lunes, 30 de noviembre de 2009

En el bar La Copa


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Un grupo tocaba encima de una pequeña tarima. Estaba claramente incompleto, pero los saxofones (uno tenor y otro soprano) sonaban como las campanas del cielo, y la cantante hacía que los presentes supiesen como se sentía un marinero al oír el canto de una sirena. El piano y el bajo hacían de base para el conjunto de melódicos sonidos que encantaban a los oyentes. Y ahí acababa el grupo.
Sobre su mesa, su propio sombrero y una copa de coñac acompañaban a un cenicero que estaba a rebosar de ceniza. Leía un guión que su amigo Andreu había escrito. El guión...
- Esto es basura, Andreu. ¿Un robot que se enamora de una tarta? ¿Que coño estabas fumando cuando escribiste esto?
Andreu rió cuando vio reaccionar a Domingo.
- Tranquilo, Domi. Este guión lo escribí en el taxi. El bueno se me ha quedado en casa. Si quieres te hago un resumen.
- Déjalo, Andreu. Ya lo leeré. Pero no estamos aquí para esto. ¿Te enteraste de lo de Damián?
- ¿El Inglés? Sí. Todo el mundo está hablando de ello. Hasta su compañero Bob. Y eso que no le habíamos visto abrir la boca nunca. O casi nunca... Bueno, ya sabes cómo es Bob.
- Si, bueno. Pues el Don quiere que le hagamos una visita al tío que le arregló la caja torácica a Damián.
- El Don me va a comer todo el soldado de roja boina que es mi cipote. En primer lugar, nadie, ni Damián siquiera, sabe quien ha sido el bestia que le ha hecho eso. Por otra parte, Damián es campeón de boxeo, y mira lo que le han hecho.
- Si me vas a decir que "para terminar, soy escritor, no me va eso de pelear." tendré que recordarte lo de ya sabes tú quien.
- ESO fue cosa suya. Yo le avisé. Un par de veces de hecho. Y luego se tuvo que llevar la hostia mayor.
- Tu hostia mayor, querrás decir. Le reventaste muchas cosas en la cabeza. No ha sido el mismo desde entonces.
De repente, el grupo estaba descontrolado. Formaba parte de la actuación, era una intro para la siguiente canción. Algo muy original, ciertamente.
- Bueno, Andreu, como te iba diciendo. No me vengas con tonterías pacifistas, que ambos sabemos que te va la juerga.
- Está bien, está bien. Entonces te diré la verdad. Estoy cagadísimo, Domi. Si le han hecho eso a Damián, a nosotros nos despiezan.
Y así comenzó la discusión entre Domingo y Andreu sobre si deberían obedecer o no al Don. Al menos dos horas discutiendo si cumplir o no un favor al hombre que les da de comer. Tanto discutieron, que lo que pasaba a su alrededor dejó de existir para los dos. Hasta que, de repente, un puño enfundado en un guante se dejó caer sobre la mesa. Un hombre de chaqueta, y con un par de guantes cubriendo sus manos se había sentado en la misma mesa desde dios sabe cuando, y había decidido parar la discusión.
- Señores, señores. Estaba allí arriba, en la tarima, actuando. Y no he podido evitar oír vuestra curiosa conversación. Y creo que tengo la solución a vuestros curiosos problemas.
- ¡Y tú quien diablos eres!
- ¡Cállate la puta boca, Andreu! Creo que se quien es. ¿Te llaman Guante?
- ¡Bingo, chavalote! Y sé quien le dio semejante paliza al Inglés. Un pavo peculiar, y he de deciros que yo y mis socios andamos detrás de él por un asunto diferente.
- ¿Y a qué diablos vienes? Domi, tío. Este no me da muy buena espina.
- Bien, señores. El señor Guante, como me llaman, ha venido a ofreceros un trato.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Escena XII: Nuevo dueño

