viernes, 29 de enero de 2010

Informe


Como ahora los comentarios se ven al principio y no al final de la entrada, si se me permite añado esto a las "normas" para postear:

- Dar un salto de línea al principio de la entrada antes de empezar a escribir.

lunes, 25 de enero de 2010

Cuestión de Honor

Ya había contado nueve pasos. Cuando su pie se plantó en el suelo, llegó el número diez. Dio una rápida vuelta y apuntó su pistola hacia aquél que estaba veinte pasos más allá. Antes de que pudiese apretar el gatillo, algo penetró en su pecho y lo tumbó.
El miedo se apoderó de su mente. Las copas de los arboles cada vez le resultaban más lejanas. De su boca brotaba sangre incesablemente. Los pasos que se acercaban retumbaban como bombos en su cráneo.
- Siento que sigas vivo. Peor para ti.
Estas palabras se quedaron haciendo eco en su mente. Intentó levantar su brazo derecho, aun armado con la pistola que le habían entregado, pero no le quedaban fuerzas en el cuerpo más que para hablar. Así que decidió pronunciar unas palabras que brotarían de sus labios a la par que la sangre.
- Manchaste mi honor.
Su interlocutor se agachó y lo cogió por la cabeza, incorporandolo.
- E hiciste bien en enfrentarte a mi en un duelo. El hecho de morir por intentar recobrar el honor te honra. Ahora se un hombre y acepta tu destino.
El hecho de estar incorporado redujo el flujo de sangre por su boca, lo que le permitió hablar de forma más fluida. Al menos, todo lo fluido que puede hablar uno cuando se está muriendo. Entre toses, decidió despedirse de su rival.
- Me alegro de haber sido asesinado por ti, Micheletto.
- Fue un honor haberte conocido, Rafael. Requiescat in pace.
- Espero que tu hermana y tu madre sigan follando tan bien con sus maridos como lo hicieron conmigo.
Una última tos del moribundo manchó de sangre la cara del atónito superviviente. Los testigos se acercaron a la pareja y compadecieron a Micheletto.
- ¿Qué fue lo último que te dijo, Micheletto?
El duelista, aun sin poder sintetizar las palabras de su ajusticiado, respondió rápido y sencillo.
- Que sentía haber vivido como un cobarde.

lunes, 18 de enero de 2010

Escena XVI: Protectores


Los dos hombres seguían andando por el camino que les llevaría a su destino. El de pelo blanco miraba a un gorrión macho perseguir a la hembra, que se perdía entre los árboles, y sonreía para sí. El de negro clavaba su vista en algún punto en el horizonte, hasta que sin mediar palabra salió corriendo fuera del camino, asustando a su compañero.

- ¿Qué diablos te pasa?
Pero el asesino corría ya entre los árboles, y el Viajero decidió seguirle. Cuando por fin alcanzó a ver la espalda del asesino, éste no paraba de correr de un árbol a otro, agachándose o saltando, y el Viajero sintió cómo algo silbaba en su oído y le hacía un corte en la mejilla, de modo que también se protegió tras uno. Desenvainó y observó alrededor. Se aseguró de que nada acechara a sus espaldas, tragó saliva y salió de detrás del árbol. Para entonces, el asesino cruzaba aceros con una figura con capucha morada, de su misma estatura, complexión, y habilidad. El viajero se acercó para atacar, pero un grito del asesino le advirtió. Sólo molestaría.

Las estocadas y bloqueos se producían a una velocidad asombrosa. En el mismo instante que las espadas chocaban ya había empezado el siguiente ataque, y para los combatientes el resto del mundo había dejado de existir, pues ambos sabían que necesitarían de toda su concentración para salir victoriosos. O, al menos, así hubiera sido si el Viajero no le hubiera puesto la zancadilla al encapuchado en un instante dado, desequilibrándolo lo suficiente como para que el asesino le sesgara el cuello y diera por finalizado el combate.

- Veamos quién o qué rayos eras – dijo éste, despojando de la capucha al cadáver. – ¡Demonio, si es un mocoso!
- ¡Mirad su pecho! – dijo el Viajero señalando una especie de cuadrado dorado que lucía en las vestiduras del atacante - ¡Mirad! – Sacó con cuidado la página del diario de Vale, en cuya esquina estaba dibujado el mismo símbolo.
El asesino no pudo reprimir una sonrisa.
- Cuando los hombres entran en contacto con algo que su pobre mente no sabe entender, siempre surgen entre ellos unos fanáticos que ataquen a todo aquel que pueda sacarles de su error. No os equivocabais, Viajero. Nos acercamos a Tulipán.

