a su alrededor dejó de existir para los dos. Hasta que, de repente, un puño enfundado en un guante se dejó caer sobre la mesa. Un hombre de chaqueta, y con un par de guantes cubriendo sus manos se había sentado en la misma mesa desde dios sabe cuando, y había decidido parar la discusión.
- Señores, señores. Estaba allí arriba, en la tarima, actuando. Y no he podido evitar oír vuestra curiosa conversación. Y creo que tengo la solución a vuestros curiosos problemas.
- ¡Y tú quien diablos eres!
- ¡Cállate la puta boca, Andreu! Creo que se quien es. ¿Te llaman Guante?
- ¡Bingo, chavalote! Y sé quien le dio semejante paliza al Inglés. Un pavo peculiar, y he de deciros que yo y mis socios andamos detrás de él por un asunto diferente.
- ¿Y a qué diablos vienes? Domi, tío. Este no me da muy buena espina.
- Bien, señores. El señor Guante, como me llaman, ha venido a ofreceros un trato.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Escena XII: Nuevo dueño

Escenas publicadas de El Olvidado

La espada estaba atravesando la cabeza de su legítimo dueño, sin embargo, y por extraño que pudiera parecer, Gersdàn no parecía haber recibido daño alguno, de modo que con su ya característico rostro, dirigió al Olvidado una fría mirada de desprecio que tampoco pretendía ocultar.
Lentamente, la espada fue volviendo a su estado natural, de modo que salió la cabeza de su dueño. Ante la sorpresa del joven, Gersdàn no solo no había sufrido el daño del mortal ataque, sino que tampoco había rastro alguno de la enorme herida que debería portar.
Pareciendo percibir el desconcierto del Olvidado, el dueño del arma le dirigió una débil sonrisa que de una manera clara mostraba la arrogancia que emanaba de todo su ser, así que simplemente dio un paso sin temer un nuevo ataque de la Estrenahjiq, pues ya no cabía dudas de que era del todo imposible que esa arma pudiera hacerle daño.
–¿A qué viene esa cara de asombro? –Preguntó irónico Gersdàn, aún sabiendo la respuesta- ¿Acaso no te he dicho ya que esa es mi arma… y no la tuya? ¿Cómo se te ocurre que una espada como lo es Estrenahjiq pueda hacer daño a su legítimo dueño?
Sin esperar a que hablara más, el Olvidado arremetió de nuevo con toda fiereza contra Gersdàn, en esa ocasión le había atravesado a la altura del estómago, un golpe que debería ser mortal. Sin embargo, no fue una sorpresa el hecho de que aquel ataque no solo no hiciera absolutamente nada, sino que tampoco había dejado marca alguna.
–Valla… –Suspiró apesadumbrado Gersdàn- Si sigues con tu insistencia… me temo que voy a tener que enseñarte de lo que soy capaz.
Sin molestarle a quitarse ni siquiera la capa que seguía portando para ocultar su cuerpo y una vez Estrenahjiq hubo salido de su cuerpo dirigió un potentísimo puñetazo contra el Olvidado, un golpe que, aunque fuera único había sido más doloroso de lo que esperaba, sin embargo, un poco de dolor no iba a hacer que se achantara, no lo había hecho con el guardián de la espada, y no lo haría contra el dueño de ésta.
De este modo el Olvidado se levantó cargando la espada con las dos manos, Gersdàn comenzó un ataque de varios golpes en los que únicamente utilizaba sus piernas y brazo derecho, manteniendo el izquierdo siempre bajo su ropa, fue un detalle pequeño, pero de todos modos parecía importante.
Sin embargo, las nuevas fuerzas y el valor adquirido del Olvidado no haría que la espada comenzara a hacer daño, pues, aún recibiendo los golpes, Gersdàn continuaba sin sufrirlos de ninguna manera.
El dueño de la espada lanzó el ataque que sería el definitivo, estaba claro que pretendía atravesar el cuerpo del Olvidado sin más ayuda que su mano derecha. Ese sería un ataque mortal y el joven de capa roja seguía sin poder causar daño a aquel demencial ser. Sin embargo, una sensación interna le decía que no todo estaba perdido para él. Se trataba de una sensación ligera y débil, sin embargo, le inspiró la suficiente confianza para atacar con gran poderío al cuello de Gersdàn, incrustando la espada hasta mitad del mismo y obligándole a detener su ataque. La herida no mostraba sangre alguna.
El rostro del dueño de la espada se volvió frío como un témpano, no había sido el Olvidado quién había detenido el ataque del hombre, sino él mismo el que lo había detenido.
–Me estoy comenzando a cansar de eso, me desesperas… y me irrita que alguien como tú tenga mi espada en sus sucias manos –conforme fue hablando, más ira parecía consumirle.
Sacando la espada del cuello de su enemigo y retrocediendo de un salto varios metros, el Olvidado se preparó para un nuevo ataque, sin embargo, de nuevo un detalle le llamó la atención.
De la frente de Gersdàn había comenzado a escurrirse algo, de la inexistente marca del ataque de la Estrenahjiq, un ligero río de sangre salió a relucir. Notando esa desagradable sensación, el hombre se llevó la mano derecha a la cara, mirando con extrañeza la sangre que brotaba de ella.
–Pero que demonios…
El asombro era mutuo, más aún, cuando los ropajes de las piernas del hombre, justo en los lugares donde había recibido cortes se empaparon de la misma sustancia. La intriga se hizo terror en los ojos de Gersdàn cuando su estómago comenzó a sangrar de una manera más que notable.
–No…
Fue incapaz de decir nada más, pues de pronto, su cuello había sufrido un gigantesco corte que acabó de inmediato con la vida del hombre quién, sin pretender morir todavía se tambaleó varias veces hasta que calló derrumbado al suelo.
El Olvidado se acercó con intriga al inerte cuerpo de Gersdàn, no era difícil el descubrir qué era lo que había sucedido. Por alguna razón que desconocía, la espada Estrenahjiq lo había considerado como un legítimo nuevo dueño.
Cuando, cansado, se dispuso a irse, se fijó en un nuevo detalle interesante, la mano izquierda del cadáver había salido de la desgastada capa, su mano estaba firmemente cerrada. Como no pretendía quedarse con la intriga después de tanto esfuerzo la abrió.
Dentro permanecía un pequeño objeto con forma de estrella plateada, fuera lo que fuese, Gersdàn lo estaba guardando como un tesoro, pues su mano entera se mostraba envuelta en sangre simplemente por el hecho de agarrarla con demasiada fuerza. El Olvidado cogió aquella estrella plateada, desconocía su significado, pero él la tomaría como un nuevo trofeo de guerra contra un nuevo enemigo imbatible. De este modo guardó su nueva espada y prosiguió su viaje.