Escenas publicadas de El Olvidado

La espada estaba atravesando la cabeza de su legítimo dueño, sin embargo, y por extraño que pudiera parecer, Gersdàn no parecía haber recibido daño alguno, de modo que con su ya característico rostro, dirigió al Olvidado una fría mirada de desprecio que tampoco pretendía ocultar.
Lentamente, la espada fue volviendo a su estado natural, de modo que salió la cabeza de su dueño. Ante la sorpresa del joven, Gersdàn no solo no había sufrido el daño del mortal ataque, sino que tampoco había rastro alguno de la enorme herida que debería portar.
Pareciendo percibir el desconcierto del Olvidado, el dueño del arma le dirigió una débil sonrisa que de una manera clara mostraba la arrogancia que emanaba de todo su ser, así que simplemente dio un paso sin temer un nuevo ataque de la Estrenahjiq, pues ya no cabía dudas de que era del todo imposible que esa arma pudiera hacerle daño.
–¿A qué viene esa cara de asombro? –Preguntó irónico Gersdàn, aún sabiendo la respuesta- ¿Acaso no te he dicho ya que esa es mi arma… y no la tuya? ¿Cómo se te ocurre que una espada como lo es Estrenahjiq pueda hacer daño a su legítimo dueño?
Sin esperar a que hablara más, el Olvidado arremetió de nuevo con toda fiereza contra Gersdàn, en esa ocasión le había atravesado a la altura del estómago, un golpe que debería ser mortal. Sin embargo, no fue una sorpresa el hecho de que aquel ataque no solo no hiciera absolutamente nada, sino que tampoco había dejado marca alguna.
–Valla… –Suspiró apesadumbrado Gersdàn- Si sigues con tu insistencia… me temo que voy a tener que enseñarte de lo que soy capaz.
Sin molestarle a quitarse ni siquiera la capa que seguía portando para ocultar su cuerpo y una vez Estrenahjiq hubo salido de su cuerpo dirigió un potentísimo puñetazo contra el Olvidado, un golpe que, aunque fuera único había sido más doloroso de lo que esperaba, sin embargo, un poco de dolor no iba a hacer que se achantara, no lo había hecho con el guardián de la espada, y no lo haría contra el dueño de ésta.
De este modo el Olvidado se levantó cargando la espada con las dos manos, Gersdàn comenzó un ataque de varios golpes en los que únicamente utilizaba sus piernas y brazo derecho, manteniendo el izquierdo siempre bajo su ropa, fue un detalle pequeño, pero de todos modos parecía importante.
Sin embargo, las nuevas fuerzas y el valor adquirido del Olvidado no haría que la espada comenzara a hacer daño, pues, aún recibiendo los golpes, Gersdàn continuaba sin sufrirlos de ninguna manera.
El dueño de la espada lanzó el ataque que sería el definitivo, estaba claro que pretendía atravesar el cuerpo del Olvidado sin más ayuda que su mano derecha. Ese sería un ataque mortal y el joven de capa roja seguía sin poder causar daño a aquel demencial ser. Sin embargo, una sensación interna le decía que no todo estaba perdido para él. Se trataba de una sensación ligera y débil, sin embargo, le inspiró la suficiente confianza para atacar con gran poderío al cuello de Gersdàn, incrustando la espada hasta mitad del mismo y obligándole a detener su ataque. La herida no mostraba sangre alguna.
El rostro del dueño de la espada se volvió frío como un témpano, no había sido el Olvidado quién había detenido el ataque del hombre, sino él mismo el que lo había detenido.
–Me estoy comenzando a cansar de eso, me desesperas… y me irrita que alguien como tú tenga mi espada en sus sucias manos –conforme fue hablando, más ira parecía consumirle.
Sacando la espada del cuello de su enemigo y retrocediendo de un salto varios metros, el Olvidado se preparó para un nuevo ataque, sin embargo, de nuevo un detalle le llamó la atención.
De la frente de Gersdàn había comenzado a escurrirse algo, de la inexistente marca del ataque de la Estrenahjiq, un ligero río de sangre salió a relucir. Notando esa desagradable sensación, el hombre se llevó la mano derecha a la cara, mirando con extrañeza la sangre que brotaba de ella.
–Pero que demonios…
El asombro era mutuo, más aún, cuando los ropajes de las piernas del hombre, justo en los lugares donde había recibido cortes se empaparon de la misma sustancia. La intriga se hizo terror en los ojos de Gersdàn cuando su estómago comenzó a sangrar de una manera más que notable.
–No…
Fue incapaz de decir nada más, pues de pronto, su cuello había sufrido un gigantesco corte que acabó de inmediato con la vida del hombre quién, sin pretender morir todavía se tambaleó varias veces hasta que calló derrumbado al suelo.
El Olvidado se acercó con intriga al inerte cuerpo de Gersdàn, no era difícil el descubrir qué era lo que había sucedido. Por alguna razón que desconocía, la espada Estrenahjiq lo había considerado como un legítimo nuevo dueño.
Cuando, cansado, se dispuso a irse, se fijó en un nuevo detalle interesante, la mano izquierda del cadáver había salido de la desgastada capa, su mano estaba firmemente cerrada. Como no pretendía quedarse con la intriga después de tanto esfuerzo la abrió.
Dentro permanecía un pequeño objeto con forma de estrella plateada, fuera lo que fuese, Gersdàn lo estaba guardando como un tesoro, pues su mano entera se mostraba envuelta en sangre simplemente por el hecho de agarrarla con demasiada fuerza. El Olvidado cogió aquella estrella plateada, desconocía su significado, pero él la tomaría como un nuevo trofeo de guerra contra un nuevo enemigo imbatible. De este modo guardó su nueva espada y prosiguió su viaje.