- Lo último que necesitamos es una secta tras nuestros pasos. Si él nos ha atacado, no podemos estar muy lejos del resto. No deberíais haberle matado - dijo el Viajero mientras investigaba el cadáver - Y además... ¡Vaya! ¿Qué es esto? ¿Una llave?

domingo, 17 de enero de 2010

Escena XV: Advertencia y periplo

Vestido de negro, como acostumbraba, el asesino esperaba al final del recibidor a un compañero que llegaba tarde incluso después de haberle dado el aviso. Había pasado mucho tiempo cuando por fin, el Viajero se dignó a aparecer. Un "Lo siento" brotó de sus labios, y fue entonces cuando la ira del asesino se desató. Asió al recién despertado Viajero por el peto y lo estampó contra la pared.
- Estás jugando un juego que no te conviene, maldito estafador. Esto significa mucho para mí, y no dejaré que nos retrasemos por tus amoríos. Y dale gracias a los Dioses, porque la única razón que existe para que sigas vivo es que me servirás de guía. Te lo diré por primera y última vez: Que cosas como esta no vuelvan a repetirse.
El Viajero, aun intentando recobrar la respiración después del fuerte golpe, asintió con la cabeza, aceptando su culpabilidad y su falta, aunque reprochando con un toque de humor.
- Creo que necesitáis saber más sobre los placeres mundanos.
Los dos hombres terminaron de recoger el poco equipaje que llevarían y se dirigieron a las cuadras, donde alquilarían, sin ninguna intención de devolverlos, dos caballos, que serían los encargados de llevarlos tanto a ellos como al equipaje.
Una muchedumbre se había amontonado a la salida de la ciudad para aclamar la marcha del Viajero y darle las gracias por su labor en la villa.
- Estafador. ¿Acaso también te has ido de la lengua diciendo que nos marchábamos?
- No. Esto debe ser obra de la furcia con la que me acosté ayer. No paro de arrepentirme de mis tratos con estos paletos. Pero es que son unos paletos tan... ¿hermosos? ¿Esa es la palabra?
El Viajero soltó una risotada, y el asesino no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Las faldas te llevarán a la tumba, Viajero.
- Mientras sea de esa manera y no por el acero, moriré contento.
Y los dos jinetes pasaron sin mirar siquiera a la multitud, ignorándolas como si de simples moscas se tratase. Hicieron caso omiso de sus alabanzas y de los insultos de una ofendida moza. Su destino era el horizonte, donde tarde o temprano se visualizarían las Torres Alquimistas de la gloriosa Treasvigg.

* * * * *

Los días pasaban lentos y aburridos. La escasa conversación de la pareja no ayudaba al transcurso del tiempo. Los únicos temas de conversación llegaban cuando estaban acampados o cuando paraban en una casa de postas. Habían cambiado ya de caballo varias veces, y habían presenciado el mar durante cuatro largas jornadas. Y aun así, Treasvigg quedaba muy lejos.
Aquel villorrio en el que se encontraban apestaba a sudor de bestia y vivían en el gentes que no distanciaban mucho en aspecto físico de estas primeras. Pero el nombre de la taberna en la que se encontraban había llamado la atención del Viajero.
- ¡La casa del Buscador! Deberían dejarte alojamiento gratuito.
El Viajero depositó las dos pintas de cerveza sobre la mesa, y le pegó un largo trago a la suya.
- Deliras si crees que puedes llamarme así.
- Pues estoy harto de llamarte por "tú", "ladrón de sangres" o "espadachín del diablo".
- Lo que me faltaba es que un desquiciado parlanchín me ande llamando "Buscador" por todas partes. Pero tienes razón en una cosa: Estoy harto de referirme a ti por "Viajero". Dime, ¿cuál es tu nombre?
El Viajero, que bebía, casi escupe todo el contenido de su boca sobre el asesino cuando le llegó la risa.
- ¿Mi nombre? ¿Cual es el tuyo? Yo al menos respondo cuando me dices Viajero. Tú sigues adelante.
El asesino se quedó pensativo largo rato.
- Tu ganas. Llámame Buscador si te place. Pero que no se repita demasiado.
- No lo hará. Descuida. Y cambiando de tema. ¿Cuándo salimos mañana?
- En eso estaba pensando. Creo que después de tanto tiempo, deberíamos descansar un poco.
- Además, el tabernero me ha dicho que hay un pueblo, poco más grande que este, a media jornada. Solo hay que seguir el camino que hay entre las colinas. Y no nos desvía de Treasvigg.
- Entonces saldremos a mediodía. Almorzaremos y saldremos a ese pueblo, donde pasaremos la noche. Saldremos a la mañana del día siguiente de allí. Haya o no ciudad o pueblo cerca.
- Lo veo correcto.

