domingo, 1 de agosto de 2010

Retrato.

El mundo se desvanece bajo nuestros pies y ni tan siquiera el más valeroso de los héroes de nuestra decadente época se atreve a enmendar lo que patanes caóticos han desencadenado. Nuestra civilización se consume bajo la atenta mirada de ciegos poetas, que disfrutan dejándose llevar por sus deseos en lugar de relatar la más oscura de las tragedias.

El escenario presenta a los dioses de todas las épocas muertos. Sobre ellos se alzan templos de papel donde la antaño esencial adoración ha sido sustituida por el sensacionalismo. De los charcos de sangre que se han formado bajo los Creadores crecen oscuras máquinas que transforman en vacío el preciado icor que fluía por sus venas. Y en el suelo, junto y bajo toda esta tormenta, habita el hombre, los héroes y los poetas. Los primeros perdieron sus ojos tiempo ha. Los segundos casi han desaparecido, y los que quedan en pie son humillados y despreciados. Los últimos, como antes dije, han perdido su divina función.

Este es el aspecto del nuevo mundo. Este es el aspecto del acto previo al Apocalipsis. Este es el retrato de aquello en lo que nos hemos convertido.