martes, 29 de septiembre de 2009

Escena XI: El hombre de la arena

El extraño se puso la capucha de su negra capa y se sentó en la silla que hay frente al cabecero de la cama -ésta había sido movida con anterioridad para quedar en el centro de la habitación-. Sacó una pizca de arena azulada que llevaba en una bolsita al cinto y la espolvoreó sobre la cara del durmiente. Colocó su mano derecha bajo la nuca del futuro soñador y la palma izquierda en la frente.
-Avísenme cuando sus ojos se muevan rápidos bajo sus párpados.
Acto seguido cerró los ojos y permaneció inmóvil. Así durante un rato, hasta que una de la mujer, de entre tantas personas que ocupaban el lugar, dio el aviso.
-Ahora, señor. Sus ojos se mueven como locos.
El hombre respondió con un leve asentimiento, tan leve que pocos lo llegaron a percibir.
«Ya comenzó a soñar», musitó.
-Recuerde en todo momento que esto es sólo un sueño -dijo pausada y suavemente, muy relajante-.
-Sí -respondió el hombre de la cama con el mismo tono-.
-Bien, se encuentra en una encrucijada, con un camino a la derecha y uno a la izquierda. ¿Por cual decide caminar?
-¿Qué... qué hay en el horizonte?
-Un hermoso cielo estival. Por favor, limítese a responder a mis preguntas.
-Bien..., el de la izquierda.
-Sigues caminando y te encuentras un estanque, frente a él, un niño sentado en una piedra mirando al agua. ¿Qué haces?
-Miro el estanque.
-Nadando bajo sus aguas cristalinas una carpa dorada, una roja y una azul. Las carpas asoman la cabeza y te invitan a que te des un baño; el niño te lo desaconseja...
-No importa, entro.
-Cuando entras, en el centro del estanque se forma un agujero que empieza a dragar el agua. El agujero va creciendo y no antes de que puedas reaccionar caes en él. Todo se vuelve negro.
En la oscuridad, a unos metros del soñador, aparecieron circunferencias níveas flotando a la altura de una cabeza. Luego la negrura se fue desvaneciendo y se vio rodeado de figuras con toga negra y máscaras blancas. Los seres enmascarados le señalaron e incriminaron. «Tú eres el causante de todo». «De no ser por ti ella seguiría aquí». «Fue por tu culpa».
-¡Callaos! -sonó una voz entre las máscaras. Uno de ellos avanzó varios pasos y gritó-. ¡Callaos de una vez!
El adelantado se deshizo de su máscara. El durmiente lo reconoció, era el misterio hombres de los sueños que llegó al pueblo hace días.
-Relájate. He hablado con tu esposa y desea que sepas que ella no te culpa. Nunca la has de olvidar, pero revivir a su fantasma en tus sueños no hace bien a ninguno. El mundo de los sueños y el de los muertos tiene un vínculo más estrecho de lo que algunos pueden llegar a pensar. Sí permaneces en uno acabarás visitando el otro. Y desde tú posición, no es algo recomendable.
El hombre de la toga movió su mano y uno de los enmascarados flotó hasta el centro del círculo, chascó sus dedos y la máscara estalló.
-Aizpea... -el rostro femenino que había desvelado la máscara sonrió-. Lo siento tanto.
-No puede comunicarse, pero te oye.
El hombre se acercó a su difunta esposa y la tomó de la mano. Durante largo rato la habló y se disculpó.
-Gracias, forastero.
-No tiene importancia. Ahora debes despertar, ¿estás preparado?
-Eso creo.
Todo se volvió negro una vez más.

* * * * *

-Respira con calma. Ase el picaporte y gíralo con delicadeza... Ábrelo poco a poco y cruza sin temor.
El hombre de la cama abrió los ojos con lentitud. Los presente se aglomeraron alrededor de la cama. «¿Qué ha pasado?». «¿Cómo te encuentras?». «¿Ha funcionado?».
-Estoy bien, algo cansado, pero bien. He tenido un sueño muy raro. Hablé con Aizpea...
Mientras el paciente relataba aquello que recordaba del sueño, el hombre de los sueños se marchó por la puerta.
-¿Quién era ese? -preguntó un joven que se encontraba en la sala-.
-
¿Ese?, un extraño que viaja de una tierra a otra diciendo curar a la gente de sus pesadillas, y al parecer a los que trata lo corroboran. Se podría decir que es un viajero de los sueños, un viajero onírico. Viajero onírico -el hombre soltó una carcajada-, ¿no suena a loco?
-Puede ser, pero me gusta.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Escena IV