Escena XIV: Noche de Pasión

Los primeros rayos se colaban entre las cortinas,sorprendiendo a la pareja en un estado sosiego que no dejaba lugar a dudas. El viajero dejaba entrever una mueca muy expresiva y la camarera apegada por completo a él, a fin de cuentas un ambiente de pasión y ternura.
-¿Virgen? -se mofó el Viajero- a quién pretendías engatusar con semejante bula- inició el Viajero, acabado de levantar, sabía que una noche así no era de vírgenes.
-A algunas mujeres nos gusta provocar sabes, y nos gusta que toméis la iniciativa-reprochó la bella mujer-
-No intentes imaginar cuanto te quiero, porque me ofendes con pensar que solo ha sido esto; porque quererte es mucho, mucho más que eso- aquellas palabras la dejaron estupefacta-
-Sabes que si estoy aquí es porque creo que me amas-repuso ella-
-Tu manera de amar me domina, con tus besos me has hecho feliz y es que tú llenas toda mi vida, a donde va nuestro amor. Espero que no te importe que te lo diga con palabras:
Algunos de estos versos me han costado mucho, pero el sol ha sido amable mientras los escribía, es para gente como tú que le dan sentido. Así que disculpa que olvidase..., pero son cosas que me pasan, he olvidado si son azules, verdes o marrones. En cualquier caso lo que quiero decir es que...tus ojos son los más dulces que visto jamás.
La puerta, al finalizar aquel recital de sentimientos del Viajero Onírico y ante la mirada camelada de su amante, mugió:
-Debemos partir de inmediato, se nos echará la noche encima, sabes que no interesa, por lo menos no hoy; esa senda no me transmite buenas sensaciones. Te espero en el recibidor.- pronunció el asesino mientras golpeaba la puerta con sus nudillos-
-Bueno Angie, solo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor, recuerda que te amo y que es necesario despedirnos para volver a reencontrarnos- manifestó el querido viajero-
-Tu voz llena de ternura, el sonido de esa voz que me hace soñar y perderme en pensamientos de felicidad, tu voz embriagadora que me lleva a la dulzura, tu voz dulce que me susurra un te amo y hace callar la mía....esa voz que anhelo sentir junto a mi y estará muy lejos, te esperaré- se despidió la bella dama, brotando de sus ojos unas delicadas lágrimas y sin soltar sus brazos del regazo del viajero.