martes, 24 de noviembre de 2009

Con los dientes largos

Cruzaron las miradas, las palabras y las manos. Salieron del bar acompañados de un par de degradados, la música atenuándose y el frío acentuándose. Se vistieron los abrigos y caminaron. Hasta la esquina, donde el la tomó por la cintura y la besó. Ella se respaldó contra la pared y el beso siguió. Y el beso paró.
-Oye...
-¿Dónde está tu piso? -preguntó ella-.
-En el Triunfo.
-Vámonos.
Caminaron. Por dónde ella decía, él era nuevo en la ciudad e iba demasiado ebrio para recordar las pocas calles que conocía. Y siguieron caminando.
-Oye, creo que por aquí no se va. Nos estamos alejando. Esta calle la conozco y...
Ella colocó su índice sobre su boca y le acalló.
-Si elegí este camino, quiero que des por sabido que supe que no era el bueno.
La mujer sonrió y, camuflados por perfectos dientes blancos y parcialmente escondidos en las encías, unos colmillos se impusieron sobre sus labios.
-Lo siento, guapa, pero nunca la podrías haber cagado tanto.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Escena XI: El pacto del olvido

Escenas publicadas de El Olvidado

Intentaba aferrarse a su cuerpo, pero una fuerza tiraba de él, arrancándole de su recipiente. Y no había nada que hacer contra dicha fuerza. Poco a poco veía como se alejaba su cuerpo. Y veía como Gersdàn se despedía de él moviendo ligeramente la mano y dedicándole una sonrisa. Y de pronto se hizo el vacío. Una voz retumbaba en su interior.
- He estado esperando este momento mucho tiempo, Olvidado.
Una nube de humo se fue condensando y tomando forma, hasta que se transformó en alguien, o algo, que el Olvidado conocía demasiado bien.
- Así que de nuevo, la Señora de la Muerte se digna a hacerme una visita. No nos veíamos desde...
La voz tajante de la aparición cortó en seco al Olvidado.
- ¡Desde nuestro trato!
El Olvidado estaba tan irritado como podría estarlo la deidad.
- ¡Pues entonces ya sabes qué es lo que tienes que hacer! Es más, ¿Por qué estoy aquí? - El Olvidado no obtuvo respuesta alguna de la Señora de la Muerte, solo la mirada fija de un hermoso ojo y de una cuenca vacía - Ah. Sigues empeñada con lo mismo. Supongo que ese payaso de Gersdàn ha tenido algo que ver. Bájame de aquí. Y recuerda que no quiero volver a verte.

