viernes, 29 de octubre de 2010

Psicología ajada.

- Mucha gente cuestiona lo que hago. Se quejan de que la espiral violenta en la que vivo. Yo, después (o antes, no sabría decirle), les propino la paliza por la que me han hecho contactar con esa persona. Entiendo que haya trabajos mejores, con un horario y salario fijos, y con sus días libres y vacaciones, y toda esa tontería que tienen los trabajadores, pero es que no sé hacer otra cosa.
Desde pequeño he vivido en un mundo violento. Supongo que como todos, ya que nos meten violencia hasta en la puta sopa. Ya sabe a qué me refiero: que si una noticia con muertos a la hora de la cena, que si una discusión en el atasco de la mañana, que si papá le pega a mamá porque esta hizo mal el almuerzo... Todas esas situaciones con las que lidiamos día a día. Pero, ¡no! No le pegues al que te agrede, o no intentes luchar por algo que consideras buena idea, pero que supone ponerte contra alguien de poder superior. O no digas palabrotas. Al fin y al cabo, todo es lo mismo: adquisición y represión de violencia.
No por esto digo que mi infancia haya sido una pelea con navajas constante, o que mis padres se moliesen a hostias (aunque supongo que el hecho de no tener padres influye en que esto no pase). Mi vida, simplemente, ha carecido desde su inicio de la represión de la violencia. El encargado de educarnos en el orfanato simplemente pasaba de nosotros, y en la infancia aprendimos la ley del más fuerte y comenzamos a crear organizaciones chiquicriminales. Un encanto, oiga.
Y claro, una cosa lleva a la otra. Después de toda una vida de puñetazos y patadas por conseguir la asquerosa comida de la residencia de niñitos sin papás, y de algún que otro incidente violento que no viene al caso, uno sale como sale. Y si, soy consciente de que, desde un punto de vista moral y cívico, "matar" dentro de tú comunidad está mal visto. Pero ni recibí educación moral, ni estudios para la ciudadanía. Ni tengo una comunidad, claro. Pero eso es arena de otro costal, si es que la frase hecha es esa.
A la pregunta de si estoy contento con mi vida, la respuesta es si. Hago lo que quiero cuando quiero. No me falta el dinero ni la dosis periódica de violencia. Hoy día, tengo un poder del que otros carecen. Y me sienta bien ser capaz de decidir qué hacer o qué no hacer.
Como verá, doctor, estoy perfectamente.
- No, "Guante." Su vida es un cáos. Está rodeado de sangre y muerte. El hecho de que mutilar y dañar a sus iguales no le cause remordimientos puede indicar varios problemas. Psicopatía, por ejemplo. Pero sigamos con su sesión... ¿Qué me dice del amor?
El silencio se hizo en la sala. Guante se levantó del sillón que ocupaba y se dirigió a la puerta cabizbajo.
- Señor "Guante", ¿va a alguna parte?
El doctor Suárez obtuvo una respuesta demasiado corta antes de que la puerta se cerrara, y dicha pregunta le dejó perplejo y consternado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Hecho aislado

Caminar de noche siempre me ha provocado este sentimiento de bagaje mental, me pongo a pensar en el pasado, presente y futuro, en como van las cosas actualmente, y en como ha llegado todo a esto. No es que me queje de mi vida ni nada, tengo un nivel de vida aceptable, miz zapatos de Gucci, mi corbata de Hermes y mi chaleco Armani hacen una idea de que no tengo dificultades económicas actualmente.
Tan solo escucho el sonido de mis zapatos en las adoquinadas calles nocturnas, el sonido de los pocos coches que circulan a estas horas de la noche, el poder pesar tranquilo sin ninguna distracción, el sentir el fresco viento de la llegada del invierno... mierda, me encanta mi trabajo
Para ser francos, en ningún momento de mi vida habría pensado el estar trabajando finalmente de esta forma. De chaval he trabajado en muchos sitios, repartidos, barman, botones, de cualquier cosa que pagara mis pequeños caprichos y me permitieran cierta independencia económica. Siempre me he considerado un hombre trabajador, aunque un tanto vago y olvidadizo para ciertas tareas rutinarias, como acordarse de donde deje las llaves, o que diablos me dijo mi jefe cuando yo no prestaba atención, por eso siempre traigo conmigo un pequeño block de notas.
Sin embargo pongo dedicación a lo que hago y siempre obtengo resultados, la mayoría de mis clientes no se quejan, y si lo hicieran creo que de lo único que se podrían quejar es de que suelo ir a lo mio, sin importarme lo que me digan, hago mi trabajo y me limito a ello.

Bueno, dos calles más... por donde iba... ah si, mi trabajo, es muy estimulante, me da tiempo para mi mismo y además esta bien remunerado, por otra parte los viajes incesantes y no tener horario fijo es lo peor del mundo, en fin, que le vamos a hacer...

Bien, Voie d'Athis ya la encontré, se me daban mal las calles de Paris, Amsterdan, Madrid, Londres, ya los conocía bastante bien, pero Paris... esa ciudad tiene algo que me desconcierta, siempre que vengo tardo media hora de más en buscar las calles, debería conseguir un GPS o algo para la próxima vez
Veamos, tercer piso, salida trasera, escaleras anchas, perfecto, bonita decoración, me recuerda a cierta vivienda en Dinamarca, era un tanto vieja pero se ve que esta está bien cuidada aun estando en el casco antiguo, además tiene ascensor, me encantan los ascensores.
Donde puse las llaves... siempre pasa lo mismo, no hecho cuenta a donde pongo las cosas, perfecto esta vez era bolsillo interior de chaleco. Bueno ya estamos aquí, ¿Donde estará el dormitorio?
Debería pensar en alguna palabra o alguna frase profunda y con algún sentimiento... nah, algún día lo pensaré, bien, a trabajar...
El sonido de un disparo resquebrajó el silencia de una noche parisina, donde frente a un charco de sangre que se comenzaba a formar en las sabanas solo se alcanza a escuchar una frase.
- Mierda, el silenciador, lo olvidé.

sábado, 2 de octubre de 2010

Reencuentro.