viernes, 15 de enero de 2010

Renacer del Caos

El cántico volvió a salir de los sangrantes labios del monje. Una y otra vez, el cansado anciano se incinaba al frío suelo de piedra mientras, nuevamente, repetía el mismo sonar.
Ante él se mostraba la desfigurada silueta, informe a ojos mortales, de Daith´ror, señor absoluto del caos y la destrucción, un demonio antaño encerrado, según las antiguas escrituras.
No importa cuantas veces se incline el viejo, no importa las ocasiones en las que regurjite el mismo mantra, nunca le parecce suficiente. Conforme más repite su oración, más dolor siente en sí, esas ardientes cuchillas que lo despedazan por dentro es su tan ansiada recompensa.
Llegado el momento, el dolor desaparece y, junto a él, también lo hace su propio cuerpo, frente al viejo se mostraba su más ansiada meta, el vacío de la existencia en un mundo corrupto por lo que éste prometía junto al placer y el disfrute. Afortunadamente, todo iba a llegar a su fin.
Una mano le roza el hombro, momento en el que despierta de su trance, el dolor ha desaparecido junto al vacío, ante él se muestra ahora la oscura presencia de dos jóvenes de túnicas carmesíes, negras en cuanto la oscuridad les consume.
Cuando volvió completamente en sí, el viejo estaba siendo arrastrado entre los demenciales pasillos de piedra, a fin había llegado el momento para elque se había estado preparando toda su vida.
Al llegar a una sala circular, el anciano es arrojado al centro de malas maneras. Sus ojos sangraban abundantemente provocando que, al contacto de ésta con el suelo, éste comience a revelar uans formas pintadas que no tardó en mostrarse como un círculo mágico.
A su alrededor, decenas de encapuchados monjes repetían el mismo mantra del viejo sin cesar, en el centro del círuclo, éste se dejaba llevar por completo a manos del dolor que le corroía. En efecto, era imposible traer a Daith´ror, señor absoluto del caos y la destrucción, a este mundo en su forma original, sin embargo, tras siglos de rituales, había llegado el momento del resurgimiento de la bestia, quién, en un nuevo cuerpo mortal no tardaría en desarrollar por completo sus poderes, momento en el que nadie podría parar ya el caos proviniente del demonio Daith´ror.
En el círculo, el anciano monje había de nuevo dejado de sentir dolor, frente a él, un oscuro vacío que entraba en su ser a la vez que sentía el placer de ver arder su alma al completo. Sin duda se trataba de "él", el único ser que encandilaba su alma. Una lágrima de sangre calló de los ojos del viejo en el instante en el que pronunciaba su nombre: "Daith´ror".

miércoles, 13 de enero de 2010

Escena XIII: Por la puerta de atrás

-Espero que la calidad sea directamente proporcional a la espera. -El Viajero la miró a los ojos y pensó rápido, su mente actuaba veloz buscando el piropo perfecto al tratar de agasajar a una dama-. Con esa mirada tuya podría un trovador hacer la más dulce de las melodías. Aquellos ojos verdes de mirada serena...
La mujer se inclinó hacia delante y le dedicó ahora una sonrisa. Esa nueva postura amplificaba su ya generoso escote revelando unos senos que imantarían incluso la mirada de un eunuco.
-Veo que tus ojos no son el único par exquisito en ti.
-Oye, guapo, ¿por qué no me dices a que habitación tengo que ir luego y me dices allí si hay algún par más que te haga desviar la mirada?
-La número diez. Dejaré abierto.
La dama le regaló otra sonrisa y siguió oficiando de camarera. Él decidió marcharse a su alcoba, si iba a tener visita necesitaba dejar preparado todo para la marcha a Treasvigg. Se había consumido un cuarto de la vela cuando una mano femenina pasó el umbral, tras ella, su dueña, la camarera.
La joven caminó hacia él y cuando estuvo a su alcance le agarró los genitales sin mucha delicadeza. El Viajero dio un largo suspiro y alzó la cabeza. Ella se valió del momento para recorrer su cuello con la punta de la lengua. Luego liberó los genitales de él y lo arrojó a la cama. Su falda y corsé cayeron al suelo, sólo unas bragas la alejaban de la desnudez. El Viajero aprovechó también y se deshizo de sus botas y del jubón. No pasó mucho hasta que los dos quedaron desnudos. Él la asió por la cintura y se dispuso a penetrarla, pero ella le paró.
-Espera, espera. Es que... quiero llegar virgen al matrimonio.
El fulgor del Viajero se extinguió, erección incluida.
-¿Y por qué diablos vienes a mi habitación si desde el principio no pretendías follar?
-No he dicho eso. Sólo que no quiero dejar de ser virgen. Supongo que sabrás que todas las casas tienen una puerta de atrás.
El fulgor del Viajero revivió tan rápido como se fue. Colocó a la mujer contra el escritorio en una nueva postura que sólo otorgaba beneficios: entre nalga y nalga se veían perfectamente los genitales de la joven, sus senos, aplastados contra la madera, aumentaron su volumen y tenía su melena al alcance de la mano. Ella le miró y le invitó con un «Venga, métemela». El Viajero, como buen caballero (de los que cuidan los modales y de los que cabalgan a jóvenes vírgenes), no hizo esperar a la dama. Introdujo su miembro en ano de ella y, contrario a lo que se esperaba, se deslizó sin problema. «Como jodida mantequilla», susurró.
-¿Has dicho algo?
-No, nada.
Visto que no debía tener cuidado, el Viajero subió el ritmo y potencia de las penetraciones. Cosa que ella también hizo con sus jadeos. Cambiaron varias veces de postura y lugar para finalmente acabaren el catre, ella tumbada hacia abajo y él encima, dónde no pasó mucho hasta que ambos explotaron en un orgasmo compartido.