"El día que ahora relato, en principio, prometía ser un día normal y corriente, como cualquier otro. Yo estaba junto al Maestro en la Capital. Al parecer, íbamos a hacerle una visita a uno de sus discípulos, no recuerdo su nombre. A decir verdad, todos los discípulos estábamos muy distanciados los unos de los otros.
Llegamos a la casa del Liberal, donde esperaba otro de los pupilos de mi Maestro, y tras una larga e intensa conversación, nos informaron de que una compañía que había llegado a la Capital. Algo así como Felicidad Ambulante. El título me parecía lo bastante ridículo como para pasarlo por alto, pero mi Maestro estuvo empeñado en ir. Así que asistimos a la plaza, los cuatro filósofos, donde se suponía iban a estar todo el día. Y así fue.
La plaza estaba a rebosar. Entre la multitud, apareció un amigo del dueño de la casa que visitamos, Gamat. El pueblo aplaudía a unos payasos y una bailarina que eran realmente impresionantes. Y mi Maestro, ante tal impresión, decidió ir a felicitarles por la actuación. Sigo diciendo que mi Maestro prestaba atención a las cosas que no debía. Cualquier erudito en su sano juicio habría sentido una mayor impresión al ver al Eisenhar en persona, que casualmente pasó por la plaza. Pero mi Maestro fue y seguiría siendo especial hasta su muerte.
Tuvimos una breve charla en la plaza, que terminó con una invitación por parte de Gamat a la compañía y a los filósofos. Yo y el otro Liberal invitado decidimos negarnos, queríamos vislumbrar la belleza de la capital.
Y ahí estaba entonces yo. Solo por la ciudad que perfectamente puede ser la más hermosa de todo el reino. Y justo frente al Panteón, me encontré a alguien que cambiaría mi destino. El mismísimo Eisenhar, al cual ya había visto en la actuación, se encontraba dentro del megalítico edificio, vislumbrando las esculturas de los Dioses a los que tanto adorábamos. Ni siquiera fui yo el que le dirigió la palabra, sino que él mismo me habló, comenzando con un saludo cordial y con una amable sonrisa.
Durante la conversación con el Soberano, tratamos diferentes temas. Me dí cuenta de que no aceptaba las enseñanzas de mi Maestro, y posiblemente me influenciara de las ideas del Eisenhar cuando decidí abandonarle semanas más tarde. La belleza de la ciudad capital y del reino en general fue otro tema de los que hablamos, al igual que de la actuación de los payasos.
Como siempre había pensado, este Eisenhar era el mejor que nuestro reino había tenido desde hacía mucho, mucho tiempo."

Autobiografía, de Zheos Trirdha, 1046.

Escena X: Tulipán

Mi mujer ha muerto dando a luz a nuestro hijo. Eso pasó hace ya siete días. No creo que vaya a poder recuperarme de este duro golpe. Mi hija aún no ha cumplido los dos años y ahora tengo que cuidar de mi primer, y puede que último, hijo varón. Ahora veo un oscuro velo en mi futuro. No tengo más ganas de escribir, creo que ya he tenido suficiente. Querido diario: A partir de hoy, la protección de mis hijos y la alquimia serán mi razón de existencia.

Diario de Vale, Dunio de Zeon del 129 d.G.D.

Lo sabía. Tanto tiempo de estudio y perfeccionamiento tienen que dar sus resultados. Y así ha sido. Ya tengo el cuerpo de mi proyecto completo. Si nace, lo hará con una apariencia física de siete años. No sé qué capacidad intelectual tendrá, pero aún así, si tiene aunque sea la inteligencia de un chimpancé, habré conseguido crear vida artificial. No sentí la emoción que siento ahora ni cuando mi mujer me dijo que estaba embarazada. Adoro mi trabajo.

Diario de Vale, Lendura de la 3ª semana de Savhdan del 134 d.G.D.

No salgo de mi asombro. Simplemente increíble. Durante todo el día de hoy he estado haciéndole pruebas, y no solo es más inteligente que un niño de su edad, sino que es simplemente la perfección de la raza humana. Tanto esfuerzo ha merecido la pena. Ya sabía que iba a ser la Belleza cuando creé su fisiología, pero no pensé que también fuese la Sabiduría cuando la crease. Aún no sabe hablar, pero comprende el lenguaje de signos. Ahora sé qué sienten los dioses.

Diario de Vale, Finero de la 3ª semana de Savhdan del 134 d.G.D.

Esos malditos alquimistas del Círculo no son más que necios envidiosos. ¡Mi creación es perfecta! ¡Y quieren destruirla! No... por supuesto que no. No lo van a hacer. Les engañé esta tarde. No se llevaron a mi perfecta creación, sino a mi hija biológica. Podré seguir manteniendo a mi creación, a Tulipán, en secreto. Nadie debe saber esto, así que creo que es hora de que abandone este aldea del diablo y me vaya a una ciudad más grande, más culta... O simplemente, me vaya a otro sitio. Que los Dioses guíen el destino de mi hijo, y hagan a mi creación aun más perfecta de lo que ya es.

Diario de Vale, Nomtia de Farhaim del 134 d.G.D.

Mi hijo se ha casado. Por fin. Por fin estoy solo con mi obsesión y la razón de mi existencia. Cuando alguien lea esto, comprenderá por qué llegaré a ser (y puede que ya lo sea) el mayor alquimista que jamás nadie ha conocido.

Diario de Vale, Nomtia de Inglaur del 158 d.G.D.