A mis pies tengo un corazón podrido y un sentimiento muerto. Ambos míos. En la lejanía se oculta un Sol tímido que huye de su amada la Luna. No puedo evitar sentirme identificado con él.
Mis pulmones, oscuros pozos de alquitrán, están cansados de aspirar el sutil vapor de la muerte. Mis puños están ajados después de tanto golpe. Mi cuerpo no quiere seguir peleando por causas perdidas desde el principio. Y, francamente, yo tampoco. He perdido demasiado por el camino, y no podré recuperar nada.
Distingo una silueta al borde del horizonte. No alcanzo a reconocer sus rasgos, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que sé de quien se trata.
Y poco a poco llegas a mí. Mirándome con tus brillantes ojos azules como si fueses capaz de atravesarme. Y te plantas frente a mí mientras te saludo con un tosco "Hola, zorra."
- Me encontraste. Has puesto fin a tu búsqueda.
Tus palabras suenan burlonas, y sin duda hacen me hacen daño. Te perdí hace mucho y Dios sabe que no quería volver a encontrarte. Pero has vuelto, y lo has hecho para quedarte. He de responderte.
- Desgraciadamente, Musa, así es. Vuelvo a poseerte... ¿Pero a qué precio?
- Creo que a ninguno. Eres demasiado egoísta para darte cuenta de que no has perdido nada.
El egoísmo es algo que siempre me ha caracterizado, supongo. El egoísmo y esa estúpida obsesión que me hace comportar de una manera hipócrita para situarme por encima de los demás. Pero hoy estás equivocada.
- No, Musa, no. He perdido. Más de lo que estaba dispuesto a apostar.
- ¿Podrías enumerar cuánto?
- Lo haré. Lo primero en perderse fue una de las almas que me completaban como persona. Bien sabe esa alma que toda culpa es suya, pero mi indulgencia y mi falta de flexibilidad lo lanzaron al abismo. Se ha quedado en el camino, pero no caerá en la sima del Olvido.
- ¿Y qué más has perdido?
- El amor que creí encontrar cuando te perdí. Es por eso que estás aquí, por el trato.
- Oh... Cierto, lo había olvidado.
No me sorprende de ti, Musa. Siempre olvidaste las cosas importantes. Da igual cuantas letras tenga el nombre, si Seis o Cinco. Da igual cuanto tiempo tengo que perder para saciar tu sed, si un año o unos meses. Siempre acabas olvidando lo importante. Como yo.
- Supuse que lo habrías olvidado.
- La verdad es que te estoy mintiendo. No has perdido nada. Algunas cosas las has intercambiado, y en otras cosas estás equivocado, cariño.
De nuevo intentas emponzoñar mi mente con tus afiladas palabras. Intento pararte, pero tu monólogo sigue.
- La verdad sobre ti, estúpido, es que siempre acabas derrotado antes incluso de comenzar la pelea. Y luego vas haciendo alarde de cuán duro tuviste que pegarle a los muros que te encerraban y de los que nunca has conseguido salir. Ese es tu problema, y eso es lo que vengo a solucionar.
Después de tantos siglos no te has dado cuenta de que lo único que no se te da bien es solucionar las cosas. Tanto como yo huyo de mis problemas, tú desapareces cuando las cosas se ponen turbias. Somos las dos caras de la misma moneda. Hipocresía y Cobardía. Pero mis pensamientos no te hacen callar, aunque sé de buena tinta que puedes escucharlos.
- Este no es el fin de la historia, poeta. Solo es un interludio. Recoge tu esperanza y deja el corazón, pues allá donde vamos no lo necesitarás.
Dudo durante un instante si abandonarte a ti y a este mundo o seguirte. Pero sabes de sobra que iré donde vayas cual perro faldero, ya que sin ti, no podría siquiera vivir.
Me levanto y partimos en silencio. Tengo miedo, pero al menos vuelvo a sentir la esperanza que creía perdida.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El extraño despertar.

Se despertó sobresaltado en una habitación oscura sobre un pequeño charco de sangre. Sentía en su cuello como si hubiesen introducido en él dos barras incandescentes de hierro. Tras la dura tarea que le resultó levantarse, se sentó, casi dejándose caer, en la cama que había aparecido cuando abrió los ojos. Después de ojear ligeramente la habitación esbozó una pícara sonrisa, pues se encontraba rodeado de condones, botellas de alcohol vacías y cantidades ingentes de ropa interior femenina. Oyó tras él los delicados pasos de unos zapatos con tacón de aguja.
El estrepitoso sonido del abrir de la puerta y la luz que penetro en la habitación, procedente del pasillo que la conectaba con el resto de la casa le dañaron los ojos y oídos, y lo tumbaron de nuevo en el suelo, tras la cama, donde la luz no alcanzaba.
-Veo que estás despierto.
No pudo otorgarle ningún rostro a esa voz femenina. La misma mujer de tacones que había entrado cerró la puerta y ocupó su sitio en el asiento que, junto con la cama de matrimonio y una pequeña mesilla, amueblaban la habitación. Las preguntas se sucederían.
-¿Quien eres?
-Quien sea yo, cariño, es lo último que quieres saber ahora. No obstante, me llamo Isabel.
Isabel. Le hubiese gustado relacionar su nombre con largas tardes de whisky y alcobas viendo atardeceres mientras sus dulces labios acariciaban los suyos, pero no fue eso lo que recordó. De hecho, no recordó nada.
-¿Donde estamos?
-En una habitación, ¿no es obvio? Ahora, ¿serías tan amable de levantarte del suelo y hablar conmigo cara a cara?
Le pareció una petición razonable. Tras incorporarse, se sentó en el filo de la cama, cerca de Isabel, y la observó fijamente. Sin duda, la mujer más hermosa que había visto nunca. La mujer más hermosa que había visto nunca, y la más perturbadora. Su fino vestido azul (las mujeres hermosas siempre visten de azul) y el rojo licor que llenaba su copa le resultaban aterradores. Aun más a sabiendas de que tenía dos perforaciones en el cuello. El miedo invadió su cuerpo, y ella lo notaba.
-¿Qué me has hecho?
-¿Yo? Absolutamente nada.
-No me mientas. Las heridas de mi cuello, mi reacción ante la luz, tu copa llena de sangre... Sin duda, eres una vampiresa, y me has condenado a mi también.
Isabel suspiró y sonrió. Sus ojos, verdes como la oliva, se clavaron en los suyos. Un frío calambre le recorrió la espina dorsal. Veía venir la muerte.
-Eres más estúpido de lo que había pensado en un principio, Sean. Lo que hay en mi copa no es más que vino tinto. Tu reacción a la luz es por la resaca, ¿o ya te has olvidado de todo lo que has bebido esta noche?
-¡¿Y las heridas del cuello?! ¿Cómo explicas eso, maldita?
Una sonora carcajada llenó la sala.
-Las "heridas" de tu cuello te las hizo tu ex-novia Claire con un táser cuando nos pilló follando en esta misma habitación. Anda, vístete y sal, que nos están esperando.
Los recuerdos llegaron a su mente como un aluvión de imágenes. Isabel y él mismo fornicando como posesos durante horas, el grito de ira de Claire cuando vio la escena, el vaivén de las botellas y la enorme borrachera que se adueñó de su mente escasas horas antes.
-Pues si que va a resultar que soy estúpido, sí.
-Te lo he dicho.
Se puso unos pantalones que había en el suelo y abandonó, junto con Isabel, la habitación en la que se encontraban. Pero, entonces, varias dudas llegaron a sus pensamientos. ¿De quién era la sangre de la habitación? ¿De donde había sacado Claire un táser? ¿Desde cuando los táser causan heridas en lugar de quemaduras?
La puerta de la habitación se cerró de manera súbita.

