lunes, 31 de agosto de 2009

Escena II: El último golpe

Carmen caminaba hacia las escaleras, tan roja como siempre, y se giró. Ambos sabían que se giraría, todos se giran en las despedidas. Él la miraba expectante, esperando el ansiado giro. Sus miradas se cruzaron y se fundieron en una. Ella caminó hacia él, lentamente, pero una mano la agarró por el brazo.
-Not so fast! -ladró un muy marcado acento anglosajón. La voz era de un hombre ataviado con uniforme policial y un nombre sin importancia-.
Cuando ella se detuvo, García rompió su inmovilidad y anduvo hacia ella.
-Espere un segundo -el policía soltó a la mujer y se retiró apenas un paso-.
Cuando estaban a menos de un paso ella se lanzó a sus brazos.
-Lo siento. Siento que todo haya acabado así, pero me conoces demasiado bien como para saber porque lo que hago.
-Lo sé, Carmen, lo sé. "El arte no debe ser encarcelado". -El inspector tomó una bocanada de aire y realizó una pausa-. Yo también lo siento -García inclinó su cabeza, lo suficiente como para que su mirada quedase sumida en la oscuridad. Una gota de agua bajó por su mejilla. Hacía rato que llovía, sí fue una lágrima o una gota de lluvia, es algo que sólo él sabe-; lo siento de verdad.
-Tranquilo, de entre todos los que podrían haberme atrapado aquél debías ser tú.
Carmen cerró los ojos y le besó. Él también cerró los ojos y se dejó inundar por su sabor de canela y fresas, por su calor, por su pasión. Otra gota corrió por su rostro.
El policía se acercó y solicitó a Carmen que la acompañase, ella asintió. Cuando marchaba se giró de nuevo.
-Se me olvida decirte que el final de este golpe esta en la estación de Saint Pancras. Sé tan amable de terminarlo -edulcoró la petición con un guiñó-.
Luego se volvió, para siempre; ninguno de los dos volvió a mirar atrás.

* * * * *

Al menos viente hombres trabajaban abriendo todas y cada una de las taquillas de la estación de Saint Pancras. Iban contando las sesenta cuando uno de los guardias dio un aviso. En la taquilla que señalaba había al menos seis lienzos, entre ellos: El grito de Munch y La Gioconda de Leonardo da Vinci. Cuando los guardias recogieron las obras y la taquilla quedó vacía ninguno, excepto el inspector García, tuvo la sensatez de curiosear el contenedor. Tampoco ninguno conocía a Carmen como él. En la balda de la taquilla, escrito con carmín: Elmyr de Hory.

Juego de palabras

Se quitó su sombrero, que estaba empapado, y lo dejó sobre la mesa ahogando maldecir a todo lo sagrado. Se quitó el chaleco, que no estaba en mejor estado que su sombrero, y tras meditar la absurda idea de intentar secar la ropa a esa hora, decidió desnudarse e irse a la cama.
Pero eso no arregló nada. Aparte del frío y los incesantes golpes que el agua daba contra su ventana, aun estaba inquieto por lo que había leido. "Besarte es como perder la nocion del tiempo y del espacio, es ver el cielo y las estrellas. Te quiero." Cualquier otro se alegraría de encontrarse en su situación. Pero su estúpida moral le impedía actuar como realmente quería y volver a besar a aquella maravilla. Y su moral se sentía justificada al saber que la maravilla a la que amaba tenia un novio que más que un hombre parecía un oso. Eso y que la "maravilla" era más bien "maravillita", ya que diferían en edades algo así como cinco años.
Pero esa chica había despertado algo en él. Algo que le hacía actuar como nunca antes había actuado, y que mandaba con fuerza y poderío a callar a la maldita moral que tanto le impedía.
Y aquella noche esa fuerza recién despertada se apoderó de su cuerpo cuando Ella estaba presente. Sus propios brazos, que por arte de magia habían cobrado vida y se negaban a obedecer a la obsoleta y moralizada cabeza, alzaron a la chica hasta la altura de sus labios. Lo demás es historia.
Y ahora, ese mensaje. Y no es que se lo hubiese mandado a él... pero estaba tan reciente... En su mente algo empezó a festejar y a animarse. Y de repente se dijo "Pero que mierda es esta... Actuemos ya." y se levantó de la cama con fuerza lleno de energía. Cogió sus ropas, aun mojadas por la fuerte tormenta que azotaba las calles y se las puso de nuevo. Salió con desesperada ansia a la calle, queriendo terminar lo antes posible. Corrió por los canales de agua que se habían formado en lo que antes eran placidas calles llenas de adoquines y por fin llegó al portal deseado. Y allí se la encontró, con un paraguas que de nada servia contra la furia que esa noche desataban las nubes y tan resplandeciente como siempre. Parecía esperar a alguien. Y él parecía estar buscando a alguien, así que se lanzó, y tras un rápido y casi ridículo saludo, el cual no fue contestado por la inmediata acción realizada, le dió un beso de esos. Ante la mirada atónita e inocente de una chica que no sabe lo que acaba de pasar, él solamente dijo "No lanzarás otro te quiero al aire."