Escena IX: Alianza fatal

La mayoría palideció de terror; otros comenzaban a pensar cómo darle caza; un grupo de jóvenes se reía del supuesto espiritista, de su ridícula descripción de una criatura de ultratumba como asesina de los varones que yacían en el centro de la plaza. El estafador, mezclándose ahora entre la multitud y recogiendo las monedas que le daban por su acción, se sentía inquieto. Vistos los cadáveres, ya no le cabía ninguna duda del objetivo del misterioso asesino: los pétalos de Begim Vale. Para qué servían, pocos lo sabían, y él no era uno de ellos. Unas historias decían que una vez juntos otorgaban a su portador la inmortalidad. Otras, que formarían una piedra filosofal que transformaría en oro aquello que tocase. Le asustaba bastante la que decía que una vez juntos, los pétalos explotarían y destruirían el mundo, pero más lo hacía la parte común de todas esas historias: los pétalos se atraían unos a otros, y los que él llevaba tiraban de su pantalón. El asesino estaba muy cerca, detrás de él, entre la muchedumbre. Probablemente aún no sabía quién tenía los pétalos. El Viajero sabía que salir corriendo no era una opción, su mejor baza era mantenerse entre la multitud. Tampoco podía entretenerles con otro truco, eso podría hacer que el asesino se fijara en él. «¡Vamos, piensa!» Algunos vecinos ya comenzaban a irse. Así que decidió dar él el primer paso.
Sacó de su bolsillo uno de los pétalos, que no cesaba de moverse, y lo soltó discretamente. El pétalo salió disparado e impactó en un hombre de negras vestiduras y una pluma carmesí en un sombrero que le ensombrecía media cara. Ambos se quedaron perplejos.
El Viajero dio otro primer paso, se acercó al hombre de negro e iniciaron una conversación a vista de la gente, pero no a su escucha.
-Os presento mis respetos, Portador. -Luego susurró al asesino- Ellos no saben que eres el causante de todas las muertes, pero yo sí. -Y recuperó su tono-. De modo que no hay necesidad de resolver esto de una manera violenta, ya que ambos sabemos porqué estamos reunidos.
Las palabras del Viajero fueron contestadas con una dura mirada de frialdad y con un movimiento de cabeza afirmativo. Por tanto, el Viajero decidió continuar su monologo:
-Si os digo la verdad, no sé para que sirven estos pétalos, ni cuantos son. Solo sé, como hemos demostrado, que se atraen entre ellos, y que giran en torno a una leyenda, que los enterados del mundo de la alquimia llaman Tulipán.
-Tulipán no es ninguna leyenda -contestó el asesino, con una voz llena de ira-. Y parece que sí que sabéis de esa leyenda. Dadme una buena razón para no acabar con vos ahora.
Las amenazas y el tono del asesino no causaron impresión alguna en el rostro de su interlocutor, el cual respondió sereno y calmado.
-La única razón que puedo daros es que estando yo de vuestro lado llegareis a buen puerto. Haciendo las cosas a vuestra manera, tarde o temprano darán con vos, y se acabará todo -el Viajero hizo una pausa-. Solo os pido que me dejéis ver a Tulipán, si tan seguro estáis de que no es una leyenda.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Un trío

Alguien desenvainó una espada. Otro alguien gritó con ira y se lanzó a la carga. Una última persona maldijo ese día para toda la eternidad.

Alguien se sentía lleno de adrenalina. Otro lloraba desconsoladamente. Una última persona fue atravesado por una hoja de acero.

Alguien corría hacia una figura inerte en el suelo. Otro alguien huía de una trágica escena. Una última persona moría gritando “Te amo”.

La Viajera

Pasó una mujer de pelo largo y descuidado. Descalza, con los pies tan sucios como el camino que dejaba atrás. Con no más que unos pantalones roídos, una camiseta de rayas y unos pies de madera, unidos por un cordel, colgando de su hombro.
-Mira esa loca. Dicen que viene del norte.
-Lo sé. Es la Viajera.
-Así que tú también la conoces.
-Claro, no hay marino que se precie que no sepa su historia.
-¿Y es verdad que no para de caminar?
-Sí.
-¿Y por qué lo hace?
-Le va buscando.
-¿Le? ¿Quién es él?
-El típico marinero sin dinero en el bolsillo y con un te quiero en cada idioma.
-¿Y por qué le busca?
-¿Sabes esa de “una mujer en cada puerto”?
-No hay nada como una mujer despechada -dijo con una sonrisa burlesca-.
-Te equivocas. Ella es su mujer en cada puerto.
-Increíble..., pero aún hay algo que sigo sin entender. ¿Para qué esos pies de madera?
-Para cuando se le gasten los suyos.



viernes, 25 de septiembre de 2009

Escena II: El accidente

Escenas publicadas de Las máscaras de Europa
Escena III: La ida

3 de junio de 1937

El hombre contemplaba las vistas del pueblo de Alcocero desde un peñasco hasta que el sonido de un helicóptero en el horizonte le sacó de su admiración.
-Ya estabais tardando -musitó-.
Tomó la boina y la gua
rdó dentro del gabán. El varón recordó las palabras del General, «Que parezca un accidente, Algo natural, puede que un temporal. Ya sabes, sin supervivientes, sin pruebas...». Luego alzó los brazos al cielo y sus ojos se tornaron blancos. El cielo comenzó a nublar y acto seguido comenzó a llover y a tronar. Varios relámpagos pasaron cerca del artefacto. El piloto del helicóptero redujo altitud y procuró evitar los rayos.
-¿Dios, cómo se puede ser tan...? ¿Crees que puedes escapar, eh?
Tras su monólogo al aire, el hombre del abrigo sonrió maliciosamente y dio una sonora palmada, cuyo sonido fue respaldado por el de un trueno. Un rayo impactó en la cola del aparato haciéndole perder el control. El piloto intentó estabilizar el helicóptero, pero en vano. Éste
se precipita girando sobre sí mismo mientras hacia una colina, lugar donde se estrelló.
El hombre relajó los brazos y sus ojos volvieron; se colocó la boina y caminó hacia la zona de la colisión. No le resultó difícil llegar, seguir el rastro del humo y trepar algunas rocas. Debían estar muertos, pero "sin supervivientes" supone matar y rematar. Revisó el helicóptero: el piloto estaba en su asiento con un trozo de metal clavado en el cráneo, el objetivo no estaba, pero un rastro de sangre le delataba. Así que siguió el rastro hasta dar con él. Un varón de avanzada edad vestido con uniforme militar, gafas y el pelo hacia atrás, permanecía tumbado tapándose una herida en el abdomen, no parecía muy grave. El causante del accidente sonrió.
-¿Señor está bien?
El superviviente reaccionó y le miró.
-Gracias al Supremo. Hoy es mi día de suerte. Vamos campesino, ayúdame.
-No tan rápido...
-¿Pero tú sabes quién coño soy yo?
-Mejor de lo que cree. ¿Cómo era aquella frase suya Señor? Ah, sí ya recuerdo... -el hombre de la boina tomó una burlona pose de seriedad y recitó-. Hay que sembrar el terror... hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros.
El herido quedó sorprendido, con los ojos como platos.
-¿Qué pretendes?
-Esto.
El creador de rayos agarró al herido por la cabeza y se puso a hacer lo que mejor sabía: crear rayos. Generó una corriente que recorrió el cuerpo de su víctima, cada segundo a mayor voltaje hasta que lo frió. Retiró la mano y la cabeza del cadáver humeaba cuantiosamente.
Se irguió de nuevo y puso camino al pueblo antes de que la gente viniese a ver que pasaba. A la entrada del pueblo se deshizo de la boina y el gabán, revelando un uniforme de oficial fascista. Pasó la mano por el pelo, aún húmedo y se peinó. Caminó y al primer viandante que vio lo paró y dijo.
-Tú aldeano, ¿dónde tenéis el teléfono? Tengo que dar una mala noticia.

