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Un grupo tocaba encima de una pequeña tarima. Estaba claramente incompleto, pero los saxofones (uno tenor y otro soprano) sonaban como las campanas del cielo, y la cantante hacía que los presentes supiesen como se sentía un marinero al oír el canto de una sirena. El piano y el bajo hacían de base para el conjunto de melódicos sonidos que encantaban a los oyentes. Y ahí acababa el grupo.
Sobre su mesa, su propio sombrero y una copa de coñac acompañaban a un cenicero que estaba a rebosar de ceniza. Leía un guión que su amigo Andreu había escrito. El guión...
- Esto es basura, Andreu. ¿Un robot que se enamora de una tarta? ¿Que coño estabas fumando cuando escribiste esto?
Andreu rió cuando vio reaccionar a Domingo.
- Tranquilo, Domi. Este guión lo escribí en el taxi. El bueno se me ha quedado en casa. Si quieres te hago un resumen.
- Déjalo, Andreu. Ya lo leeré. Pero no estamos aquí para esto. ¿Te enteraste de lo de Damián?
- ¿El Inglés? Sí. Todo el mundo está hablando de ello. Hasta su compañero Bob. Y eso que no le habíamos visto abrir la boca nunca. O casi nunca... Bueno, ya sabes cómo es Bob.
- Si, bueno. Pues el Don quiere que le hagamos una visita al tío que le arregló la caja torácica a Damián.
- El Don me va a comer todo el soldado de roja boina que es mi cipote. En primer lugar, nadie, ni Damián siquiera, sabe quien ha sido el bestia que le ha hecho eso. Por otra parte, Damián es campeón de boxeo, y mira lo que le han hecho.
- Si me vas a decir que "para terminar, soy escritor, no me va eso de pelear." tendré que recordarte lo de ya sabes tú quien.
- ESO fue cosa suya. Yo le avisé. Un par de veces de hecho. Y luego se tuvo que llevar la hostia mayor.
- Tu hostia mayor, querrás decir. Le reventaste muchas cosas en la cabeza. No ha sido el mismo desde entonces.
De repente, el grupo estaba descontrolado. Formaba parte de la actuación, era una intro para la siguiente canción. Algo muy original, ciertamente.
- Bueno, Andreu, como te iba diciendo. No me vengas con tonterías pacifistas, que ambos sabemos que te va la juerga.
- Está bien, está bien. Entonces te diré la verdad. Estoy cagadísimo, Domi. Si le han hecho eso a Damián, a nosotros nos despiezan.
Y así comenzó la discusión entre Domingo y Andreu sobre si deberían obedecer o no al Don. Al menos dos horas discutiendo si cumplir o no un favor al hombre que les da de comer. Tanto discutieron, que lo que pasaba a su alrededor dejó de existir para los dos. Hasta que, de repente, un puño enfundado en un guante se dejó caer sobre la mesa. Un hombre de chaqueta, y con un par de guantes cubriendo sus manos se había sentado en la misma mesa desde dios sabe cuando, y había decidido parar la discusión.
- Señores, señores. Estaba allí arriba, en la tarima, actuando. Y no he podido evitar oír vuestra curiosa conversación. Y creo que tengo la solución a vuestros curiosos problemas.
- ¡Y tú quien diablos eres!
- ¡Cállate la puta boca, Andreu! Creo que se quien es. ¿Te llaman Guante?
- ¡Bingo, chavalote! Y sé quien le dio semejante paliza al Inglés. Un pavo peculiar, y he de deciros que yo y mis socios andamos detrás de él por un asunto diferente.
- ¿Y a qué diablos vienes? Domi, tío. Este no me da muy buena espina.
- Bien, señores. El señor Guante, como me llaman, ha venido a ofreceros un trato.
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