Después de aquel duelo de espíritus, Anerhuk, el Guardián de la espada, cargó contra el usurpador. Propinó un golpe con su pétrea maza, pero falló. El guerrero había rebanado antes parte de su cabezal, así que era más fácil de esquivar. Varios intentos más hicieron a la bestia perder el control y que atacase indiscriminadamente. Uno de esos golpes sin sentido fue a parar a la pared, con tal fuerza que perforó el muro, e incluso desplazó los bloques que lo componían. El hombre de la capa carmesí aprovechó que la bestia por primera vez colocaba el rostro a su alcance. Así que trepó el muro, pisando en cada bloque irregular para impulsarse, y saltó. «Alárgate, por Dios. Alárgate». Y la espada obedeció, y creció, clavándose en el rojizo ojo de la bestia.
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