* * * * *

Abrió los ojos sobresaltado y se arrancó a Estrenahjiq del pecho. Volvió a cogerla por el mango y apuntó con ella a su dueño. Sonrió a Gersdàn mientras su cara cambiaba de forma e hizo que la espada se alargase, clavándola en la cabeza de su dueño primario. Y aún con el metal atravesándole el cerebro, se encontraba muy lejos de ser llevado por la Muerte.
- Te parecerá bonito, Olvidado, pero he de decirte que es demasiado incómodo.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Escena X: La espada del muerto

-No te había reconocido Gersdàn.
La espada redujo su tamaño.
-Y sin embargo, yo, a ti que estás condenado a ser olvidado, si te reconocí.
-Déjate de estupideces.
-¿Aún con los viejos rencores?
El hombre ataviado en rojo dedicó Gersdàn una mirada con de su odio más profundo.
-Me gusta esa tonalidad azul de tus ojos..., bueno, oscuros también tiene su aquél.
El Olvidado asió fuerte la espada y la dirigió de nuevo hacia el joven; ordenó a la espada retornar a su tamaño original, no quería que un sólo centímetro le traicionase. Gersdàn no se movió un ápice, su espada no podía dañarle. Y así era, parecía que el aire ante Estrenahjiq era espeso, la espada fluía lenta hacia su creador. Pero el guerrero empujó, exprimiendo hasta la última gota de energía que quedase en sus cansados músculos. La fuerza y la pericia de quien ataca junto a la soberbia y confianza de quien es atacado es la combinación perfecta para dar el golpe. La hoja de Estrenahjiq cruzó la garganta de Gersdàn. Éste se tambaleó y cayó arrodillado en el suelo.
-Cría cuervos y te sacarán los ojos...
-¿Tan arrogante eres, Olvidado, qué crees poder matar a una deidad?
Alrededor de Gersdàn latía un aura invisible que distorsionaba lo que le circundaba. Las piedras que componían el suelo vibraban y los elementos más pequeños -la gravilla, el polvo- flotaban a su alrededor. El dueño primigenio de Estrenahjiq la hizo volver a sus manos.
-Conocer el auténtico nombre de mi espada te da poder sobre ella, pero nada en comparación con el que rezuma mi mero ser.
La espada voló de la mano que la empuñaba al corazón del hombre de capa roja. Volviéndose la hoja lentamente del mismo color.


sábado, 14 de noviembre de 2009

Escena IX: Misterioso enemigo

Capítulo III

De como el Olvidado se apropió de la espada Estrenahjiq.