domingo, 1 de agosto de 2010

Retrato.

El mundo se desvanece bajo nuestros pies y ni tan siquiera el más valeroso de los héroes de nuestra decadente época se atreve a enmendar lo que patanes caóticos han desencadenado. Nuestra civilización se consume bajo la atenta mirada de ciegos poetas, que disfrutan dejándose llevar por sus deseos en lugar de relatar la más oscura de las tragedias.

El escenario presenta a los dioses de todas las épocas muertos. Sobre ellos se alzan templos de papel donde la antaño esencial adoración ha sido sustituida por el sensacionalismo. De los charcos de sangre que se han formado bajo los Creadores crecen oscuras máquinas que transforman en vacío el preciado icor que fluía por sus venas. Y en el suelo, junto y bajo toda esta tormenta, habita el hombre, los héroes y los poetas. Los primeros perdieron sus ojos tiempo ha. Los segundos casi han desaparecido, y los que quedan en pie son humillados y despreciados. Los últimos, como antes dije, han perdido su divina función.

Este es el aspecto del nuevo mundo. Este es el aspecto del acto previo al Apocalipsis. Este es el retrato de aquello en lo que nos hemos convertido.

lunes, 12 de julio de 2010

Escena V


La Transición


Había empezado. Sería difícil determinar el momento exacto, por lo que sencillamente diré que Gamat y sus seguidores se habían hecho oír por el reino, ganando muchos seguidores y enemigos por el camino, y que un día, sin más, todos sabíamos que estábamos en guerra.
En pocos días se había formado tal revuelto que el propio Eisenhar dio varias conferencias y paseos por la ciudad, para decirle al pueblo que seguía estando de su lado. En uno de estos paseos, una mujer a pocos metros de mí le lanzó una piedra mientras profería insultos. La guardia reaccionó y… en pocos segundos se había formado una batalla campal. Las primeras víctimas. El principio del fin.

Esa misma noche, los revolucionarios y algunos simpatizantes estuvimos reunidos en un sótano bastante amplio, con una gran mesa en el centro. En ella estábamos, además de Gamat, sus subordinados más cercanos y yo mismo como invitado de honor, los cabecillas de algunas milicias o grupos que se habían ido formando. Repartidos por el resto de la sala había unas quince personas más, entre ellos, curiosamente, la compañía “Felicidad Ambulante”. Levanté la mano para saludarles y me encontré con la mirada fija del “payaso malo”, con sus ojos que, clavados en los míos, no miraban hacia mí sino más bien a través de mí, y con su escalofriante sonrisa que parecía decirme “te equivocaste”.

- Amigos míos – empezó diciendo Gamat una vez se hizo el silencio– sabíamos que esto pasaría. Aunque triste, es necesario. Se ha demostrado cómo reacciona el Eisenhar ante cualquier crítica. Además – dijo mirándome - esas personas ya son libres, ¿verdad, señor Novma?
- No. – Admito que fui bastante maleducado en este punto – No lo creo, no aún. Esas personas no han muerto libres, sus actos son consecuencia de nuestra influencia y no fruto de su propia decisión, por decirlo de algún modo. En cualquier caso, como decís, estamos en el camino para que así pueda ser. Me alegro de ello.
- Así es, estamos en el camino, y hemos de andarlo. Por eso os he llamado – dijo dirigiéndose a los líderes de las milicias – Es el momento de atacar, y tenemos que organizarnos. Vamos a golpear con fuerza y tenemos que empezar cuanto antes. Eve, ¿cuánto tardarían tus hombres en extender un mensaje a cada aliado de la ciudad?
- Un día, quizá dos. ¿Cuál es el mensaje?

Al escuchar las palabras de Gamat, todos en la sala gritaron, se asustaron y al poco rompieron en aplausos. Todos, menos los dos payasos, que se miraron impasibles y en silencio durante varios minutos. Daría cualquier cosa por saber qué pensaban en ese momento.
Ya no había marcha atrás. “Vamos a tomar el palacio del Eisenhar”.

martes, 6 de julio de 2010

Identidades.

Aun hoy recuerdo cuando aquel hombre, de raídos ropajes y desaliñado aspecto, me hizo aquella pregunta. "¿Quién eres tú, espíritu inmundo, que está aquí dentro? ¿Quién habita este cuerpo? Dime tu nombre." Esa situación me dejó perplejo, y ni tan siquiera hoy, después de haber pasado tanto tiempo, sería capaz de contestarla. ¿Quién soy yo? Hasta ese momento, nunca me lo había planteado, y, para mi desgracia, me lo planteé antes de contestar.
Quién es yo. Qué define a ese yo. No supe responder. El yo no es algo que uno mismo pueda describir, ya que todos tenemos una idea de "nosotros mismos" en nuestra mente, y es claramente subjetiva. En la mente, somos el bien. En la mente de otros, no lo somos necesariamente. La mente no sabe describir el yo. Por tanto, llegué a una conclusión: Yo es Otro. Otro al que no conozco, pero que no dejo de ser yo. A su vez, ese Otro no puede ser conocido por cualquier ajeno, ya que cada individuo vería una parte abstracta de ese Otro. Tras eso, llegué a mi segunda conclusión. Yo es Otros.
He estado años pensando en ello. Yo es Otros. Yo es una cantidad indefinida de Otros. Cantidad que va aumentando con el paso del tiempo y con las experiencias que nuestra mente recoge. No somos capaces de conocer nuestro Yo. Solo conoceremos uno de nuestros Otros. Un Otro que ningún otro verá. Soy, y somos, una multiplicidad.
Aquel hombre me pidió mi nombre. Le dí mi nombre. Hoy, respondería como lo hizo el loco en el Evangelio de Marcos, Capitulo 5, versiculo 9. "Legión me llamo; porque somos muchos."

domingo, 27 de junio de 2010

Transcurso.

