domingo, 19 de julio de 2009

Escena III: La flor

El asesino sacó un paño blanco de su gabán, escupió sobre la hoja de su espada y frotó hasta que no quedara una sola mancha de sangre. Luego deshizo su camino, viendo de nuevo a todos y cada uno de los que cayeron bajo su filo. En el cuerpo, en la solapa, del segundo muerto destelló algo. El matador se acercó -era un pétalo de oro-, lo cogió y siguió caminado.
«Tulipán».

* * * * *

El Viajero salió de la casucha. Era ya la cuarta que visitaba, la mitad de las familias habían caído en su engaño. Los afectados eran tan receptivos a dichos engaños que les podría haber dicho «La última voluntad de su hijo es que den tres vueltas al pueblo a pata coja» sin riesgo de que iniciaron alguna pesquisa contra su persona.
-Cuatro familias es más que suficiente por hoy -se dijo al salir del hogar-. Iré a descansar para mañana y contaré esto -refiriéndose al saco donde guardaba todos los pagos-.
Una vez es su posada, "La vaca que llora", pidió carne y cerveza. Siempre que hacía bien un trabajo pedía carne, chuletas de ternera, y la cerveza... esa era el agua de el Viajero. Cuando el posadero le sirvió la comida, el Viajero se sentía generoso y le dio un par de monedas de propina. Abrió el saquito que le habían dado en la tercera casa y pagó al posadero. Éste las recibió con agrado, luego arqueó una ceja y dijo:
-Disculpe, señor. Pero esto no es una moneda, más bien parece un... un pétalo.

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