martes, 24 de noviembre de 2009

Con los dientes largos

Cruzaron las miradas, las palabras y las manos. Salieron del bar acompañados de un par de degradados, la música atenuándose y el frío acentuándose. Se vistieron los abrigos y caminaron. Hasta la esquina, donde el la tomó por la cintura y la besó. Ella se respaldó contra la pared y el beso siguió. Y el beso paró.
-Oye...
-¿Dónde está tu piso? -preguntó ella-.
-En el Triunfo.
-Vámonos.
Caminaron. Por dónde ella decía, él era nuevo en la ciudad e iba demasiado ebrio para recordar las pocas calles que conocía. Y siguieron caminando.
-Oye, creo que por aquí no se va. Nos estamos alejando. Esta calle la conozco y...
Ella colocó su índice sobre su boca y le acalló.
-Si elegí este camino, quiero que des por sabido que supe que no era el bueno.
La mujer sonrió y, camuflados por perfectos dientes blancos y parcialmente escondidos en las encías, unos colmillos se impusieron sobre sus labios.
-Lo siento, guapa, pero nunca la podrías haber cagado tanto.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Escena XI: El pacto del olvido

Escenas publicadas de El Olvidado

Intentaba aferrarse a su cuerpo, pero una fuerza tiraba de él, arrancándole de su recipiente. Y no había nada que hacer contra dicha fuerza. Poco a poco veía como se alejaba su cuerpo. Y veía como Gersdàn se despedía de él moviendo ligeramente la mano y dedicándole una sonrisa. Y de pronto se hizo el vacío. Una voz retumbaba en su interior.
- He estado esperando este momento mucho tiempo, Olvidado.
Una nube de humo se fue condensando y tomando forma, hasta que se transformó en alguien, o algo, que el Olvidado conocía demasiado bien.
- Así que de nuevo, la Señora de la Muerte se digna a hacerme una visita. No nos veíamos desde...
La voz tajante de la aparición cortó en seco al Olvidado.
- ¡Desde nuestro trato!
El Olvidado estaba tan irritado como podría estarlo la deidad.
- ¡Pues entonces ya sabes qué es lo que tienes que hacer! Es más, ¿Por qué estoy aquí? - El Olvidado no obtuvo respuesta alguna de la Señora de la Muerte, solo la mirada fija de un hermoso ojo y de una cuenca vacía - Ah. Sigues empeñada con lo mismo. Supongo que ese payaso de Gersdàn ha tenido algo que ver. Bájame de aquí. Y recuerda que no quiero volver a verte.