* * * * *

-General Franco, tenemos malas noticias -el hombre al otro lado del escritorio se levantó y golpeó éste-. El General Emilio Mola ha muerto en un accidente aéreo.
El hombre, ahora relajado, se dejó caer sobre su asiento.
-Soldado, me habías asustado. Pensaba que nos habían hundido las Canarias.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Escena III

Escenas publicadas de La Transición
Escena III
Escena IV


“… Resumiéndolo en una palabra, “muerto”. En el reino de los muertos no existe ninguna de esas cosas (…) Como alegoría, tenemos un matrimonio. El matrimonio es aparentemente feliz, marido y mujer creen ser felices, pero lo que ocurre tras esa máscara es que ambos están ciegos a las maravillas de otra mujer o de otro hombre. La vida que vivimos nos hace creer afortunados, cuando en realidad tan solo nos niega otras posibilidades, tanto como la devoción a una única persona nos quita libertad. “
Fragmento de “Prisión”, de Behos Novma.

* * * * *

El grupo “Felicidad Ambulante” realizaba un espectáculo callejero, en el que el público hacía un círculo bastante amplio alrededor de los artistas. Comenzaba con un payaso bastante grande, vestido con un traje abombado amarillo y blanco, y que tenía una inmensa sonrisa pintada en la cara. Estaba de pie en el centro del círculo, con las manos en los costados y silbando una alegre melodía (increíble que se pudiera oír, por cierto). Entonces, de entre el público, entraba corriendo otro payaso, igualmente alto pero esbelto, con un traje puntiagudo negro con grandes manchas rojas y con una gran línea recta pintada a forma de boca, y tiraba una pelota con fuerza al otro payaso, que caía al suelo. Para cuando este “payaso bueno” se había levantado, el payaso “malo” estaba al otro lado, haciendo malabares con otras cinco pelotas. El bueno le devolvió el lanzamiento, pero el malo cogió la pelota y siguió sus malabares, ahora con seis. Repitieron el juego hasta que tuvo unas quince y el público aplaudía a rabiar. El payaso malo empezó a pasárselas al bueno haciéndolas botar en el suelo, y el bueno se las devolvía por el aire. Entonces, también de entre el público, aparecía una bailarina, una preciosa joven (vestida con unas mallas blancas y negras atravesadas por algún trazo rojo en piernas, brazos y pecho) que saltaba y hacía piruetas entre ambos payasos sin tocar ninguna de las pelotas.
Más tarde pasaron a los bolos y al fuego, que también fueron impresionantes, pero recuerdo con mayor interés la primera actuación.
Cuando acabó, algunos nos quedamos para felicitar al grupo personalmente. Yo iba con tres de mis aprendices, que a su vez venían acompañados de algún amigo. Uno de estos amigos, llamado Gamat, no pudo ocultar sus intenciones:

- Habéis estado magnífica, bailarina. Dejadme que os invite a una copa.
- ¡Eh! ¿Y a nosotros no? – dijo el payaso malo poniéndose entre Gamat y la bailarina.
- … Por supuesto. Vamos, venid todos.
- Disculpad a mi hermano, por favor… - dijo el payaso bueno – Vuestra oferta es muy amable, pero debo recoger todo esto. Ve tú si quieres, hermana, pero ten cuidado con éste – añadió señalando al payaso malo.

Así, bailarina, “payaso malo” (me apena reconocer que nunca llegué a saber sus verdaderos nombres, si es que los tenían) Gamat, uno de mis aprendices y yo fuimos a una taberna. Allí comenzó una corta amistad entre Gamat y el payaso, ambos interesados en mi filosofía (aunque de forma muy distinta. Gamat, como dicen los libros de historia, creía que hablaba de revolución; el payaso, en cambio, la entendía incluso mejor que yo mismo). También se forjó el amor del futuro líder rebelde por la joven y la fascinación de ésta por los méritos de él.
Al salir de la taberna, Gamat, tal vez por tener algo para impresionar a la bailarina, tal vez por haberse convencido definitivamente o tal vez por haber visto al Eisenhar en la actuación, convocó a sus más fieles seguidores y presidió la primera Reunión Rebelde.