Hace mucho tiempo, alzaba la vista y vislumbraba un horizonte infinito.
Hace mucho tiempo, se tumbaba en el suelo y disfrutaba de la visión nocturna del cielo, que le otorgaba unas perfectas estrellas, dispuestas de tal manera que hacía que hacía que su imaginación fluyese como el aire sobre todas las cosas.
Hace mucho tiempo, se mantenía en pie, con el viento zarandeando su cuerpo, al borde de los más escarpados acantilados que daban al más salvaje mar. Respiraba libertad y enfrentaba su coraje a la fuerza de las olas.
Hace mucho tiempo, corría por verdes praderas enfrentando su sangre contra la sangre de otro ser. De la tierra se alimentaba y en la tierra moría. Conocía el ciclo, y estaba dispuesto a cumplirlo.
Hoy, si alza la vista solo logra ver piedra.
Hoy no se tumba en el suelo. Ya no ve, ni puede ver, las estrellas. Su imaginación ha muerto.
Hoy no respira libertad, ni necesita enfrentarse a la naturaleza.
Hoy casi no quedan verdes praderas. No hay ciclo que cumplir. No hay nada que esté dispuesto a cumplir.
Hoy solo le queda lo único que se ha mantenido invariable desde hace tanto tiempo. Hoy solo le queda la certeza de que, en algún momento, su alma abandonará su cuerpo. Y aún así, hoy aun prefiere pensar, o no hacerlo, que ese momento nunca llegará.

jueves, 24 de junio de 2010

Como habréis notado, el diseño del blog ha cambiado. Ademas, he integrado un sistema de votación para las entradas e iconos para compartir en las principales redes sociales. Y ya no hace falta editar editar el formato de los textos ni la tipografía. Eso si, no olvidéis justificar los textos a quienes os entre el apetito de escribir de nuevo.

sábado, 20 de febrero de 2010

Deseos


Se encontraba sentado sobre una gigantesca piedra, que se hallaba en el interior de una colosal sala de piedra maciza adornada únicamente por espesas cantidades de musgo. En el suelo, los cuerpos putrefactos y sus charcos de sangre dibujaban un horripilante cielo de rojas estrellas sobre un cielo color ocre. Aparte de esos cuerpos, la roca y él mismo, había un altar de una altura mucho superior a la de un humano que servía como soporte para una lápida donde se encontraba, desnudo e incorrupto, el cuerpo inerte de una diosa que se manifestaba cada tres milenios.
Desde la lejanía, tenía la vista centrada en ella. No había nada más en lo que mirar, y aunque así fuese, no merecía la pena dejar de mirarla para advertir cualquier otra cosa. Si alguna vez había visto a una mujer perfecta, ahora mismo le parecería horrenda y banal en comparación con la figura que veía durante todo este tiempo.
Su aspecto, ajado y roto, representaba casi a la perfección su estado mental, que tras meses esperando ya había perdido la poca cordura que le quedaba. El porqué estaba allí no lo recordaba. Ni por qué había matado a esos hombres. Ni el nombre de la Diosa a la que esperaba. Solo recordaba la palabra "ardilla".
Y pasaban los días como si no existiesen. Lo que a él le parecía un parpadeo podían ser varias horas, e incluso días de sueño ininterrumpido. Pero eso no le cambiaba la postura ni le inquietaba la mente. Solo esperaba ver un movimiento por cualquier parte. Un ápice de vida. Y lo vio.
Desconocía cuanto tiempo había pasado. No sabía si era de madrugada o mediodía. Ni le importaba. Y es que una figura se estaba moviendo encima del altar. Se levantó casi de un salto y se despojó de sus armas y sus prendas de defensa, que le impedían moverse todo lo rápido que podía, y ascendió por una sutil escalinata, erosionada por solo los dioses saben qué, y llegó a la cima en cuestión de segundos. Y la vio. La había visto muchas veces ya. Había estado muy a menudo en la cima de ese altar. Pero nunca había intercambiado mirada con ella, ni la había visto moverse. Ahora la sentía viva y cerca. Y fue eso lo que le dejó sin fuerzas e hizo que estrellase su cabeza contra el suelo. Su voz, dulce como la miel y fina como el aire, empezó a retumbar en su cabeza.
- Gracias por tu paciencia. Has estado mucho tiempo esperando para verme, y aquí estoy. Soy tuya. Pídeme lo que más desees y te será concedido.
Entre sollozos y gemidos, dejó escapar un grito.
- ¡Sácame de aquí!
- Levántate.
La última palabra de la deidad fue más una orden que debía obedecer que un consejo que podría seguir. No dudó en levantarse y contemplar de nuevo su cuerpo desnudo y pálido.
- ¿Realmente deseas eso? - la Diosa comenzó a desvanecerse y a aparecer en sitios diferentes. Sintió en su cuerpo mil caricias que provenían directamente de ella. La voz de la deidad se convirtió en un coro de voces que hablaba al unísono. - Puedo darte placer. Puedo darte poder. Puedo darte fama y fortuna. ¿Y me pides que haga nada? Definitivamente, eres el visitante más encantador que he conocido.
Llegó al orgasmo. Uno tan poderoso que de nuevo lo tumbó en el suelo. Las voces se callaron y las caricias cesaron. La Diosa parecía haberse quedado quieta de nuevo. Él repitió su súplica.
- ¡Sácame de aquí!
Su cuerpo comenzó a levitar y a virar hasta que se encontró a la altura de la Diosa, cara a cara.
- Tu corazón es noble, visitante. Es una pena que no volvamos a vernos nunca, y que por tanto no puedas regresar. Cumpliré tu deseo y te sacaré de aquí. Pero antes, tú cumplirás el mío.
La Diosa besó sus labios. Él lo recordó todo, recobró la cordura y la memoria, y su cuerpo volvió a ser el que era. Ella cesó el beso y separaron los labios. Su cuerpo comenzó a convertirse en ceniza y a desvanecerse, mezclándose con la gargantuesca sala color ocre y verde. Se moría.
- No me arrepiento de nada.
De nuevo la deidad estaba sola. Se tumbó sobre su lápida y se las arregló para llegar al clímax del placer femenino por sí misma, y no como pasaba cada vez que llegaba un visitante. Su alma se separó de su cuerpo mientras este último esbozaba una sonrisa. Volverían a pasar tres mil años.