* * * * *

Abrió los ojos sobresaltado y se arrancó a Estrenahjiq del pecho. Volvió a cogerla por el mango y apuntó con ella a su dueño. Sonrió a Gersdàn mientras su cara cambiaba de forma e hizo que la espada se alargase, clavándola en la cabeza de su dueño primario. Y aún con el metal atravesándole el cerebro, se encontraba muy lejos de ser llevado por la Muerte.
- Te parecerá bonito, Olvidado, pero he de decirte que es demasiado incómodo.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Escena X: La espada del muerto

-No te había reconocido Gersdàn.
La espada redujo su tamaño.
-Y sin embargo, yo, a ti que estás condenado a ser olvidado, si te reconocí.
-Déjate de estupideces.
-¿Aún con los viejos rencores?
El hombre ataviado en rojo dedicó Gersdàn una mirada con de su odio más profundo.
-Me gusta esa tonalidad azul de tus ojos..., bueno, oscuros también tiene su aquél.
El Olvidado asió fuerte la espada y la dirigió de nuevo hacia el joven; ordenó a la espada retornar a su tamaño original, no quería que un sólo centímetro le traicionase. Gersdàn no se movió un ápice, su espada no podía dañarle. Y así era, parecía que el aire ante Estrenahjiq era espeso, la espada fluía lenta hacia su creador. Pero el guerrero empujó, exprimiendo hasta la última gota de energía que quedase en sus cansados músculos. La fuerza y la pericia de quien ataca junto a la soberbia y confianza de quien es atacado es la combinación perfecta para dar el golpe. La hoja de Estrenahjiq cruzó la garganta de Gersdàn. Éste se tambaleó y cayó arrodillado en el suelo.
-Cría cuervos y te sacarán los ojos...
-¿Tan arrogante eres, Olvidado, qué crees poder matar a una deidad?
Alrededor de Gersdàn latía un aura invisible que distorsionaba lo que le circundaba. Las piedras que componían el suelo vibraban y los elementos más pequeños -la gravilla, el polvo- flotaban a su alrededor. El dueño primigenio de Estrenahjiq la hizo volver a sus manos.
-Conocer el auténtico nombre de mi espada te da poder sobre ella, pero nada en comparación con el que rezuma mi mero ser.
La espada voló de la mano que la empuñaba al corazón del hombre de capa roja. Volviéndose la hoja lentamente del mismo color.


sábado, 14 de noviembre de 2009

Escena IX: Misterioso enemigo

Capítulo III

De como el Olvidado se apropió de la espada Estrenahjiq.

Cansado y claramente herido salió del templo junto a su nueva arma y la recompensa que era la victoria contra semejante coloso. Los pasos se le hacían una tortura al tiempo que su vista se comenzó a nublar, no había pensado en que sus heridas fueran tan graves, pero así era, había soportado muchos golpes antes de su victoria final, y era en ese momento cuando el dolor se hacía visible.
Incapaz de mantener por más tiempo el equilibrio cayó perdiendo la inconsciencia, afortunadamente la espada sirvió como impedimento ante su aparentemente inevitable final. Sin embargo, el arma no le salvaría por más tiempo, había vencido, pero su imprudencia le iba a costar caro, pues a sus siguientes pasos no habría ya nada que lograra impedir que cayera al suelo sin sentido.
Su aliento comenzó a desaparecer, en su cabeza escuchaba el latir del corazón cuyo sonido iba disminuyendo hasta casi desaparecer. Sin embargo se negaba a caer, no de esa forma, tras tanto tiempo de búsqueda había logrado hacerse con aquello que tanto tiempo había buscado, sin embargo no tenía fuerzas para mover el cuerpo.
-Patético -una voz masculina y joven le hizo volver a la realidad-.
Sacando fuerzas de flaqueza se levantó parcialmente para vislumbrar a aquel que le hablaba, se trataba de un chico joven de no más de veinte años de edad. En su torso portaba una delgada armadura de cuero tapada casi por completo por una capa de un marrón oscuro, desgastada por el paso del tiempo.
-Había escuchado que alguien se había acercado el templo -hizo una pausa en la que miró al moribundo con aire de desprecio- y resulta que solo es un idiota más.
No supo qué era lo que le llevó ha hacerlo, pero algo en su interior no paraba de avisarle del peligro, por lo que, como puso se levantó apretando el mango de la espada con fuerza.
-¿No querrás pelear contra mí en un estado tan precario como el tuyo? -preguntó el joven con aire intrigante-.
Ignorando sus palabras, el hombre de capa roja arremetió contra él poniendo toda su fuerza en el golpe, pero ya fuera por habilidad del enemigo o simple desgaste suyo, el joven esquivó el golpe con una facilidad asombrosa, y con la misma destreza le sacudió fuertemente con la rodilla una vez estuvo tras de él.
Su vista se volvía cada vez más borrosa, si quería vencer a ese nuevo enemigo tenía que pensar algo rápido, solo le quedaba una esperanza. Aprovecharía la arrogancia de su oponente con un golpe por sorpresa.
Ya lo había hecho otras veces, así que no le resultaría difícil realizarlo de nuevo. Y así fue, con un impresionante rugido la espada comenzó a alargarse de manera veloz, sin embargo, justo antes de rozar a su enemigo se detuvo, dando la sensación de que aquella arma tenía vida y no pretendía dañar a ese extraño joven.
-Es inútil -el misterioso joven sonrió satisfecho- puede que hayas conseguido la espada, pero aún te queda mucho para dominarla, sobretodo en presencia de su legítimo dueño.