Fragmento de "Vencidos", de Behos Novma

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Pérdidas inconscientes

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Pérdidas inconscientes

El tejado de la Torre Sur descendió. Luego un estruendo ensordecedor reverberó a lo largo de las calles. Los cristales más frágiles estallaban, las alarmas de los coches saltaban. Al grito de «¡Ey, mirad!» alguien llamó nuestra atención y señaló al final de la calle: una gigantesca ola de polvo se avecina cubriendo todo a su paso. Todos corrimos tanto como podíamos. Cuando la tormenta nos alcanzó, yo y algunos más nos cubrimos con algunos vehículos y esperamos a que pasase. Había dejado a su paso una capa de polvo. Después de esta ola vino otra, una de confusión y pánico. Los que no andaban desconcertados de un lado para otro o buscando a alguien, gritaban o lloraban. Parecían espectros cenicientos. Extendí los brazos y me miré, yo también lo parecía. Sin saber hacia dónde, caminé.

-Joven, ayúdame por favor -una voz, cuya procedencia desconocía, me reclamó-.
-¿Dónde está?
-Aquí, detrás del coche ro... -creo que antes de terminar la frase fue consciente de que todo alrededor del World Trade Center ya sólo tenía un color y golpeó al automóvil para que le localizase. Seguí el ruido y le encontré tras un coche-.
-¿Cómo se encuentra?
-Podría estar peor. Algo me ha caído en la pierna, me duele mucho, pero creo que podré caminar.
Analicé sus piernas, y en efecto una de ellas, la derecha, tenía encima un trozo de chapa y algunas machas de sangre. Retiré la chapa.
-Listo. Ahora ayúdame a levantarme.
Le agarré por el hombro y le alcé. El hombre intentó caminar pero cayó al suelo. Cuando volví a mirar su pierna no dí crédito a lo que veía.
-Señor, usted no... no tiene... pierna.


11-S

El tendón, el pulmón y el corazón

Érase una vez un tendón, un pulmón y un corazón que ansiaban ser famosos. Así que decidieron partir en un viaje alrededor del mundo. Al comienzo de su aventura, el rítmico grupo halló frente a ellos su primer reto: un riachuelo sin puente alguno se interponía en el trayecto.
-¿Qué tal si el tendón se tumba a lo largo del arroyo, pasamos por encima y luego desde la otra orilla le recogemos? -propuso el pulmón en un arrebato de lucidez-.
-No resultará -discutió el corazón-.
-Por intentarlo que no quede -intervino el tendón-.
Tras este rápido debate, el tendón se tumbó de una orilla a la otra. El pulmón comenzó a caminar sobre él, despacio, manteniendo el equilibrio. Pero a la mitad del trayecto, más o menos, el tendón, que apenas soportaba el peso del pulmón, se rompió y cayó al riachuelo. El pulmón que no pudo reaccionar se precipitó también al agua y como no sabía nadar, se encharcó y se ahogó. El corazón, expectante, al darse cuenta que llevaba razón se comenzó a reír, pero se rió tanto y tan fuerte que le dio un ataque y murió.
Y así, con este breve cuento se hicieron famosos.

Escena de violencia II

Entré en el bar y me dirigí al fondo, donde los billares; allí es donde se ponen mis amigos. Saludé y fui a la barra a pedir un botellín de cerveza. Pagué y, cerveza en mano, volví al grupo. Fran, un antiguo colega (y cuando digo colega me refiero al típico individuo insignificante al que saludas pero que no siempre cae bien, y en mi caso es casi nunca; y este caso no es una excepción) se acercó a mí y dijo:
-Mira que “puntazo” de truco.
Acto seguido cogió un botellín vacío de una mesa cercana y pegó con el culo (de la botella) en la boca de mi cerveza. La cerveza se convirtió en espuma y no paró de salir hasta quedar una ridícula cantidad de líquido dentro de la botella. Fran se rió por lo ocurrido.
-La verdad, no le veo tanta gracia -dije-.

- Unos veinte minutos después... -

...Fran fue a la barra y al rato volvió con un cubata. Dio un sorbo y lo dejó en una mesa. «Esta es la mía» pensé. Me acerqué a la mesa y di un suave empujón al vaso con el índice. El vaso se tambaleó un par de veces, luego perdió el equilibrio y se precipitó contra el suelo. Al oír el ruido Fran se giró y me miró molesto.
-¿Qué haces tío?
-Nada, un truco que es un “puntazo” -respondí-.
La expresión de Fran cambió, ahora se le veía cabreado.
-Me debes un cubata -dijo chulesco-.
-Tú a mi una cerveza.
-Anda no me toques los cojones.
-Gracias por la advertencia, aunque innecesaria, no me va ese rollo.
Cada uno de mis comentarios parecía sacar de quicio más y más a Fran.
-Mira, págame el cubata y déjate de tonterías.
Asentí con la cabeza muy sarcásticamente y le di la espalda. Cuando me marchaba me cogió por un brazo y me apretó contra la pared.
-Que me pagues... -antes de que pudiese terminar le asesté un cabezazo-.
Fran retrocedió y se tropezó, al caer se golpeó con la cabeza contra la mesa de billar.
-Te estás poniendo pesado, eh -dije mientras me frotaba la frente-.
Fran se incorporó y se tocó la nuca y notó (y vio) que estaba sangrando. «¡Hijo de puta!» gritó. Cogió un palo de billar de la mesa y me apuntó con él. La gente que había en el local formó un amplio círculo a nuestro alrededor. Me golpeó un par de veces con el palo en el costado, pero en seguida pude agarrarlo y, tras un corto forcejeo, me deshice del palo. Cargué contra él; mientras, metí la mano en uno de mis bolsillos y saqué las llaves. Usé el abridor de mi llavero como arma improvisada y me ensañé con su cara hasta que la gente intervino para separarnos.
Su rostro quedó repleto de desgarraduras. Uno de los arañazos le había alcanzado el ojo y, parecido a la clara de un huevo cuando se la pincha, comenzó a rezumar líquido hasta que se quedó casi vacío. Más o menos como mi cerveza.