lunes, 15 de febrero de 2010

Enséñame


Un local anunciado en la noche por luces de neón. Dentro, mujeres semidesnudas servían copas a señores trajeados, mientras éstos quedaban hipnotizados con los sensuales movimientos de alguna de las bailarinas que había sobre las mesas, dando vueltas alrededor de una barra. Una de las camareras, de unos 25 años, con el pelo moreno rizado y unas formas exquisitas, un poco más tapada y quizá por ello más provocativa, se acercó al joven moreno y de estatura media que acababa de entrar mientras le miraba de arriba abajo y sonreía levemente.
- ¿Qué buscas, encanto?
- Quiero un servicio algo inusual, confío en que puedas ayudarme.
- Pide por esa boquita, guapo, te aseguro que no me van a sorprender ninguna de las guarrerías que quieras hacer.

Varios billetes y 3 minutos más tarde, el hombre cerraba tras de sí la puerta de una habitación pequeña con cama y lavabo.
- Vaya, vaya, sí que eres guapo, con la de sebosos que tengo que aguantar… ¿Me dirás ahora qué quieres hacerme? – dijo la prostituta, sentada al pie de la cama, mientras separaba las rodillas.
- Bueno… te sonará un poco raro, ¿vale? Hay una chica… a la que quiero seducir, y necesito que me enseñes a desenvolverme en la cama.
- ¿¡Pero qué…!? Por Dios, y creía que un hombre no podría sorprenderme más.
- Espero haber pagado suficiente dinero como para que no me engañes y me digas lo que hago mal…
- Eso sí que es nuevo – dijo ella conteniendo la risa - Está bien. A ver, ven aquí… - Él obedeció, ella le besó, él la desnudó rápidamente. – Espera… Bueno, a algunas les gusta rápido y a otras no, pero si vas despacio no disgustas a ninguna.

- Las tetas no se estrujan. Cógelas así… o así.

- A veces está bien esperar 5 minutos antes de meterla, ¿eh?

- ¿Ya? Bueno, no ha estado mal, pero aún estás bastante verde. Tendría que darte más clases – dijo riéndose - ¿Qué? Me pediste sinceridad.
Él dio las gracias, se despidieron y se fue.

La noche siguiente, en el mismo local y aproximadamente a la misma hora, un hombre se quitaba su abrigo y sombrero, y la misma morena se acercaba a él.
- ¿Qué buscas, encan...?
- Vengo a seguir con las clases de ayer. – Ella sonrió al reconocerle.

- Mejor. Mucho mejor, pero como te he dicho antes, te has pasado demasiado tiempo tiempo en el preámbulo.

El hombre siguió apareciendo cada noche durante casi una semana, y la cara de ella al finalizar las clases iba dando muestras de su mejoría.
- ¡Bu-ah! ¡Ya no tengo más que enseñarte! Debería decirte que volvieras mañana pero como ya me caes bien…
- Muchas gracias por todo. – dijo él respirando entrecortadamente – Espero volver a verte.

Y ciertamente, a la noche siguiente el hombre no apareció por el local. Ella acabó su turno y salió al aparcamiento a por su coche, hurgando en su bolso para encontrar las llaves.
- ¿Qué buscas, encanto? – dijo una voz ya familiar.
- ¿Pero tú no tenías que estar conquistando a tu dama? – dijo ella con una gran sonrisa
- Precisamente – sonrió él acercándose.

lunes, 8 de febrero de 2010

Un final más.


- ¿Y qué nos queda?
- Creo que absolutamente nada.
Ambos bajaron la cabeza con tristeza. No podían creer que, después de tanto tiempo, todo hubiese acabado así.
- Te equivocas. Tú solo me pierdes a mi. Soy yo el que se queda con el más absoluto vacío.
- Pues eres tú el que se lo ha buscado. No me culpes a mí de tu insensatez.
Ahora se dirigían unos a otros miradas de ira. A los dos les dolía la absurda resolución de los hechos, y se escudaban en horribles palabras para ocultar el desgarrador llanto que les estaba partiendo el alma.
- Entonces ya está todo dicho.
- No me cabe la menor duda.
Fue entonces cuando él se marchó. Ella se quedó ahí, perpleja. Observando como aquel hombre que la había querido partía quizás para no volver. Se oyó un último grito en la lejanía.
- ¡Mátame si te mueres!

viernes, 29 de enero de 2010

Informe


Como ahora los comentarios se ven al principio y no al final de la entrada, si se me permite añado esto a las "normas" para postear:

- Dar un salto de línea al principio de la entrada antes de empezar a escribir.

lunes, 25 de enero de 2010

Cuestión de Honor

Ya había contado nueve pasos. Cuando su pie se plantó en el suelo, llegó el número diez. Dio una rápida vuelta y apuntó su pistola hacia aquél que estaba veinte pasos más allá. Antes de que pudiese apretar el gatillo, algo penetró en su pecho y lo tumbó.
El miedo se apoderó de su mente. Las copas de los arboles cada vez le resultaban más lejanas. De su boca brotaba sangre incesablemente. Los pasos que se acercaban retumbaban como bombos en su cráneo.
- Siento que sigas vivo. Peor para ti.
Estas palabras se quedaron haciendo eco en su mente. Intentó levantar su brazo derecho, aun armado con la pistola que le habían entregado, pero no le quedaban fuerzas en el cuerpo más que para hablar. Así que decidió pronunciar unas palabras que brotarían de sus labios a la par que la sangre.
- Manchaste mi honor.
Su interlocutor se agachó y lo cogió por la cabeza, incorporandolo.
- E hiciste bien en enfrentarte a mi en un duelo. El hecho de morir por intentar recobrar el honor te honra. Ahora se un hombre y acepta tu destino.
El hecho de estar incorporado redujo el flujo de sangre por su boca, lo que le permitió hablar de forma más fluida. Al menos, todo lo fluido que puede hablar uno cuando se está muriendo. Entre toses, decidió despedirse de su rival.
- Me alegro de haber sido asesinado por ti, Micheletto.
- Fue un honor haberte conocido, Rafael. Requiescat in pace.
- Espero que tu hermana y tu madre sigan follando tan bien con sus maridos como lo hicieron conmigo.
Una última tos del moribundo manchó de sangre la cara del atónito superviviente. Los testigos se acercaron a la pareja y compadecieron a Micheletto.
- ¿Qué fue lo último que te dijo, Micheletto?
El duelista, aun sin poder sintetizar las palabras de su ajusticiado, respondió rápido y sencillo.
- Que sentía haber vivido como un cobarde.

lunes, 18 de enero de 2010

Escena XVI: Protectores


Los dos hombres seguían andando por el camino que les llevaría a su destino. El de pelo blanco miraba a un gorrión macho perseguir a la hembra, que se perdía entre los árboles, y sonreía para sí. El de negro clavaba su vista en algún punto en el horizonte, hasta que sin mediar palabra salió corriendo fuera del camino, asustando a su compañero.