Cansado y claramente herido salió del templo junto a su nueva arma y la recompensa que era la victoria contra semejante coloso. Los pasos se le hacían una tortura al tiempo que su vista se comenzó a nublar, no había pensado en que sus heridas fueran tan graves, pero así era, había soportado muchos golpes antes de su victoria final, y era en ese momento cuando el dolor se hacía visible.
Incapaz de mantener por más tiempo el equilibrio cayó perdiendo la inconsciencia, afortunadamente la espada sirvió como impedimento ante su aparentemente inevitable final. Sin embargo, el arma no le salvaría por más tiempo, había vencido, pero su imprudencia le iba a costar caro, pues a sus siguientes pasos no habría ya nada que lograra impedir que cayera al suelo sin sentido.
Su aliento comenzó a desaparecer, en su cabeza escuchaba el latir del corazón cuyo sonido iba disminuyendo hasta casi desaparecer. Sin embargo se negaba a caer, no de esa forma, tras tanto tiempo de búsqueda había logrado hacerse con aquello que tanto tiempo había buscado, sin embargo no tenía fuerzas para mover el cuerpo.
-Patético -una voz masculina y joven le hizo volver a la realidad-.
Sacando fuerzas de flaqueza se levantó parcialmente para vislumbrar a aquel que le hablaba, se trataba de un chico joven de no más de veinte años de edad. En su torso portaba una delgada armadura de cuero tapada casi por completo por una capa de un marrón oscuro, desgastada por el paso del tiempo.
-Había escuchado que alguien se había acercado el templo -hizo una pausa en la que miró al moribundo con aire de desprecio- y resulta que solo es un idiota más.
No supo qué era lo que le llevó ha hacerlo, pero algo en su interior no paraba de avisarle del peligro, por lo que, como puso se levantó apretando el mango de la espada con fuerza.
-¿No querrás pelear contra mí en un estado tan precario como el tuyo? -preguntó el joven con aire intrigante-.
Ignorando sus palabras, el hombre de capa roja arremetió contra él poniendo toda su fuerza en el golpe, pero ya fuera por habilidad del enemigo o simple desgaste suyo, el joven esquivó el golpe con una facilidad asombrosa, y con la misma destreza le sacudió fuertemente con la rodilla una vez estuvo tras de él.
Su vista se volvía cada vez más borrosa, si quería vencer a ese nuevo enemigo tenía que pensar algo rápido, solo le quedaba una esperanza. Aprovecharía la arrogancia de su oponente con un golpe por sorpresa.
Ya lo había hecho otras veces, así que no le resultaría difícil realizarlo de nuevo. Y así fue, con un impresionante rugido la espada comenzó a alargarse de manera veloz, sin embargo, justo antes de rozar a su enemigo se detuvo, dando la sensación de que aquella arma tenía vida y no pretendía dañar a ese extraño joven.
-Es inútil -el misterioso joven sonrió satisfecho- puede que hayas conseguido la espada, pero aún te queda mucho para dominarla, sobretodo en presencia de su legítimo dueño.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Escena VIII: La caída del coloso


El Anerhuk se retorcía de dolor mientras de la gran piedra roja que ejercía de ojo no paraba de brotar un líquido rojo y viscoso. Con cada rugido, la cantidad de polvo en el aire aumentaba considerablemente, y cada vez le era más difícil ver al gigantesco guardián. De pronto, se hizo el silencio.
Clavó sus rodillas en el suelo y esperó, espada en mano, a que el coloso hiciese algún ruido. Le sorprendió que, pese a estar compuesto de piedra y a ser del tamaño de una torre de vigilancia, era bastante silencioso. Pero no era silencioso del todo, y un leve crujido fue suficiente para delatar su posición. Lanzó un corte transversal mientras su espada iba aumentando su longitud, y se alegró de haber afinado el oído al comprobar que la espada golpeaba más cerca de lo que él deseaba.
Un sonido chirriante retumbó en la sala, pero esta vez ni un solo grito. Rodó a la derecha para esquivar por apenas un suspiro otro golpe del coloso. Se apresuró a clavar la espada en el brazo del Anerhuk, y este retiró el brazo del suelo. Se sirvió del impulso con el que el Guardián retiraba el brazo para llegar a su cuello y rajarlo hasta la mitad. Y una vez allí, su rocoso enemigo no podría golpearle.
Espadazo a espadazo, la cabeza enmascarada del gigante de piedra quedaba más debilmente unida al torso. Pero también él estaba peor sujeto a la roca que le servía de soporte. Lanzó el que sería el golpe de gracia, pero las constantes sacudidas del Guardián rocoso le catapultaron al suelo antes de que su hoja alcanzase la roca.
El golpe contra el suelo fue fatal. Sentía cómo en su interior todo aullaba de dolor, y justo cuando abrió los ojos, vio el puño de la bestia a una distancia lo suficientemente corta como para no poder esquivarlo. De pronto la tranquilidad se adueñó del templo. Su espada había atravesado el brazo del Anerhuk, en el último momento, desde el puño hasta el codo. La distancia que separaba su cuerpo del puño del Guardián era realmente escasa, no superior a un cuarto de la hoja en su tamaño natural. Asió su arma y arrancó el antebrazo, se levantó rápidamente y, despues de un giro completo, golpeó con su arma, que ya se había desecho de la gigantesca roca que conformaba parte del brazo de su enemigo, la cabeza de este, estampandola contra uno de los muros de la sala. Parecía que todo había acabado.
No había salido cuando una máscara similar a la del Anerhuk pero del tamaño adecuado para la cara de un humano cayó a sus pies. Se limitó a recogerla y seguir si camino.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Escena VII: El golpe