Declaración de independencia

Porque estoy harto de no ser egoísta con vuestros besos, y que entre vosotras os odiéis. Porque estoy harto de parecer, de ser un gilipollas. Porque me utilizáis, porque jugáis con mis... sentimientos. Porque me comprendéis a medias, la mitad que os conviene. Por eso, que os follen. A todas. Y por favor, no me encarguéis semejante tarea. Por todo ello y por cosas que prefiero no decir, me declaro independiente de vuestros corazones. No estoy para nadie, sin consentidas. Yo solo, como en los viejos tiempos, como en los buenos tiempos.

martes, 22 de septiembre de 2009

Escena I: Los Caballeros de España


“Hace más de dos semanas que defendemos Madrid de los traidores. Todos creíamos que ganaríamos, pero hoy que ellos han llegado, hemos dejado de creer. Ahora sabemos, sabemos que las aguas del Jarama nunca será de los fascistas. [...] Dicen que vienen a destruir su artillería y aniquilar a su puesto de mando. Sólo espero que no acaben ahí, que maten a todos esos hijos de putas. Con suerte en unos días espero estar en casa.”

Eduardo Torres (1915-1937)

* * * * *

De la polvareda creada por la explosión emergió una esfera azul translúcida que envolvía a varios afortunados soldados republicanos y a tres hombres con traje militar color negro, una banda con los colores de la República cruzando el torso y una espada al cinto. Los tres hombres caminaban dentro de la esfera en disposición triangular, el del centro con la mano alzada y la palma abierta. El varón que caminaba a la derecha, calvo y con perilla, miró al de la izquierda, un joven imberbe y con media melena recién entrado en la veintena.
-Rayo, los veo. A ciento veinte metros al noroeste.
-Bien. Adolfo cuando quiera -el joven desenvainó su arma-.
El hombre que lideraba el grupo cerró el puño un instante, entonces Rayo desapareció sin que nadie pudiese verle. Allá por dónde corría sólo se veía una figura borrosa y una estela de polvo.
Apenas pasó escaso un minuto, cuando el hombre de la perilla avisó.
-Adolfo, Rayo ya viene. Prepárate.
La esfera volvió a parpadear y Rayo apareció dentro. Algo cansado y con la espada bañada en sangre. La sacudió con un golpe invisible al aire y la sangre salió despedida, luego con otro movimiento que nadie pudo captar la envainó. Respiró profundamente y henchido de orgullo dijo:
-Muchachos, esta guerra es nuestra.

* * * * *

Fue en España en el valle del Jarama
lugar que nunca podré olvidar
pues allí cayeron camaradas
jóvenes que fueron a luchar.
Nuestro batallón era el Lincoln
luchando por defender Madrid
con el pueblo hermanados peleamos
los de la Quince Brigada allí.
Lejos ya de ese valle de lágrimas
su recuerdo nadie borrará.
Y así antes de despedirnos
recordemos quien murió allá.

La pared



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Saltó los restos de lo que antes era la pared de una casa, y conforme tocaba el suelo, se agachaba y apoyaba la espalda contra su improvisada cobertura. Y no le había dado tiempo a relajarse cuando se giró, saliendo en una décima parte de su refugio de piedra y comenzó a disparar contra sus perseguidores. Derribó a dos con un golpe de suerte, y uno de los "soldados" que le acompañaba corrió hacia su posición, tropezando antes de llegar al otro lado de la pared. Salió, lo cogió por la nuca y lo arrastró hasta la única posición segura donde podía refugiarse.

Su compañero, como un niño que era, no paraba de llorar y de gruñir. Nada que no pudiese arreglarse con una buena bofetada y un grito. No iba a perder la vida porque los malditos anarquistas reclutaran para sus filas a niños mimados que se creen que la guerra es un juego infantil. Y como siempre, un poco de disciplina surtió efecto. El niño reaccionó y se atrincheró en la demolida pared.
En unos segundos más, habían caído dos traidores más, que, a pesar de ser Soldados, eran lo suficientemente estúpidos como para salir de su cobertura para asaltar al enemigo, y él no pensaba permitir que un Soldado así acabase con él. De repente hubo un periodo de silencio. Ni un disparo, ni un sonido, simplemente nada. El niño que tenía junto a él intentó levantarse, y él lo agarró por el brazo justo a tiempo para que no le acribillaran con todas las armas que en ese momento estaban apuntando a la pared. El niño entendió el mensaje y se sentó, tranquilo.
Y él simplemente, abrió la pitillera. Cogió un pellizco de tabaco y un papelillo, y en menos de un minuto ya disfrutaba del humo que había invadido sus pulmones.
- Niño, nos rendimos.
Las palabras de su superior hicieron que su propio corazón se encogiese y comenzase a hacer un redoble. "El redoble de los tambores que sonarán cuando nos fusilen podría parecerse a esto." En ese momento, su superior le pidió la camisa blanca que llevaba puesta, y él inmediatamente se la dio. Vio como ataba la camisa al cañón de su fusil y lo alzaba, mientras gritaba, con el pitillo en la boca, "Rendición." Alguien al otro lado pidió que se levantasen, que los llevarían presos. Él estaba cada vez más nervioso, y su superior parecía más tranquilo cada momento.
Solo tuvo que esperar a que llegasen los Soldados enemigos. Cuando llegaron, el niño desfalleció, quizás por los nervios, y él aprovechó la confusión de los dos Soldados que quedaban para entrar en acción. Con la mano izquierda cogió a uno de los soldados por la nuca, mientras que con el codo derecho golpeaba en la cabeza al otro soldado. Cuando uno de ellos estaba en el suelo, sentenció con un rápido golpe en el cuello al que tenía agarrado, y antes de que el del suelo se diese cuenta de que había caído, una bota aplastó su cabeza.
Cuando despertó, vio a su superior en cuclillas frente a él.
-Niño, hoy es tu día de suerte.