- ¿Qué diablos te pasa?
Pero el asesino corría ya entre los árboles, y el Viajero decidió seguirle. Cuando por fin alcanzó a ver la espalda del asesino, éste no paraba de correr de un árbol a otro, agachándose o saltando, y el Viajero sintió cómo algo silbaba en su oído y le hacía un corte en la mejilla, de modo que también se protegió tras uno. Desenvainó y observó alrededor. Se aseguró de que nada acechara a sus espaldas, tragó saliva y salió de detrás del árbol. Para entonces, el asesino cruzaba aceros con una figura con capucha morada, de su misma estatura, complexión, y habilidad. El viajero se acercó para atacar, pero un grito del asesino le advirtió. Sólo molestaría.

Las estocadas y bloqueos se producían a una velocidad asombrosa. En el mismo instante que las espadas chocaban ya había empezado el siguiente ataque, y para los combatientes el resto del mundo había dejado de existir, pues ambos sabían que necesitarían de toda su concentración para salir victoriosos. O, al menos, así hubiera sido si el Viajero no le hubiera puesto la zancadilla al encapuchado en un instante dado, desequilibrándolo lo suficiente como para que el asesino le sesgara el cuello y diera por finalizado el combate.

- Veamos quién o qué rayos eras – dijo éste, despojando de la capucha al cadáver. – ¡Demonio, si es un mocoso!
- ¡Mirad su pecho! – dijo el Viajero señalando una especie de cuadrado dorado que lucía en las vestiduras del atacante - ¡Mirad! – Sacó con cuidado la página del diario de Vale, en cuya esquina estaba dibujado el mismo símbolo.
El asesino no pudo reprimir una sonrisa.
- Cuando los hombres entran en contacto con algo que su pobre mente no sabe entender, siempre surgen entre ellos unos fanáticos que ataquen a todo aquel que pueda sacarles de su error. No os equivocabais, Viajero. Nos acercamos a Tulipán.

- Lo último que necesitamos es una secta tras nuestros pasos. Si él nos ha atacado, no podemos estar muy lejos del resto. No deberíais haberle matado - dijo el Viajero mientras investigaba el cadáver - Y además... ¡Vaya! ¿Qué es esto? ¿Una llave?

domingo, 17 de enero de 2010

Escena XV: Advertencia y periplo

Vestido de negro, como acostumbraba, el asesino esperaba al final del recibidor a un compañero que llegaba tarde incluso después de haberle dado el aviso. Había pasado mucho tiempo cuando por fin, el Viajero se dignó a aparecer. Un "Lo siento" brotó de sus labios, y fue entonces cuando la ira del asesino se desató. Asió al recién despertado Viajero por el peto y lo estampó contra la pared.
- Estás jugando un juego que no te conviene, maldito estafador. Esto significa mucho para mí, y no dejaré que nos retrasemos por tus amoríos. Y dale gracias a los Dioses, porque la única razón que existe para que sigas vivo es que me servirás de guía. Te lo diré por primera y última vez: Que cosas como esta no vuelvan a repetirse.
El Viajero, aun intentando recobrar la respiración después del fuerte golpe, asintió con la cabeza, aceptando su culpabilidad y su falta, aunque reprochando con un toque de humor.
- Creo que necesitáis saber más sobre los placeres mundanos.
Los dos hombres terminaron de recoger el poco equipaje que llevarían y se dirigieron a las cuadras, donde alquilarían, sin ninguna intención de devolverlos, dos caballos, que serían los encargados de llevarlos tanto a ellos como al equipaje.
Una muchedumbre se había amontonado a la salida de la ciudad para aclamar la marcha del Viajero y darle las gracias por su labor en la villa.
- Estafador. ¿Acaso también te has ido de la lengua diciendo que nos marchábamos?
- No. Esto debe ser obra de la furcia con la que me acosté ayer. No paro de arrepentirme de mis tratos con estos paletos. Pero es que son unos paletos tan... ¿hermosos? ¿Esa es la palabra?
El Viajero soltó una risotada, y el asesino no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Las faldas te llevarán a la tumba, Viajero.
- Mientras sea de esa manera y no por el acero, moriré contento.
Y los dos jinetes pasaron sin mirar siquiera a la multitud, ignorándolas como si de simples moscas se tratase. Hicieron caso omiso de sus alabanzas y de los insultos de una ofendida moza. Su destino era el horizonte, donde tarde o temprano se visualizarían las Torres Alquimistas de la gloriosa Treasvigg.

* * * * *

Los días pasaban lentos y aburridos. La escasa conversación de la pareja no ayudaba al transcurso del tiempo. Los únicos temas de conversación llegaban cuando estaban acampados o cuando paraban en una casa de postas. Habían cambiado ya de caballo varias veces, y habían presenciado el mar durante cuatro largas jornadas. Y aun así, Treasvigg quedaba muy lejos.
Aquel villorrio en el que se encontraban apestaba a sudor de bestia y vivían en el gentes que no distanciaban mucho en aspecto físico de estas primeras. Pero el nombre de la taberna en la que se encontraban había llamado la atención del Viajero.
- ¡La casa del Buscador! Deberían dejarte alojamiento gratuito.
El Viajero depositó las dos pintas de cerveza sobre la mesa, y le pegó un largo trago a la suya.
- Deliras si crees que puedes llamarme así.
- Pues estoy harto de llamarte por "tú", "ladrón de sangres" o "espadachín del diablo".
- Lo que me faltaba es que un desquiciado parlanchín me ande llamando "Buscador" por todas partes. Pero tienes razón en una cosa: Estoy harto de referirme a ti por "Viajero". Dime, ¿cuál es tu nombre?
El Viajero, que bebía, casi escupe todo el contenido de su boca sobre el asesino cuando le llegó la risa.
- ¿Mi nombre? ¿Cual es el tuyo? Yo al menos respondo cuando me dices Viajero. Tú sigues adelante.
El asesino se quedó pensativo largo rato.
- Tu ganas. Llámame Buscador si te place. Pero que no se repita demasiado.
- No lo hará. Descuida. Y cambiando de tema. ¿Cuándo salimos mañana?
- En eso estaba pensando. Creo que después de tanto tiempo, deberíamos descansar un poco.
- Además, el tabernero me ha dicho que hay un pueblo, poco más grande que este, a media jornada. Solo hay que seguir el camino que hay entre las colinas. Y no nos desvía de Treasvigg.
- Entonces saldremos a mediodía. Almorzaremos y saldremos a ese pueblo, donde pasaremos la noche. Saldremos a la mañana del día siguiente de allí. Haya o no ciudad o pueblo cerca.
- Lo veo correcto.