El escritor bohemio.

-Tenemos una historia por allí, en las tabernas de mi tierra.
-Créeme. No es el momento ni el lugar más adecuado para que me andes contando tus demencias.
-¡Que no, coño! ¡Que esta historia se la sabe todo el mundo!
-¿De qué trata?
El primer hombre, sentado justo enfrente de su desesperado amigo, dibuja una sonrisa macabra en su cara, mientras que su ya mencionado camarada se cruza de brazos y frunce el ceño.
-Trata de un bohemio.
-Gitano, querrás decir.
-Cierra la puta boca. Trata de un bohemio escritor que se enamora de una mujer casada.
-Cuando termines la historia, recuerdame que te reviente la boca.
-Yo te lo recuerdo. Y ahora, si me permites, la historia que quiero contarte trata de un bohemio artista que se enamora de una mujer casada. La veía pasar cada día frente a su apartamento. La veía con lujuria, claro. ¿De qué otra forma podría mirar a su objeto de deseo un hombre enamorado?
-¿Con amor, quizás?
-¡No me jodas! El amor es para los bohemios, hombre.
-¿Como el de la historia?
El narrador del cuento se quedó pensativo durante unos segundos.
-Vale, me has pillado. Pero este la miraba con lujuria. Prosigo: Cada día que pasaba por su puerta, el deseo era mayor. Una joven de rojos labios y tez pálida, vestida con las más finas sedas y que caminaba con toda la gracia de un felino. La escena se repetía cada mañana. Ella lo sabía, él lo deseaba, y ambos se ocultaban las palabras que el otro quería oír.
-Muy bonito.
-Pero un maldito día, el marido de la agraciada joven decidió acompañarla en su paseo matutino. Con la desafortunada fortuna de elegir el peor día para acompañarla: El día en el que el bohemio escritor decidió declarar su amor. Y ahí quedó nuestro escritor. Con un gigantesco ramo de flores en las manos y el corazón roto al ver como ante sus propias narices la mujer a la que amaba besaba a otro.
-¿No habías dicho que sentía deseo y no amor?
-Tú déjame terminar y cierra el pico. Todo cambió en la vida del bohemio escritor ese día. A partir de ahí, sus textos mostraban el más profundo dolor, como si unas garras fantasmales desgarrasen poco a poco su alma corroída por un inmenso odio. La gente dejó de leerlo, y cayó en el mundo del vicio. Alcohol y droga se apoderaron de su día a día, y la pobreza no tardó en llamar a la puerta. Así terminó nuestro bohemio escritor. Alcoholizado, hasta el culo de absenta, u opio, o lo que cojones tomasen los escritores de aquella época.
-Pensé que sería un final feliz.
-Nunca dije eso. Deja que termine. El desdichado escritor, llevado por la locura, se dedicó al hurto. Pasaba los días robando dinero a cualquiera. Daba igual burgués que campesino. Noble que guardia. Cualquier moneda servía para su cometido. Cuando hubo amasado el dinero suficiente, compró dos balas y alquiló una pistola. Y se dirigió a la que él ya conocía como la casa de su antigua amada y su vil marido, al que creía un monstruo descorazonado. El caso es que habían pasado muchos años, y su mente ya no es lo que era. Acabó matando tanto a la amada como al marido, y cuando el dolor le devolvió la cordura, decidió acabar con su vida tirándose desde lo alto de un edificio, ya que se había quedado sin munición.
-¿Y qué se supone que debo sacar de este cuento estúpido?
-Que los celos te volverán loco. Ahora deja de pensar en ella y tomate unas cañas, hombre. Invita la casa.

martes, 12 de enero de 2010

Érase una panda de abducidos...

Actualizando mis lecturas del blog he mirado las visitas del momento.