Después de aquel duelo de espíritus, Anerhuk, el Guardián de la espada, cargó contra el usurpador. Propinó un golpe con su pétrea maza, pero falló. El guerrero había rebanado antes parte de su cabezal, así que era más fácil de esquivar. Varios intentos más hicieron a la bestia perder el control y que atacase indiscriminadamente. Uno de esos golpes sin sentido fue a parar a la pared, con tal fuerza que perforó el muro, e incluso desplazó los bloques que lo componían. El hombre de la capa carmesí aprovechó que la bestia por primera vez colocaba el rostro a su alcance. Así que trepó el muro, pisando en cada bloque irregular para impulsarse, y saltó. «Alárgate, por Dios. Alárgate». Y la espada obedeció, y creció, clavándose en el rojizo ojo de la bestia.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Escena VI: El duelo

Escenas publicadas de El Olvidado
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk
Escena VI: El duelo

Y lo consiguió. La criatura, acompañada del sonoro rechinar de las rocas que la constituían, se irguió y dejó en su camino el halo de su rostro. Volvió a rugir, e inundar todo del polvo que exhalaba, y dedicó una mirada desafiante al guerrero de capa roja.

Tengo ganas de ti

De que llores y sentir tus lágrimas en el rostro. Frías, empero dulces -como los buenos corazones-.
De que, entre gente apurada, con paraguas de abenuz, una pareja rojo pasión se bese en busca del calor que vuela calle abajo.
De que me quiten un guante por debajo de la mesa para hacer manos mientras nuestros cafés hacen de chimenea.
De que, a solas, la cama sea un cuarto más pequeña. Acompañado, solo la mitad.
De que llegues. Porque tengo frío, empero al asomarme a la puerta no te veo.

Tengo ganas de invierno.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Escena V: Anerhuk

Escenas publicadas
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk


Capítulo II
De cómo el Olvidado vencío a el guardián de Estrenahjiq.

Oía algo a su espalda. Sonaba como si desplazasen piedra sobre piedra. Y de repente un grito. Se giró para contemplar como la enorme masa que descendía desde el techo se estampaba contra el suelo. Se trataba de una criatura antropomórfica gargantuesca, constituida por roca maciza, y con una máscara de color blanquecino y granate, que dejaba una estela luminiscente con cada movimiento. Dicha criatura se reincorporó y gritó. Y no solo sonido fue lo que salió del orificio que ejercía de boca en la extraña criatura. También lo llenó todo de polvo.
Notó como algo del tamaño de un caballo golpeaba su perfil. Salió despedido a gran velocidad, y solo las mismas paredes del templo frenaron su fortuito viaje. Se reincorporó a marchas forzadas, y cuando pudo alzar la vista vio como una brutal roca, que el coloso utilizaba como puño, estaba a menos distancia de la que podría esquivar. Su cuerpo se comprimió entre la pared y el puño de la criatura. Cuando la criatura separó el puño, tuvo la oportunidad de respirar. Apoyó su espada en el suelo para evitar caerse. Segundos más tarde, el gólem volvía a lanzar su puño contra él. Con un rápido movimiento con la espada, consiguió desviar la roca, y con un movimiento igualmente rápido, cortó parte del brazo de la criatura, que ni se inmutó de la pérdida. Ambos decidieron retroceder. Fue entonces cuando la roca animada cogió impulso para avanzar, y cuando blandió su espada verticalmente en un golpe descendente. La espada, sorprendentemente, aumentó su longitud, y golpeó a la tosca escultura en la cabeza, haciendo que cayese al suelo.
- Las leyendas no mentían. Un Guardián que bien guardaba un objeto de gran poder.
El Guardián intentaba reincorporarse.

