miércoles, 15 de julio de 2009

Escena I: El buscador



Los hombres corrían al límite de sus fuerzas. Una línea argéntea resplandeció a la luz de las lunas, la cabeza de uno de los huidizos giró en el aire, su cuerpo se desplomó en el follaje. De los siete varones que emprendieron la carrera ya sólo quedaban cuatro.
El sonido del metal arañando la carne se convertía en una tortura para el grupo. No tenían ni idea de cómo les había logrado rastrear, pero les estaba cazando, de eso sí tenían idea. Sólo rezaban por una cosa, que ocurriese un milagro que les salvase la vida; y para ello necesitan como mínimo ser el último en perder la cabeza.
Dos nuevos destellos, dos cortes, dos muertos.
Del par de supervivientes uno tropezó y cayó al suelo, el acero cruzó su pecho. El perseguidor apretó el paso y alcanzó al último, con un golpe premeditado cercenó su oreja izquierda. El hombre cayó o se tiró, cubriéndose el oído con la mano. Alzó la mirada y vio a un hombre ataviado con un gabán de cuero negro y un sombrero de ala ancha decorado con una pluma roja que ensombrecía su rostro, en la mano una espada ensangrentada.
-Por favor, no me matéis -suplicó el hombre, llorando como un crío-.
-¿Dónde está? -rugió el perseguidor-.
-No lo sé... Os lo prometo.
El matador suspiró profundamente.
-Sé un hombre y afronta la muerte como tal.
El apresado contoneó la cabeza, negando, con los ojos desorbitados.
La línea del yerro brilló una vez más.

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