jueves, 20 de agosto de 2009

Sombra

El pasillo era todo lo largo que debe ser un pasillo, ni un metro más ni un metro menos. La luz de la luna que asomaba por las vidrieras junto al centelleo de las lámparas de aceite proveían de una iluminación agradable al pasaje. No obstante, Joseph caminaba lo más rápido posible (que se puede permitir el par de piernas de un obeso) con la intención de dejar atrás el corredor. Su bufona cabeza iba escondida entre los hombros para evitar falsamente la sensación de escudriñamiento que sentía desde hace rato; sensación que un hombre como él jamás achacaría a las copas de vino que había tomado y mucho menos a su cobardía. Cada tres segundos contados echaba una mirada atrás por el rabillo del ojo y suspiraba de alivio.
Semejante travesía para alguien de su condición era todo un reto. A pocos metros de la esquina que daba a las alcobas, se dejó vencer por el agotamiento y se paró a descansar en el borde de un ventanal (que estaba ligeramente inclinado y hacía resbalar la escasa porción de su trasero que consiguió acomodar). Mientras respiraba con amplias bocanadas de aire, se percató de que su sombra aumentó en tamaño y adquirió forma. No fue eso lo extraño, sino su comportamiento: achacó una parte a un sencillo efecto de la luz lunar que incidía sobre su espalda y la otra a sus ansías de llegar al catre. La oscura silueta, ahora con volumen, se alzó y siguió tomando forma hasta convertirse en una fémina. La mujer apareció semidesnuda cubierta con unos ropajes sombríos, literalmente, bastante transparentes que dejaban ver su deseable contorno e incluso sus senos. El gesto del rostro de Joseph denotaba terror y ocultaba lascivia descarada. La mujer con una contorsión imposible se ubicó tras Joseph y le rodeó el cuello con un cordel negro que no dudó en apretar. Le estrangulaba tan fuerte que hizo desaparecer el cordel entre la papada. La cara de Joseph pasó de colorada a liliácea mientras éste palmotea en vano. Y justo antes de que el gordo exhalara su último hálito la asesina le susurró en el oído:
-Ocultos bajo tus pies para atravesar tu corazón.
Luego se encaminó hacia la oscuridad nocturna y desapareció.

Devoto

“El feligrés se abrió paso entre los soldados. La mano no cesaba de temblarle y las campanillas que llevaba en su báculo tampoco pararon de repicar. Todos sabíamos que estaba aterrado, se veía, se olía; aunque él seguía aferrado a sus convicciones. Y caminó hacia el monstruo. «Por el sagrado nombre de...», pero ya sabes como son los sermones ¿verdad? La bestia miró curiosa unos segundos al predicador, mientras éste proseguía su perorata. Pero cuando se cansó abrió sus fauces y éstas refulgieron en tono anaranjado. Fue una de las escenas más impactantes que he vivido: la luz aumentó hasta que la silueta del hombre de fe quedó contrastada en el resplandor. Luego una llamarada de fuego arrasó al feligrés, dejándolo calcinado, casi desintegrado.
Por suerte teníamos algunos fusiles y espadas de buen metal para acabar con semejante criatura.
Y que sepas chico, que, como casi todo mortal decente, creo en los dioses, pero si algo me ha enseñado la vida es que esa fe incondicional no es recíproca.”

Jeph Galliano (195 a.T.C.-144 a.T.C.).

martes, 18 de agosto de 2009

Escena I: Prendedla

Los pasos doblaron rápidos la esquina y rompieron la calma de los charcos. La ladrona corría a escasos metros por delante del inspector y los dos guardias que le seguían. «Rindete, no tienes escapatoria» vociferó más de una vez el inspector García. Era comprensible que lo pensara, la fugitiva vestía un largo abrigo de cuero color rojo, un sombrero de ala ancha homocromático y, como es propio de cualquier mujer, unos tacones a juego. Incluso en una noche como esa, oscura y lluviosa, era el color de alguien que quería ser perseguido.
La carrera se prolongó poco más, hasta dar con el final de la calle. Los perseguidores sonrieron. La mujer se giró y también sonrió, cautivadora como ninguna, y con una gracia felina que nadie la hubiese atribuido, puso un pie en un contenedor de basura, otro en una pared y saltó al tejado de una casucha. Allí, de pie, cargando el peso sobre la pierna derecha y con los brazos en jarras, permaneció la mujer más bella que puede ver un hombre en directo. Su tez era cálida; su pelo, marco de su rostro era negro como el carbón y ondulado, fluyendo por debajo de los hombros. Sacó una barra de carmín sangriento, se perfiló los labios y habló con voz de cantante.
-Recuerda, inspector, mi nombre, porque vas a gritarlo más de una vez a partir de ahora.
Una ráfaga de aire batió violentamente el abrigo de la mujer, el inspector apretó instintivamente su fedora con la zurda.
-¿De verdad? ¿Y cuál es pues?
-Carmen -y se perdió en los techos de la ciudad-.

