viernes, 7 de agosto de 2009

Escena VII: Razones

Las espesas nubes ocultaban la luna y hacían de la noche una escena más oscura aun. Llevaba mucho tiempo esperando, pero por fin su paciencia dio frutos. Dos siluetas se acercaban. Al principio no eran más que dos manchas borrosas en la oscuridad. Después se convirtieron en las imagenes del padre y del hijo que había estado esperando. No les dió tiempo a reaccionar. El padre saludó cortésmente, y recibió como pago una certera estocada en el cuello. Cuando el hijo vio la punta del estoque salir por la nuca de su padre, gritó y echo a correr por donde había venido. Pero no corrió demasiado. Sintió cómo la fría hoja del estoque del asesino le cortaba el talón. El suelo, empedrado y lleno de arena, le rasgó la cara cuando cayó. Se dió la vuelta y pidió clemencia, aunque lo último que vió fue una hoja plateada esgrimida por un hombre envuelto en ropajes negros, con una roja pluma en su sombrero.
-Dos muertes más. Dos "victimas" a los ojos de la ciudad. Dos bastardos ajusticiados a mis ojos - el asesino arrancó de los ropajes de sus victimas los pétalos dorados y se sentó al borde del camino para limpiar su hoja -. No me equivocaba al buscar en este villorrio. Tres pétalos, y posiblemente los tres pertenecientes a la misma familia. Poco a poco estoy más cerca de tí, Tulipán. Solo te pido un poco más de tiempo.
De los ojos del asesino se fugó una lagrima, que rápidamente se secó con su manto negro.

* * * * *

Se despertó con la cara hinchada, los ojos llenos de legañas y con el ropaje desperdigado por la habitación. Recordó lo que hizo anoche y no pudo evitar esbozar una pícara sonrisa. Era mucho más tarde de lo que imaginaba, y ya no llegaría a almolzar a la casa de la viuda, así que decidió vestirse y marchar a visitar a la última familia doliente. Se colocó con un especial cuidado su guante y cargó con dos bolsas más de plata argéntea. Y por supuesto, no se olvidó de ocultar de la mayor manera posible el pétalo dorado. Salió de su habitación y se encontró el edificio vacío. También se dió cuenta de que las gentes del lugar se estaban amontonando en la calle, y que algo pasaba fuera. Pero no se lo iba a tomar con especial interés, así que bajó calmado, como siempre. Y cuando llegó a la calle no le extrañó lo que veía. Padre e hijo de la familia de los pétalos muertos. Un buey tiraba del carro en el cual iban montados. La manta que los tapaba iba empapada en sangre, y alguien había tirado de ella, por lo que sus rostros, y hasta la cintura, estaban al descubierto. Se felicitó una vez más para sus adentros por su capacidad de adelantarse a los acontecimientos, y, una vez más, decidió esperar para hacer la última visita. Y justo cuando estaba entrando en La vaca que llora, alguien tiró de él y lo devolvió al gentío. La gente imploraba sus servicios. El conductor del buey paró inmediatamente a la bestia, y la gente formó un circulo alrededor de los cadáveres y él. Mantuvo la calma y, sin mediar palabra, dibujó una gigantesca runa circundante al carro. Hizo varios trucos más con la polvora y el fuego, y luego, encendió la runa. Simuló un trance, y, cuando la llama se apagó, simuló desfallecer. La multitud pronto trajo algo de agua y comida. Comió, bebió y habló:
-Gentes del lugar. He hablado con los furiosos espíritus de los aquí asesinados. Y me han contado lo mismo que los demás asesinados con los que he hablado en esta ciudad. He visto en ellos dolor, ira y miedo, y he sentido esos sentimientos en mis carnes. Pero además, y por primera vez, he visto al asesino. ¡Escuchad atentos! El asesino no es algo de este mundo.

No hay comentarios: