sábado, 20 de febrero de 2010

Deseos


Se encontraba sentado sobre una gigantesca piedra, que se hallaba en el interior de una colosal sala de piedra maciza adornada únicamente por espesas cantidades de musgo. En el suelo, los cuerpos putrefactos y sus charcos de sangre dibujaban un horripilante cielo de rojas estrellas sobre un cielo color ocre. Aparte de esos cuerpos, la roca y él mismo, había un altar de una altura mucho superior a la de un humano que servía como soporte para una lápida donde se encontraba, desnudo e incorrupto, el cuerpo inerte de una diosa que se manifestaba cada tres milenios.
Desde la lejanía, tenía la vista centrada en ella. No había nada más en lo que mirar, y aunque así fuese, no merecía la pena dejar de mirarla para advertir cualquier otra cosa. Si alguna vez había visto a una mujer perfecta, ahora mismo le parecería horrenda y banal en comparación con la figura que veía durante todo este tiempo.
Su aspecto, ajado y roto, representaba casi a la perfección su estado mental, que tras meses esperando ya había perdido la poca cordura que le quedaba. El porqué estaba allí no lo recordaba. Ni por qué había matado a esos hombres. Ni el nombre de la Diosa a la que esperaba. Solo recordaba la palabra "ardilla".
Y pasaban los días como si no existiesen. Lo que a él le parecía un parpadeo podían ser varias horas, e incluso días de sueño ininterrumpido. Pero eso no le cambiaba la postura ni le inquietaba la mente. Solo esperaba ver un movimiento por cualquier parte. Un ápice de vida. Y lo vio.
Desconocía cuanto tiempo había pasado. No sabía si era de madrugada o mediodía. Ni le importaba. Y es que una figura se estaba moviendo encima del altar. Se levantó casi de un salto y se despojó de sus armas y sus prendas de defensa, que le impedían moverse todo lo rápido que podía, y ascendió por una sutil escalinata, erosionada por solo los dioses saben qué, y llegó a la cima en cuestión de segundos. Y la vio. La había visto muchas veces ya. Había estado muy a menudo en la cima de ese altar. Pero nunca había intercambiado mirada con ella, ni la había visto moverse. Ahora la sentía viva y cerca. Y fue eso lo que le dejó sin fuerzas e hizo que estrellase su cabeza contra el suelo. Su voz, dulce como la miel y fina como el aire, empezó a retumbar en su cabeza.
- Gracias por tu paciencia. Has estado mucho tiempo esperando para verme, y aquí estoy. Soy tuya. Pídeme lo que más desees y te será concedido.
Entre sollozos y gemidos, dejó escapar un grito.
- ¡Sácame de aquí!
- Levántate.
La última palabra de la deidad fue más una orden que debía obedecer que un consejo que podría seguir. No dudó en levantarse y contemplar de nuevo su cuerpo desnudo y pálido.
- ¿Realmente deseas eso? - la Diosa comenzó a desvanecerse y a aparecer en sitios diferentes. Sintió en su cuerpo mil caricias que provenían directamente de ella. La voz de la deidad se convirtió en un coro de voces que hablaba al unísono. - Puedo darte placer. Puedo darte poder. Puedo darte fama y fortuna. ¿Y me pides que haga nada? Definitivamente, eres el visitante más encantador que he conocido.
Llegó al orgasmo. Uno tan poderoso que de nuevo lo tumbó en el suelo. Las voces se callaron y las caricias cesaron. La Diosa parecía haberse quedado quieta de nuevo. Él repitió su súplica.
- ¡Sácame de aquí!
Su cuerpo comenzó a levitar y a virar hasta que se encontró a la altura de la Diosa, cara a cara.
- Tu corazón es noble, visitante. Es una pena que no volvamos a vernos nunca, y que por tanto no puedas regresar. Cumpliré tu deseo y te sacaré de aquí. Pero antes, tú cumplirás el mío.
La Diosa besó sus labios. Él lo recordó todo, recobró la cordura y la memoria, y su cuerpo volvió a ser el que era. Ella cesó el beso y separaron los labios. Su cuerpo comenzó a convertirse en ceniza y a desvanecerse, mezclándose con la gargantuesca sala color ocre y verde. Se moría.
- No me arrepiento de nada.
De nuevo la deidad estaba sola. Se tumbó sobre su lápida y se las arregló para llegar al clímax del placer femenino por sí misma, y no como pasaba cada vez que llegaba un visitante. Su alma se separó de su cuerpo mientras este último esbozaba una sonrisa. Volverían a pasar tres mil años.

lunes, 15 de febrero de 2010

Enséñame


Un local anunciado en la noche por luces de neón. Dentro, mujeres semidesnudas servían copas a señores trajeados, mientras éstos quedaban hipnotizados con los sensuales movimientos de alguna de las bailarinas que había sobre las mesas, dando vueltas alrededor de una barra. Una de las camareras, de unos 25 años, con el pelo moreno rizado y unas formas exquisitas, un poco más tapada y quizá por ello más provocativa, se acercó al joven moreno y de estatura media que acababa de entrar mientras le miraba de arriba abajo y sonreía levemente.
- ¿Qué buscas, encanto?
- Quiero un servicio algo inusual, confío en que puedas ayudarme.
- Pide por esa boquita, guapo, te aseguro que no me van a sorprender ninguna de las guarrerías que quieras hacer.

Varios billetes y 3 minutos más tarde, el hombre cerraba tras de sí la puerta de una habitación pequeña con cama y lavabo.
- Vaya, vaya, sí que eres guapo, con la de sebosos que tengo que aguantar… ¿Me dirás ahora qué quieres hacerme? – dijo la prostituta, sentada al pie de la cama, mientras separaba las rodillas.
- Bueno… te sonará un poco raro, ¿vale? Hay una chica… a la que quiero seducir, y necesito que me enseñes a desenvolverme en la cama.
- ¿¡Pero qué…!? Por Dios, y creía que un hombre no podría sorprenderme más.
- Espero haber pagado suficiente dinero como para que no me engañes y me digas lo que hago mal…
- Eso sí que es nuevo – dijo ella conteniendo la risa - Está bien. A ver, ven aquí… - Él obedeció, ella le besó, él la desnudó rápidamente. – Espera… Bueno, a algunas les gusta rápido y a otras no, pero si vas despacio no disgustas a ninguna.

- Las tetas no se estrujan. Cógelas así… o así.

- A veces está bien esperar 5 minutos antes de meterla, ¿eh?

- ¿Ya? Bueno, no ha estado mal, pero aún estás bastante verde. Tendría que darte más clases – dijo riéndose - ¿Qué? Me pediste sinceridad.
Él dio las gracias, se despidieron y se fue.

La noche siguiente, en el mismo local y aproximadamente a la misma hora, un hombre se quitaba su abrigo y sombrero, y la misma morena se acercaba a él.
- ¿Qué buscas, encan...?
- Vengo a seguir con las clases de ayer. – Ella sonrió al reconocerle.

- Mejor. Mucho mejor, pero como te he dicho antes, te has pasado demasiado tiempo tiempo en el preámbulo.

El hombre siguió apareciendo cada noche durante casi una semana, y la cara de ella al finalizar las clases iba dando muestras de su mejoría.
- ¡Bu-ah! ¡Ya no tengo más que enseñarte! Debería decirte que volvieras mañana pero como ya me caes bien…
- Muchas gracias por todo. – dijo él respirando entrecortadamente – Espero volver a verte.

Y ciertamente, a la noche siguiente el hombre no apareció por el local. Ella acabó su turno y salió al aparcamiento a por su coche, hurgando en su bolso para encontrar las llaves.
- ¿Qué buscas, encanto? – dijo una voz ya familiar.
- ¿Pero tú no tenías que estar conquistando a tu dama? – dijo ella con una gran sonrisa
- Precisamente – sonrió él acercándose.

lunes, 8 de febrero de 2010

Un final más.


- ¿Y qué nos queda?
- Creo que absolutamente nada.
Ambos bajaron la cabeza con tristeza. No podían creer que, después de tanto tiempo, todo hubiese acabado así.
- Te equivocas. Tú solo me pierdes a mi. Soy yo el que se queda con el más absoluto vacío.
- Pues eres tú el que se lo ha buscado. No me culpes a mí de tu insensatez.
Ahora se dirigían unos a otros miradas de ira. A los dos les dolía la absurda resolución de los hechos, y se escudaban en horribles palabras para ocultar el desgarrador llanto que les estaba partiendo el alma.
- Entonces ya está todo dicho.
- No me cabe la menor duda.
Fue entonces cuando él se marchó. Ella se quedó ahí, perpleja. Observando como aquel hombre que la había querido partía quizás para no volver. Se oyó un último grito en la lejanía.
- ¡Mátame si te mueres!