Escena VIII: Atracción

Las llamas del hogar agonizaban en forma de ascuas, haciendo crujir a la madera, pidiendo un poco más de comida. La señora Vale seguía sentada en su mecedora. Las herramientas de croché quedaron en su regazo, bajo sus manos; y su cabeza formaba un angulo recto. Cualquiera diría que dormía, cualquiera que no viese la sutil herida que bajaba por su espalda. Antes de reunirse con su familia, durante su agonía, la señora Vale sacó en claro una cosa: los pétalos de Begim no son buenos amuletos.

* * * * *

El hombre del sombrero con una pluma roja cogió la bolsa y la abrió, de ella brotó una tenue luz aúrea perteneciente a una decena de pétalos. Los pétalos se movieron. Habían encontrado a otro de sus hermanos y lo querían de vuelta. El varón de la pluma color carmesí no se sorprendió, cada vez estaba más familiarizado con el comportamiento de los pétalos. Se atraen entre ellos, como imanes, y cuanto mayor fuera la cantidad más fácil era encontrar a los restantes. Caminó en la dirección que le marcaban los pétalos hasta con la plaza principal. Desafortunadamente, para él, estaba abarrotada, pero esperaría.

viernes, 7 de agosto de 2009

Escena VII: Razones

Las espesas nubes ocultaban la luna y hacían de la noche una escena más oscura aun. Llevaba mucho tiempo esperando, pero por fin su paciencia dio frutos. Dos siluetas se acercaban. Al principio no eran más que dos manchas borrosas en la oscuridad. Después se convirtieron en las imagenes del padre y del hijo que había estado esperando. No les dió tiempo a reaccionar. El padre saludó cortésmente, y recibió como pago una certera estocada en el cuello. Cuando el hijo vio la punta del estoque salir por la nuca de su padre, gritó y echo a correr por donde había venido. Pero no corrió demasiado. Sintió cómo la fría hoja del estoque del asesino le cortaba el talón. El suelo, empedrado y lleno de arena, le rasgó la cara cuando cayó. Se dió la vuelta y pidió clemencia, aunque lo último que vió fue una hoja plateada esgrimida por un hombre envuelto en ropajes negros, con una roja pluma en su sombrero.
-Dos muertes más. Dos "victimas" a los ojos de la ciudad. Dos bastardos ajusticiados a mis ojos - el asesino arrancó de los ropajes de sus victimas los pétalos dorados y se sentó al borde del camino para limpiar su hoja -. No me equivocaba al buscar en este villorrio. Tres pétalos, y posiblemente los tres pertenecientes a la misma familia. Poco a poco estoy más cerca de tí, Tulipán. Solo te pido un poco más de tiempo.
De los ojos del asesino se fugó una lagrima, que rápidamente se secó con su manto negro.

* * * * *

Se despertó con la cara hinchada, los ojos llenos de legañas y con el ropaje desperdigado por la habitación. Recordó lo que hizo anoche y no pudo evitar esbozar una pícara sonrisa. Era mucho más tarde de lo que imaginaba, y ya no llegaría a almolzar a la casa de la viuda, así que decidió vestirse y marchar a visitar a la última familia doliente. Se colocó con un especial cuidado su guante y cargó con dos bolsas más de plata argéntea. Y por supuesto, no se olvidó de ocultar de la mayor manera posible el pétalo dorado. Salió de su habitación y se encontró el edificio vacío. También se dió cuenta de que las gentes del lugar se estaban amontonando en la calle, y que algo pasaba fuera. Pero no se lo iba a tomar con especial interés, así que bajó calmado, como siempre. Y cuando llegó a la calle no le extrañó lo que veía. Padre e hijo de la familia de los pétalos muertos. Un buey tiraba del carro en el cual iban montados. La manta que los tapaba iba empapada en sangre, y alguien había tirado de ella, por lo que sus rostros, y hasta la cintura, estaban al descubierto. Se felicitó una vez más para sus adentros por su capacidad de adelantarse a los acontecimientos, y, una vez más, decidió esperar para hacer la última visita. Y justo cuando estaba entrando en La vaca que llora, alguien tiró de él y lo devolvió al gentío. La gente imploraba sus servicios. El conductor del buey paró inmediatamente a la bestia, y la gente formó un circulo alrededor de los cadáveres y él. Mantuvo la calma y, sin mediar palabra, dibujó una gigantesca runa circundante al carro. Hizo varios trucos más con la polvora y el fuego, y luego, encendió la runa. Simuló un trance, y, cuando la llama se apagó, simuló desfallecer. La multitud pronto trajo algo de agua y comida. Comió, bebió y habló:
-Gentes del lugar. He hablado con los furiosos espíritus de los aquí asesinados. Y me han contado lo mismo que los demás asesinados con los que he hablado en esta ciudad. He visto en ellos dolor, ira y miedo, y he sentido esos sentimientos en mis carnes. Pero además, y por primera vez, he visto al asesino. ¡Escuchad atentos! El asesino no es algo de este mundo.