4400, que no son pocas teniendo en cuenta que llevamos poco más de medio año y que no somos un blog de po-emas (sí, es un Scrabble referido a los blogs de emos). Bueno, sigamos así.

lunes, 11 de enero de 2010

Encargo


Dos hombres miraban atónitos las cartas de un tercero, el cual recogía casi de forma mecánica las fichas que servían de apuesta.
-¿Cuántas he ganado ya? ¿Siete?
-Seis, para ser exactos...
-Nunca me canso, en serio. ¿Echamos otra?
Los hombres siguieron jugando a su ya conocido juego de cartas durante casi toda la noche, y solo dejaron de hacerlo cuando el cuarto hombre apareció en escena, después de haber abierto la puerta estrepitosamente y colgar su chaqueta y sus guantes en la percha que había en el recibidor. El diez veces ganador de la partida se levantó con aire de preocupación a su recién llegado compañero. Ninguno de los dos dijo nada una vez estuvieron frente con frente, y fue el recién llegado el que partió el hielo.
-¿Esperabais otra cosa de Seis letras? Lo de siempre. Ni más ni menos.
Los dos hombres de la mesa, que estaban prestando total atención, movieron la cabeza en gesto de negación. El que ya había ganado se echó las manos a la suya.
-¡No lo comprendo, Guante! ¡No lo comprendo!
-¿Crees que yo sí? De todas formas, nuestro contacto nos ha dado un nombre y una dirección. Dicen que fue este capullo el que encargó joder al Inglés. Y aparte, ha estado incordiando a Seis letras. Le haremos una visita por lo segundo, y nos pagarán después del trabajo.
-¿Vamos todos?
-Con que vengas tú es suficiente, Corbata. Tengo el coche abajo, voy a tomar algo y nos vamos. Rojo, ¿qué hay hoy de tu suerte?
Desde la mesa, Rojo contestó.
-Lo de siempre, Guante. Habré de contentarme con mi descomunal sexo...
Los cuatro hombres se pusieron a cocinar algo para el común y lo acompañaron con la bebida adecuada para una noche de ese tipo. Poco más tarde, los dos castigadores calzarían el uniforme y se alejarían del piso para encaminarse a otro. Fue una vez en el coche cuando comenzaron a hablar del trabajo que les había surgido.
-No lo dije antes. Pero supongo que debes saberlo ahora. Le vamos a dar al amado de La mujer del nombre de seis letras.
-En parte por eso aceptaste el trabajo, ¿cierto? Si es a él, ya sé quién es. Pobre alma en desgracia.
-Ni te imaginas cuanto me he alegrado de que me paguen por hacerle cobrar. Se lo merecía. Tú y yo lo sabemos. Se lo merecía. Por cierto, ve a la avenida. Será más rápido así.
Y se hizo el silencio. Ninguno de los dos hombres abrió la boca en los siguientes diez minutos, hasta que uno de ellos se aventuró a entablar de nuevo conversación.
-¿Sabes qué hice anoche?

jueves, 7 de enero de 2010

Escena IV

Abrí los ojos con un sobresalto que por poco no consigue hacerme caer del lugar donde me encontraba, desorientado y dubitativo mire a mi alrededor intentando aclarar mi mente, que por un segundo no tenia ni idea de donde estaba. Reconocí mis posesiones, mis armas que se encontraban depositadas cerca de la camilla donde me encontraba, las ventanas con cortinas grises, que dejaban la justa claridad para poder ver la habitación, el pequeño escritorio con papeles revueltos, mis armas y equipo, colocados cerca de una de las esquinas de la puerta.
Todo parecía en orden, pero dentro de mi crecía una sensacion extraña, me axfixiaba dentro del bunker que anteriormente me había dado tanta seguridad y sosiego, pero forcé tarnquilizarme. Me levante de la cama, y dando tumbos y mareado me vestí y comencé a avanzar por los pasillos acarreando mis armas. A cada paso que daba, me venían imágenes de la batalla, lo gritos, las muertes de mis hombres, y ese líder que se batió conmigo. Pase por los barracones, por los almacenes y finalmente llegue a la escotilla secundaria de salida, entonces comprendí las extrañas palabras de aquel sujeto y su sonrisa, esa sonrisa que mostró en el momento de la estocada, cuando mi arma laceró su carne y derramó su sangre por el suelo.
Entonces lo recordé todo, tras la estocada, se acercó a mi con dos pasos quejumbrosos, apoyó su mano en mi pecho y pronunció unas inquietantes palabras "Segador del bosque, ahora verás por nuestros ojos, sentirás lo que sentimos nosotros y si crees que tu cruzada es el camino, seras un digno verdugo".
Cuando salí al exterior, los infinitos tonos verdes, el olor a tierra mojada y verdín lo impregnaba todo, y entonces lo escuche; escuche el lamento de los arboles, de los seres del bosque, de la tierra y toda la vida que guardaba. El enemigo me había cambiado, me había abierto los ojos y no podría volver con mi gente, y tampoco podría ir con el enemigo, seria el segador del bosque, adalid de la naturaleza, exterminador tanto de un bando como de otro.
Salí corriendo hacia la espesura, intentando no mirar atrás y recordar a todos los que dejaba atrás, pensé en mis amigos, los vivos y los que había perdido, y me acorde de mi esposa y mi hija. Esa seria mi primera misión como segador del bosque, devolvería ambos bandos a su territorio, y haría del bosque una zona libre de ellos. Desde ahora sería mi hogar, mi familia y mi futuro.