Escúchame bien

Porque tú y yo sabemos que un hombre
vive de lo que tiene y lo que tiene es el día a día.
Porque tú y yo sabemos que un hombre
se tiene que despertar temprano para vivir ese día al completo.
Porque tú y yo sabemos que una familia
vive de lo que da el hombre y un hombre da hoy todo lo que tiene hoy.

-Estas palabras las pronunció un borracho. Un hombre consumido por la vida, que lo todo dio y todo le arrebataron. Luego y sólo luego fue un borracho. Así que joven, si realmente la deseas, levántate y búscala. Lucha hasta que la consigas o hasta que no te quede aliento. Luego y sólo luego podrás lamentarte.
-...
-Sabes que llevo razón, de modo que no me mires así.
-Guau.


Escena II


“… Conforme a lo antes visto, quiero explicaros una cosa. Por aquel entonces, yo aún pertenecía a los Liberales, discípulos del maestro Behos, que en paz descanse. Estábamos bajo el reinado del Eisenhar, un hombre con la experiencia, el conocimiento y el poder suficiente para dirigir una nación tan grande como fue la nuestra antaño. He aquí cuando pongo el ejemplo de mis enseñanzas y el ejemplo de Estancia Cíclica:
El Eisenhar reinaba justamente en todo el reino, manteniendo la paz incluso en tiempos donde todos los demás países estaban en guerra. Un Soberano benévolo y sereno, que prefería usar el dialogo y la diplomacia al acero de una espada. El pueblo era feliz en aquel entonces. Pero la felicidad es un estado anímico pasajero. Y mi maestro fue el encargado de hacerla desaparecer. Me explico: Mi maestro difundió entonces sus ideales, un falso ideal que prometía libertad y poder para el pueblo. La libertad y el poder que mi maestro pretendía otorgar a su pueblo solo se conseguía a través de la muerte. Pero encontró de entre sus aliados alguien lo bastante inteligente como para hacer una propaganda favorable a sus ideales o lo suficientemente incapacitado mentalmente como para entender una idea equívoca de mi maestro. Realmente, no lo sé. Nunca tuve la oportunidad de verme con tal valeroso guerrero (inteligente o no). Este hombre del que os hablo levantó al pueblo y a los esclavos contra un falso tirano (obviamente, se refería al Eisenhar) que coartaba sus libertades y sus derechos. (Me tomo la libertad de hacer un pequeño inciso: El pueblo es como un ganado. Y para este ganado, Gamat Zehld fue el pastor.) Incluso consiguió que una parte del ejército siguiese su movimiento propagandista. El resultado viene hoy plasmado en los libros de historia, a los que haré referencias a más adelante.”

Política, de Zheos Trirdha, año 1048.

Escena I


Narrar un hecho histórico, muchas veces no es sólo narrar los hechos. A veces, para entender correctamente lo que nos cuentan, hay que prestar atención a cada detalle. Sobre todo a los que no nos cuentan.
Mi nombre es Behos, y en los 90 era el pensador más reconocido del reino. Mis ideas llamaban a la libertad total de la persona, a un estado sin ataduras u obligaciones familiares, sociales o éticas, y veía que sólo la muerte podría conseguir eso (en 996 publiqué el libro “Prisión”, en el que explico mi filosofía. Recomiendo su lectura para comprender mejor esta historia). Formé un grupo con doce de mis más fervientes seguidores en Enero del 97, con los que me reunía mensualmente. Ahora sé que sólo uno de ellos entendió realmente mi mensaje (de hecho, hasta lo rechazó) y que para el resto mis palabras eran palabras en las que respaldar una rebelión, pero por aquel entonces yo también veía sólo unos grandes discípulos.
No quiero añadir más datos a este primer capítulo, así que sólo remarcaré la importancia del primer párrafo. ¿Por qué? Porque el día 4 de Mayo del año 997 actuó en la ciudad la compañía “Felicidad Ambulante”. Es algo que cualquier historiador pasaría por alto, y, sin embargo, fue algo que cambiaría el futuro del reino.

Fragmento de “Vencidos”, de Behos Novma, publicado en 1017.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Paladín

Fue hace ya unos tres años. Recuerdo que el sol ya se había resguardado hacía rato, las sombras inundaban las calles y las negras nubes, caperuzas del cielo, descargaban la lluvia. Yo volvía al templo de mi visita al centro de gobernación, cuando oí el grito de muerte de un desafortunado cualquiera. Me guié vagamente por las calles, detectando auras malignas, hasta que llegué a un descarado rastro de sangre diluido entre chapoteos en la entrada de un callejón.
Cuando me adentré en aquel callejón, vislumbré una figura que trepaba extrañamente por uno de los muros.
-¡Por mandato de Heiros, deténgase! -grité-.
Al verme, el monstruo me miró fijamente y sentí como sus ojos se clavaban en mí, traspasando mis sentidos, pero esforcé mi mente y me deshice de esa sensación de control. Entonces tomé mi cruz de Heiros y la dirigí contra tal inmundo ser. Este cayó al suelo sobre un charco y quedó indefenso ante la magnificencia del poder que Heiros me concedió. Aproveché ese momento para canalizar más energía divina y lancé una estocada para castigar a la bestia.
Recuerdo que fue la luz producida por un relámpago la que me mostró la desgracia: al final del callejón, en lo alto de un edificio, advertí otra figura. Sin darme tiempo a sorprenderme, se abalanzó sobre mí con un séquito de murciélagos a modo de estela. De un sólo mordisco me arrancó el brazo con el que sostenía el símbolo y se ubicó a mis espaldas con mi brazo entre sus fauces. En el momento no lo noté, ni lo sentía; de hecho..., no tenía donde sentirlo.
Bueno, y así es cómo, por culpa de un condenado vampiro, perdí el brazo.

