lunes, 12 de julio de 2010

Escena V


La Transición


Había empezado. Sería difícil determinar el momento exacto, por lo que sencillamente diré que Gamat y sus seguidores se habían hecho oír por el reino, ganando muchos seguidores y enemigos por el camino, y que un día, sin más, todos sabíamos que estábamos en guerra.
En pocos días se había formado tal revuelto que el propio Eisenhar dio varias conferencias y paseos por la ciudad, para decirle al pueblo que seguía estando de su lado. En uno de estos paseos, una mujer a pocos metros de mí le lanzó una piedra mientras profería insultos. La guardia reaccionó y… en pocos segundos se había formado una batalla campal. Las primeras víctimas. El principio del fin.

Esa misma noche, los revolucionarios y algunos simpatizantes estuvimos reunidos en un sótano bastante amplio, con una gran mesa en el centro. En ella estábamos, además de Gamat, sus subordinados más cercanos y yo mismo como invitado de honor, los cabecillas de algunas milicias o grupos que se habían ido formando. Repartidos por el resto de la sala había unas quince personas más, entre ellos, curiosamente, la compañía “Felicidad Ambulante”. Levanté la mano para saludarles y me encontré con la mirada fija del “payaso malo”, con sus ojos que, clavados en los míos, no miraban hacia mí sino más bien a través de mí, y con su escalofriante sonrisa que parecía decirme “te equivocaste”.

- Amigos míos – empezó diciendo Gamat una vez se hizo el silencio– sabíamos que esto pasaría. Aunque triste, es necesario. Se ha demostrado cómo reacciona el Eisenhar ante cualquier crítica. Además – dijo mirándome - esas personas ya son libres, ¿verdad, señor Novma?
- No. – Admito que fui bastante maleducado en este punto – No lo creo, no aún. Esas personas no han muerto libres, sus actos son consecuencia de nuestra influencia y no fruto de su propia decisión, por decirlo de algún modo. En cualquier caso, como decís, estamos en el camino para que así pueda ser. Me alegro de ello.
- Así es, estamos en el camino, y hemos de andarlo. Por eso os he llamado – dijo dirigiéndose a los líderes de las milicias – Es el momento de atacar, y tenemos que organizarnos. Vamos a golpear con fuerza y tenemos que empezar cuanto antes. Eve, ¿cuánto tardarían tus hombres en extender un mensaje a cada aliado de la ciudad?
- Un día, quizá dos. ¿Cuál es el mensaje?

Al escuchar las palabras de Gamat, todos en la sala gritaron, se asustaron y al poco rompieron en aplausos. Todos, menos los dos payasos, que se miraron impasibles y en silencio durante varios minutos. Daría cualquier cosa por saber qué pensaban en ese momento.
Ya no había marcha atrás. “Vamos a tomar el palacio del Eisenhar”.

martes, 6 de julio de 2010

Identidades.

Aun hoy recuerdo cuando aquel hombre, de raídos ropajes y desaliñado aspecto, me hizo aquella pregunta. "¿Quién eres tú, espíritu inmundo, que está aquí dentro? ¿Quién habita este cuerpo? Dime tu nombre." Esa situación me dejó perplejo, y ni tan siquiera hoy, después de haber pasado tanto tiempo, sería capaz de contestarla. ¿Quién soy yo? Hasta ese momento, nunca me lo había planteado, y, para mi desgracia, me lo planteé antes de contestar.
Quién es yo. Qué define a ese yo. No supe responder. El yo no es algo que uno mismo pueda describir, ya que todos tenemos una idea de "nosotros mismos" en nuestra mente, y es claramente subjetiva. En la mente, somos el bien. En la mente de otros, no lo somos necesariamente. La mente no sabe describir el yo. Por tanto, llegué a una conclusión: Yo es Otro. Otro al que no conozco, pero que no dejo de ser yo. A su vez, ese Otro no puede ser conocido por cualquier ajeno, ya que cada individuo vería una parte abstracta de ese Otro. Tras eso, llegué a mi segunda conclusión. Yo es Otros.
He estado años pensando en ello. Yo es Otros. Yo es una cantidad indefinida de Otros. Cantidad que va aumentando con el paso del tiempo y con las experiencias que nuestra mente recoge. No somos capaces de conocer nuestro Yo. Solo conoceremos uno de nuestros Otros. Un Otro que ningún otro verá. Soy, y somos, una multiplicidad.
Aquel hombre me pidió mi nombre. Le dí mi nombre. Hoy, respondería como lo hizo el loco en el Evangelio de Marcos, Capitulo 5, versiculo 9. "Legión me llamo; porque somos muchos."