viernes, 25 de septiembre de 2009

Escena II: El accidente

Escenas publicadas de Las máscaras de Europa
Escena III: La ida

3 de junio de 1937

El hombre contemplaba las vistas del pueblo de Alcocero desde un peñasco hasta que el sonido de un helicóptero en el horizonte le sacó de su admiración.
-Ya estabais tardando -musitó-.
Tomó la boina y la gua
rdó dentro del gabán. El varón recordó las palabras del General, «Que parezca un accidente, Algo natural, puede que un temporal. Ya sabes, sin supervivientes, sin pruebas...». Luego alzó los brazos al cielo y sus ojos se tornaron blancos. El cielo comenzó a nublar y acto seguido comenzó a llover y a tronar. Varios relámpagos pasaron cerca del artefacto. El piloto del helicóptero redujo altitud y procuró evitar los rayos.
-¿Dios, cómo se puede ser tan...? ¿Crees que puedes escapar, eh?
Tras su monólogo al aire, el hombre del abrigo sonrió maliciosamente y dio una sonora palmada, cuyo sonido fue respaldado por el de un trueno. Un rayo impactó en la cola del aparato haciéndole perder el control. El piloto intentó estabilizar el helicóptero, pero en vano. Éste
se precipita girando sobre sí mismo mientras hacia una colina, lugar donde se estrelló.
El hombre relajó los brazos y sus ojos volvieron; se colocó la boina y caminó hacia la zona de la colisión. No le resultó difícil llegar, seguir el rastro del humo y trepar algunas rocas. Debían estar muertos, pero "sin supervivientes" supone matar y rematar. Revisó el helicóptero: el piloto estaba en su asiento con un trozo de metal clavado en el cráneo, el objetivo no estaba, pero un rastro de sangre le delataba. Así que siguió el rastro hasta dar con él. Un varón de avanzada edad vestido con uniforme militar, gafas y el pelo hacia atrás, permanecía tumbado tapándose una herida en el abdomen, no parecía muy grave. El causante del accidente sonrió.
-¿Señor está bien?
El superviviente reaccionó y le miró.
-Gracias al Supremo. Hoy es mi día de suerte. Vamos campesino, ayúdame.
-No tan rápido...
-¿Pero tú sabes quién coño soy yo?
-Mejor de lo que cree. ¿Cómo era aquella frase suya Señor? Ah, sí ya recuerdo... -el hombre de la boina tomó una burlona pose de seriedad y recitó-. Hay que sembrar el terror... hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros.
El herido quedó sorprendido, con los ojos como platos.
-¿Qué pretendes?
-Esto.
El creador de rayos agarró al herido por la cabeza y se puso a hacer lo que mejor sabía: crear rayos. Generó una corriente que recorrió el cuerpo de su víctima, cada segundo a mayor voltaje hasta que lo frió. Retiró la mano y la cabeza del cadáver humeaba cuantiosamente.
Se irguió de nuevo y puso camino al pueblo antes de que la gente viniese a ver que pasaba. A la entrada del pueblo se deshizo de la boina y el gabán, revelando un uniforme de oficial fascista. Pasó la mano por el pelo, aún húmedo y se peinó. Caminó y al primer viandante que vio lo paró y dijo.
-Tú aldeano, ¿dónde tenéis el teléfono? Tengo que dar una mala noticia.

* * * * *

-General Franco, tenemos malas noticias -el hombre al otro lado del escritorio se levantó y golpeó éste-. El General Emilio Mola ha muerto en un accidente aéreo.
El hombre, ahora relajado, se dejó caer sobre su asiento.
-Soldado, me habías asustado. Pensaba que nos habían hundido las Canarias.