Erneidenas Fuaneir de Muldhar, Gran Inquisidor y paladín de Heiros.

El hombre del sombrero con la pluma roja

Sé que es un blog de escritura -vamos, como que lo cree yo-, pero he optado por que tengamos opción a subir ilustraciones, a priori relacionadas con los relatos. Así que aquí tenéis al asesino, cuando pueda me pondré con el Viajero onírico.

domingo, 20 de septiembre de 2009

El hombre lobo

Hoy por hoy muta a la luz de una farola.

Jodido mosquito

-Joder, vaya maldita noche he pasado.
-¿Nooo?, imposible, ¿La rolliza?
-¿Quéee?, claro que es imposible, estaba ebrio pero no soy tonto.
-Buah, que pena...entonces dime, ¿por qué no has conciliado el sueño?
-Los mosquitos
-¿Mosquitos?
-Sí, ¿te parece extraño?
-No, pero hombre es normal con el clima y la temperatura actual, estamos en verano, es decir, hace un calor atroz. Pero es lo de siempre, te pica, te arrascas, blasfemas y al día siguiente lo mismo.
-Pues a mí me tienen obsesionado. Es meterse en la cama, apagar la luz, cerrar los ojos y en un par de minutos, el maldito bicho te saluda.
-Eso es si que es tener suerte, solo uno,
-Amigo si solo fuera uno...pero para mí es el mismo siempre. Son unos cabrones, detectan el peligro al levantar tu mano, luego te levantas exaltado, enciendes la luz, y ni rastro del maldito bicho. Deberíamos aprender de ellos.
-Mira te voy a dar un consejo.
-¿Un remedio?, lo he probado todo y a mí me pican, te dejan marcado, te lo curas, pero el problema sigue ahí. No lo entiendo tenemos armamento suficiente como para arrasar un país y a su población, pero no somos capaces de exterminar a unos insignificantes bichos, es paradójico.
-Calla, exagerado. Escúchame, el problema está en que debes adueñarte de la situación, y aislarte de lo que te rodea. Tu problema es que te obsesionas. Si te acuestas pensando en el jodido zumbido del mosquito alrededor de tu oreja, estás perdido. ¿No te das cuenta de que, en realidad, lo que estás haciendo es llamar su atención? Y ya tienes dos mosquitos, el imaginario y el real, que lo más probable es que aterrice en tu cuerpo para zamparse su cena de madrugada. Hazme caso, acuéstate pensando en algo alegre. Te parecerá que no paro de decir estupideces, pero, créeme, el primer paso para conseguir algo es desearlo.
- Totalmente de acuerdo. La voluntad es un medicamento muy eficaz para disipar las fobias, el maldito mosquito no conseguirá esta noche que pierda la paciencia, aunque sea superior a mis fuerzas.
Le asqueaba imaginar, amplificando la visión, como ese horrible parásito le inoculaba la trompa y le absorbía la sangre. Por otra parte, ¿qué función natural llevaba a cabo el mosquito, cuál era su utilidad? Sin duda la tendría, pensaba. ensimismado. Después de todo, en tiempos de guerra, hombre y mosquito, se parecen, se dedican a los mismos asuntos: chupar sangre, derramar sangre, perder sangre. Sacó de su bolsillo un paquete de tabaco, del cual extrajo un cigarro que encendió mirando a su amigo:
-Te importa si me lo enciendo, lo siento si te importa, pero no lo voy a tirar ni apagar.
Llegada la hora de siempre, la escena se repetía, se dio comienzo a la función de madrugada. Decididamente Morfeo estaba muy ocupado. Su aparición fue esporádica, casi de compromiso, puesto que no pudo alcanzar el sueño profundo. Se quedó a las puertas, en la duermevela, zarandeado por imágenes difusas y sin sentido.
Algo lo subió a la superficie, apartando las sábanas. Un ruido, un zumbido ligero y monótono, y luego un roce molesto en la mejilla derecha. El otro personaje principal entró en escena: el mosquito. Una veloz y contundente bofetada no causó el efecto deseado. El mosquito pudo sortearla y alejarse de la zona de peligro, como un helicóptero que huye de una emboscada. Pero no se dio por vencido, ya se había desbocado. Encendió entonces la luz, decidido a encontrarlo costase lo que costase. La trama se desarrollaba con normalidad. Hombre persigue mosquito.
La sorpresa le iluminó el rostro. Allí estaba, tras haber realizado un descenso en picado, en un extremo de la almohada. No se lo pensó dos veces. Otro manotazo, esta vez acertado, acabó con el conflicto. Hombre mata mosquito.
Volvió a la cama satisfecho de sí mismo, como si se hubiera desnudado por segunda vez. No importaba ya el calor, ni la incertidumbre, ni los ronquidos, ni el mal olor. A los diez minutos ya estaba del otro lado, dormido profundamente.