Escena XIV: Noche de Pasión

Los primeros rayos se colaban entre las cortinas,sorprendiendo a la pareja en un estado sosiego que no dejaba lugar a dudas. El viajero dejaba entrever una mueca muy expresiva y la camarera apegada por completo a él, a fin de cuentas un ambiente de pasión y ternura.
-¿Virgen? -se mofó el Viajero- a quién pretendías engatusar con semejante bula- inició el Viajero, acabado de levantar, sabía que una noche así no era de vírgenes.
-A algunas mujeres nos gusta provocar sabes, y nos gusta que toméis la iniciativa-reprochó la bella mujer-
-No intentes imaginar cuanto te quiero, porque me ofendes con pensar que solo ha sido esto; porque quererte es mucho, mucho más que eso- aquellas palabras la dejaron estupefacta-
-Sabes que si estoy aquí es porque creo que me amas-repuso ella-
-Tu manera de amar me domina, con tus besos me has hecho feliz y es que tú llenas toda mi vida, a donde va nuestro amor. Espero que no te importe que te lo diga con palabras:
Algunos de estos versos me han costado mucho, pero el sol ha sido amable mientras los escribía, es para gente como tú que le dan sentido. Así que disculpa que olvidase..., pero son cosas que me pasan, he olvidado si son azules, verdes o marrones. En cualquier caso lo que quiero decir es que...tus ojos son los más dulces que visto jamás.
La puerta, al finalizar aquel recital de sentimientos del Viajero Onírico y ante la mirada camelada de su amante, mugió:
-Debemos partir de inmediato, se nos echará la noche encima, sabes que no interesa, por lo menos no hoy; esa senda no me transmite buenas sensaciones. Te espero en el recibidor.- pronunció el asesino mientras golpeaba la puerta con sus nudillos-
-Bueno Angie, solo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor, recuerda que te amo y que es necesario despedirnos para volver a reencontrarnos- manifestó el querido viajero-
-Tu voz llena de ternura, el sonido de esa voz que me hace soñar y perderme en pensamientos de felicidad, tu voz embriagadora que me lleva a la dulzura, tu voz dulce que me susurra un te amo y hace callar la mía....esa voz que anhelo sentir junto a mi y estará muy lejos, te esperaré- se despidió la bella dama, brotando de sus ojos unas delicadas lágrimas y sin soltar sus brazos del regazo del viajero.

viernes, 15 de enero de 2010

Renacer del Caos

El cántico volvió a salir de los sangrantes labios del monje. Una y otra vez, el cansado anciano se incinaba al frío suelo de piedra mientras, nuevamente, repetía el mismo sonar.
Ante él se mostraba la desfigurada silueta, informe a ojos mortales, de Daith´ror, señor absoluto del caos y la destrucción, un demonio antaño encerrado, según las antiguas escrituras.
No importa cuantas veces se incline el viejo, no importa las ocasiones en las que regurjite el mismo mantra, nunca le parecce suficiente. Conforme más repite su oración, más dolor siente en sí, esas ardientes cuchillas que lo despedazan por dentro es su tan ansiada recompensa.
Llegado el momento, el dolor desaparece y, junto a él, también lo hace su propio cuerpo, frente al viejo se mostraba su más ansiada meta, el vacío de la existencia en un mundo corrupto por lo que éste prometía junto al placer y el disfrute. Afortunadamente, todo iba a llegar a su fin.
Una mano le roza el hombro, momento en el que despierta de su trance, el dolor ha desaparecido junto al vacío, ante él se muestra ahora la oscura presencia de dos jóvenes de túnicas carmesíes, negras en cuanto la oscuridad les consume.
Cuando volvió completamente en sí, el viejo estaba siendo arrastrado entre los demenciales pasillos de piedra, a fin había llegado el momento para elque se había estado preparando toda su vida.
Al llegar a una sala circular, el anciano es arrojado al centro de malas maneras. Sus ojos sangraban abundantemente provocando que, al contacto de ésta con el suelo, éste comience a revelar uans formas pintadas que no tardó en mostrarse como un círculo mágico.
A su alrededor, decenas de encapuchados monjes repetían el mismo mantra del viejo sin cesar, en el centro del círuclo, éste se dejaba llevar por completo a manos del dolor que le corroía. En efecto, era imposible traer a Daith´ror, señor absoluto del caos y la destrucción, a este mundo en su forma original, sin embargo, tras siglos de rituales, había llegado el momento del resurgimiento de la bestia, quién, en un nuevo cuerpo mortal no tardaría en desarrollar por completo sus poderes, momento en el que nadie podría parar ya el caos proviniente del demonio Daith´ror.
En el círculo, el anciano monje había de nuevo dejado de sentir dolor, frente a él, un oscuro vacío que entraba en su ser a la vez que sentía el placer de ver arder su alma al completo. Sin duda se trataba de "él", el único ser que encandilaba su alma. Una lágrima de sangre calló de los ojos del viejo en el instante en el que pronunciaba su nombre: "Daith´ror".