Nueva historia: El Olvidado

Abierta, pero con condiciones:
  • No se trata de escribir escenas, sino capítulos de unas 3-4 escenas.
  • Que predomine la acción, algo muy visual. Por algo he empezado con esto.
  • Que nadie, excepto que tenga un capítulo muy bien montado o la historia pare, escriba más de una vez en el mismo capítulo.
Y un par de detalles a tener en cuenta:
  • Viste de negro, con una capa roja y las mangas vendadas. Si describís el rostro del personaje nunca lo hagáis de la misma manera.
  • Es un héroe, vamos que soporta más que un humano.
  • Su espada cambia de tamaño.

Escena IV: La espada

Escenas publicadas
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk


El corazón del Olvidado latía veloz. Tenía la espada frente a sí. Tan sólo unos paños polvorientos les separaban. La impaciencia se impuso a la espera. Tomo presto el objeto y lo liberó de su vaina tejida.

Escena III: El altar

Escenas publicadas
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk

Escena II: La puerta

Escenas publicadas
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk


Escena I: El castillo

Escenas publicadas
Escena I: El castillo
Escena II: La puerta
Escena III: El altar
Escena IV: La espada
Escena V: El Anerhuk

Capítulo I

De cómo el Olvidado encontró la espada.


jueves, 5 de noviembre de 2009

Héctor

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Megara
Héctor

Se dedicaba a observar la lejanía, pensando que se la recordaría por siempre. Una hazaña como la suya, como la de la gran Megara, merecía ser recordada. A su espalda, un hombre cualquiera, con un nombre cualquiera, terminaba de cubrir su cuerpo con metal y se acercaba. Ella seguía mirando con indiferencia un horizonte infinito.

-Ha llegado la hora de luchar contra su campeón, dueña del Amor.
Sus palabras resonaron vacías en su mente. Pero sabía que para él significaba algo importante.
-No lo seré hasta que derrotes a ese Héroe que Afrodita ha elegido. Honra mi nombre, Héctor.
Dejó que la besase. Por lo que parecía, Héctor era más cariñoso que sus demás enamorados. Pero no por ello era especial.

* * * * *

-¿Así que sois el último campeón de Megara?
Se inclinó saludando a su contrincante, el cual intentaba ocultar por completo su cuerpo.
-Héctor es mi nombre. ¿Tendré el placer de conocer el vuestro antes de que uno de los dos muera?
El que ocultaba su cuerpo negó con la cabeza.
-Imposible. Pero ninguno de los dos va a morir. Mi señora os hará una visita.
-¿Vuestra señora? Permitidme que lo dude.
Sus dudas estaban equivocadas. Todo pasó muy rápido. Un fuerte destello se abrieron paso desde el cielo hasta la superficie. Y apareció. Nunca hubiese esperado ver algo tan bello tan súbitamente. Y esa fue su perdición. No alcanzó a verla por completo cuando su vista simplemente se tornó en un negro infinito. Cayó inconsciente al suelo, y cuando despertó nada había cambiado. Seguía ciego.

* * * * *

Vagó por el mundo. Dio a conocer su historia y difundió lo que todo el mundo sabía. Ningún mortal superaba en nada a ningún Dios. Viajó y viajó por las islas, buscando el risco en el que aguardaba su amada. No logró encontrarlo. En su lugar, encontró un acantilado.
Muy abajo se oía el sonido del mar. Las olas chocando contra la dura piedra. Su acompañante se conocía demasiado bien la historia.
-Entonces... ¿Este es el final, amigo Héctor?
-Sí, amigo Melancton. Este parece el sitio adecuado. Debo agradecerte tu guía durante todo este tiempo.
-Era mi deber. He aprendido mucho contigo, Héctor. ¿Seguro que quieres hacerlo?
-Sí. No puedo soportar más sin verla.
Sintió como su corazón se aceleraba al notar que sus pies no notaban suelo donde pisar. De repente, un dolor infinito. Y la calma eterna.