lunes, 4 de enero de 2010

Escena II: Le preparazioni militari.

-Y... ¡Esto es lo que pasa por iniciar una maldita guerra!
Padre está enfadado. Como siempre. Aunque esta vez tiene razón.
-¡Venganza! ¡Exijo mi venganza, padre!
Giovanni está destrozado. Pobre Marta.
-¡La tendrás, Giovanni! ¡A Dios pongo por testigo! ¡Nunca más un Pairazzo asesinará a una Melazzi!
No lo han hecho aún. Marta era la prometida de mi hermano, pero no una Melazzi. Más bien una Gervasoni, pero no una Melazzi.
-¿Dios? ¿De qué Dios habláis, padre? ¿Del Dios musulmán que asesinó a nuestros ancestros? ¿Del Dios cristiano que se llevó al pequeño Luca? ¿De los antiguos dioses romanos? Decidme, padre. ¿De qué dioses habláis?
No he visto llegar a mi hermana Alessandra. No llega en el mejor momento.
-Sandra, ven conmigo. Padre y Giovanni tienen un problema mayor que tratar. Padre, Giovanni... os dejo.
-Ve, Francesco. Nos veremos a la hora de la cena, en cuanto tu hermano y yo arreglemos esto.
La despedida sobra. Abandono la sala con Sandra. Me asombra cuán maravillosamente hermosa es.
-Francesco...
-Dime, Sandra.
-¿Crees que corremos peligro? Quiero decir, Giovanni y tú sois grandes luchadores, pero los Pairazzo tienen mucho dinero, y podrían contratar a mucha gente para asesinaros, tanto a ti como a nuestro hermano mayor. Y madre no podría soportar que le arrebatasen otro hijo.
-Sí. Lo del pequeño Luca fue un golpe duro para la familia. Pero te prometo que no dejaré que nos pase nada. Ni a nosotros ni a ti. Ya sabes que eres la persona que más aprecio de la familia.
Y es cierto. Padre es mi ejemplo a seguir y a quien respeto. Giovanni es mi hermano y mi más cercano amigo. Madre es mi guardiana, la que lo daría todo por mí. El pequeño Luca... era demasiado pequeño. Pero Alessandra es la que se lleva la mayor parte de mi cariño. Simplemente es la que me escucha cuando paso malos ratos. La que me lo da todo a cambio de nada.
-Francesco, ¿me respondes?
De nuevo me he olvidado de que estaba hablando.
-Perdona, Sandra. Estaba pensando en lo de Marta... ¿Qué decías?
-Te decía que si sería buena idea que madre y yo nos retirásemos a Aragón.
-¿Con ese bastardo que solo quiere quitarle el honor a nuestra familia tomándote por la fuerza?
-Estaría dispuesta a ello... si así salvo a la familia.
-Jamás. Óyeme, Sandra. Estaremos bien. Los Melazzi tenemos muchos aliados. Los socios de padre no dudarán en proteger su dinero de los Pairazzo. Somos poderosos, Sandra.
Ha roto a llorar. Trato de consolarla con un abrazo. Apenas puedo creerme lo que he dicho, y siento que ella tampoco.
-Ahora óyeme, hermanita. Ve con madre y espera a que vayamos.
Asiente sin decir nada. Tengo miedo de todo esto. La veo marcharse preocupándome por lo que pueda llegar a hacer si algún día me faltase ella. Ahora lloro como un niño imaginando un futuro sin todo lo que me rodea. No lo olvides, Francesco: Vives por y para ellos. Dales de vuelta la alegría que ellos te regalan. Y lucha por el honor de tu familia en tiempos de guerra, como el que se avecina.