miércoles, 13 de enero de 2010

Escena XIII: Por la puerta de atrás

-Espero que la calidad sea directamente proporcional a la espera. -El Viajero la miró a los ojos y pensó rápido, su mente actuaba veloz buscando el piropo perfecto al tratar de agasajar a una dama-. Con esa mirada tuya podría un trovador hacer la más dulce de las melodías. Aquellos ojos verdes de mirada serena...
La mujer se inclinó hacia delante y le dedicó ahora una sonrisa. Esa nueva postura amplificaba su ya generoso escote revelando unos senos que imantarían incluso la mirada de un eunuco.
-Veo que tus ojos no son el único par exquisito en ti.
-Oye, guapo, ¿por qué no me dices a que habitación tengo que ir luego y me dices allí si hay algún par más que te haga desviar la mirada?
-La número diez. Dejaré abierto.
La dama le regaló otra sonrisa y siguió oficiando de camarera. Él decidió marcharse a su alcoba, si iba a tener visita necesitaba dejar preparado todo para la marcha a Treasvigg. Se había consumido un cuarto de la vela cuando una mano femenina pasó el umbral, tras ella, su dueña, la camarera.
La joven caminó hacia él y cuando estuvo a su alcance le agarró los genitales sin mucha delicadeza. El Viajero dio un largo suspiro y alzó la cabeza. Ella se valió del momento para recorrer su cuello con la punta de la lengua. Luego liberó los genitales de él y lo arrojó a la cama. Su falda y corsé cayeron al suelo, sólo unas bragas la alejaban de la desnudez. El Viajero aprovechó también y se deshizo de sus botas y del jubón. No pasó mucho hasta que los dos quedaron desnudos. Él la asió por la cintura y se dispuso a penetrarla, pero ella le paró.
-Espera, espera. Es que... quiero llegar virgen al matrimonio.
El fulgor del Viajero se extinguió, erección incluida.
-¿Y por qué diablos vienes a mi habitación si desde el principio no pretendías follar?
-No he dicho eso. Sólo que no quiero dejar de ser virgen. Supongo que sabrás que todas las casas tienen una puerta de atrás.
El fulgor del Viajero revivió tan rápido como se fue. Colocó a la mujer contra el escritorio en una nueva postura que sólo otorgaba beneficios: entre nalga y nalga se veían perfectamente los genitales de la joven, sus senos, aplastados contra la madera, aumentaron su volumen y tenía su melena al alcance de la mano. Ella le miró y le invitó con un «Venga, métemela». El Viajero, como buen caballero (de los que cuidan los modales y de los que cabalgan a jóvenes vírgenes), no hizo esperar a la dama. Introdujo su miembro en ano de ella y, contrario a lo que se esperaba, se deslizó sin problema. «Como jodida mantequilla», susurró.
-¿Has dicho algo?
-No, nada.
Visto que no debía tener cuidado, el Viajero subió el ritmo y potencia de las penetraciones. Cosa que ella también hizo con sus jadeos. Cambiaron varias veces de postura y lugar para finalmente acabaren el catre, ella tumbada hacia abajo y él encima, dónde no pasó mucho hasta que ambos explotaron en un orgasmo compartido.

El escritor bohemio.

-Tenemos una historia por allí, en las tabernas de mi tierra.
-Créeme. No es el momento ni el lugar más adecuado para que me andes contando tus demencias.
-¡Que no, coño! ¡Que esta historia se la sabe todo el mundo!
-¿De qué trata?
El primer hombre, sentado justo enfrente de su desesperado amigo, dibuja una sonrisa macabra en su cara, mientras que su ya mencionado camarada se cruza de brazos y frunce el ceño.
-Trata de un bohemio.
-Gitano, querrás decir.
-Cierra la puta boca. Trata de un bohemio escritor que se enamora de una mujer casada.
-Cuando termines la historia, recuerdame que te reviente la boca.
-Yo te lo recuerdo. Y ahora, si me permites, la historia que quiero contarte trata de un bohemio artista que se enamora de una mujer casada. La veía pasar cada día frente a su apartamento. La veía con lujuria, claro. ¿De qué otra forma podría mirar a su objeto de deseo un hombre enamorado?
-¿Con amor, quizás?
-¡No me jodas! El amor es para los bohemios, hombre.
-¿Como el de la historia?
El narrador del cuento se quedó pensativo durante unos segundos.
-Vale, me has pillado. Pero este la miraba con lujuria. Prosigo: Cada día que pasaba por su puerta, el deseo era mayor. Una joven de rojos labios y tez pálida, vestida con las más finas sedas y que caminaba con toda la gracia de un felino. La escena se repetía cada mañana. Ella lo sabía, él lo deseaba, y ambos se ocultaban las palabras que el otro quería oír.
-Muy bonito.
-Pero un maldito día, el marido de la agraciada joven decidió acompañarla en su paseo matutino. Con la desafortunada fortuna de elegir el peor día para acompañarla: El día en el que el bohemio escritor decidió declarar su amor. Y ahí quedó nuestro escritor. Con un gigantesco ramo de flores en las manos y el corazón roto al ver como ante sus propias narices la mujer a la que amaba besaba a otro.
-¿No habías dicho que sentía deseo y no amor?
-Tú déjame terminar y cierra el pico. Todo cambió en la vida del bohemio escritor ese día. A partir de ahí, sus textos mostraban el más profundo dolor, como si unas garras fantasmales desgarrasen poco a poco su alma corroída por un inmenso odio. La gente dejó de leerlo, y cayó en el mundo del vicio. Alcohol y droga se apoderaron de su día a día, y la pobreza no tardó en llamar a la puerta. Así terminó nuestro bohemio escritor. Alcoholizado, hasta el culo de absenta, u opio, o lo que cojones tomasen los escritores de aquella época.
-Pensé que sería un final feliz.
-Nunca dije eso. Deja que termine. El desdichado escritor, llevado por la locura, se dedicó al hurto. Pasaba los días robando dinero a cualquiera. Daba igual burgués que campesino. Noble que guardia. Cualquier moneda servía para su cometido. Cuando hubo amasado el dinero suficiente, compró dos balas y alquiló una pistola. Y se dirigió a la que él ya conocía como la casa de su antigua amada y su vil marido, al que creía un monstruo descorazonado. El caso es que habían pasado muchos años, y su mente ya no es lo que era. Acabó matando tanto a la amada como al marido, y cuando el dolor le devolvió la cordura, decidió acabar con su vida tirándose desde lo alto de un edificio, ya que se había quedado sin munición.
-¿Y qué se supone que debo sacar de este cuento estúpido?
-Que los celos te volverán loco. Ahora deja de pensar en ella y tomate unas cañas, hombre. Invita la casa.

martes, 12 de enero de 2010

Érase una panda de abducidos...

Actualizando mis lecturas del blog he mirado las visitas del momento.


4400, que no son pocas teniendo en cuenta que llevamos poco más de medio año y que no somos un blog de po-emas (sí, es un Scrabble referido a los blogs de emos). Bueno, sigamos así.