* * * * *

-¿Sabes lo que cuentan los poetas sobre la muerte de Héctor?
-Ni la más remota idea.
-Pues dicen que cuando murió, la mismísima Afrodita pagó a Caronte para llevarse a Héctor, el amante perfecto, junto a ella al Olimpo.
-Pero... Creí que ningún alma mortal podía entrar en el Olimpo.
-Nunca dije que Caronte aceptase.

Megara

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Megara
Héctor


La alzada plataforma en lo alto de un risco le permitía observar una gran extensión de terreno. En una de las columnas aguardaba relajadamente esa mujer. Megara era su nombre. Largo pelo castaño, notables senos y espectaculares curvas. Ojos color pistacho y una nariz juguetona, con los labios jugosos y rojos, un color que contrastaba en demasía con el pálido de su tez. Terminó de calzarse su armadura, lo suficientemente resistente como para salvar su vida al menos una vez. Lo suficientemente ligera como para no molestarle al moverse. Cogió su hoja y se acercó a su amada.
-Ha llegado la hora de luchar contra su campeón, dueña del Amor.
-No lo seré hasta que derrotes a ese Héroe que Afrodita ha elegido. Honra mi nombre, Héctor.
Él besó a su amada, bajó de la plataforma y descendió el risco. Volvió la mirada para ver a su amada de nuevo.

* * * * *

Una anciana, decrépita y seca, avanzaba cabizbaja entre la multitud. El joven la había visto ya antes, y desde luego, no podía olvidarse su nombre de la cabeza. Se acercó a ella y la agarró por el brazo.
-¿Acaso no eras tú aquella a la que llamaban Megara? ¿La que enfureció a Afrodita creyéndose superior a ella? Dime: ¿qué ha sido de tu hermosura y tu vivacidad? ¿Qué fue de tus calores y de tu libido? Háblanos: ¿qué le pasó a Hector?
La mujer desvió la mirada del joven.
-Sí. Yo fui la necia Megara. Yo hice que Afordita se enfadase conmigo. ¿Realmente quieres saber lo que fue de mi pasado? Soy mortal, hijo. Lo que en la juventud resplandece y te hace deseable, termina desapareciendo, y a un ritmo excesivamente alto. Somos mortales, hijo. Y Afrodita sigue siendo hermosa y divina.
La mujer se dispuso a seguir si camino. Había dado un par de pasos cuando volvió a oír la voz del joven.
-¡Aún no me habéis dicho qué le pasó a Héctor!
La anciana volvió la cara llorando, y una lagrima descendió por las curvas de su arrugado rostro.
-¡Héctor se quedó ciego al ver la belleza de Afrodita! ¡Se tiró desde lo alto de un acantilado al saber que no podría volver a verme!

martes, 3 de noviembre de 2009

Añoranza

Echo algo de menos. Estuve pensando que podrías ser tú.
Aquellas largas tardes, tanto con lluvia como sin ella. Aquellas noches, tan inexpresables como fantásticas. Aquellas mañanas en las que nos mirábamos a los ojos y jurábamos algo que más tarde descubríamos que no podríamos cumplir.
Aquellas palabras que serían capaces de hacer explotar el planeta entero si no fuesen solo para nosotros. Esa sensación de satisfacción extrema y de haber encontrado lo que nos faltaba en la vida.
También puede que eche de menos aquellos momentos en los que mi corazón se partía en innumerables pedazos, al igual que el tuyo, cuando nuestra relación resistía inútilmente aquella rotura inevitable.
Finalmente, me dí cuenta. No te echo de menos a ti. Echo de menos lo que tú me dabas.