jueves, 9 de septiembre de 2010

El extraño despertar.

Se despertó sobresaltado en una habitación oscura sobre un pequeño charco de sangre. Sentía en su cuello como si hubiesen introducido en él dos barras incandescentes de hierro. Tras la dura tarea que le resultó levantarse, se sentó, casi dejándose caer, en la cama que había aparecido cuando abrió los ojos. Después de ojear ligeramente la habitación esbozó una pícara sonrisa, pues se encontraba rodeado de condones, botellas de alcohol vacías y cantidades ingentes de ropa interior femenina. Oyó tras él los delicados pasos de unos zapatos con tacón de aguja.
El estrepitoso sonido del abrir de la puerta y la luz que penetro en la habitación, procedente del pasillo que la conectaba con el resto de la casa le dañaron los ojos y oídos, y lo tumbaron de nuevo en el suelo, tras la cama, donde la luz no alcanzaba.
-Veo que estás despierto.
No pudo otorgarle ningún rostro a esa voz femenina. La misma mujer de tacones que había entrado cerró la puerta y ocupó su sitio en el asiento que, junto con la cama de matrimonio y una pequeña mesilla, amueblaban la habitación. Las preguntas se sucederían.
-¿Quien eres?
-Quien sea yo, cariño, es lo último que quieres saber ahora. No obstante, me llamo Isabel.
Isabel. Le hubiese gustado relacionar su nombre con largas tardes de whisky y alcobas viendo atardeceres mientras sus dulces labios acariciaban los suyos, pero no fue eso lo que recordó. De hecho, no recordó nada.
-¿Donde estamos?
-En una habitación, ¿no es obvio? Ahora, ¿serías tan amable de levantarte del suelo y hablar conmigo cara a cara?
Le pareció una petición razonable. Tras incorporarse, se sentó en el filo de la cama, cerca de Isabel, y la observó fijamente. Sin duda, la mujer más hermosa que había visto nunca. La mujer más hermosa que había visto nunca, y la más perturbadora. Su fino vestido azul (las mujeres hermosas siempre visten de azul) y el rojo licor que llenaba su copa le resultaban aterradores. Aun más a sabiendas de que tenía dos perforaciones en el cuello. El miedo invadió su cuerpo, y ella lo notaba.
-¿Qué me has hecho?
-¿Yo? Absolutamente nada.
-No me mientas. Las heridas de mi cuello, mi reacción ante la luz, tu copa llena de sangre... Sin duda, eres una vampiresa, y me has condenado a mi también.
Isabel suspiró y sonrió. Sus ojos, verdes como la oliva, se clavaron en los suyos. Un frío calambre le recorrió la espina dorsal. Veía venir la muerte.
-Eres más estúpido de lo que había pensado en un principio, Sean. Lo que hay en mi copa no es más que vino tinto. Tu reacción a la luz es por la resaca, ¿o ya te has olvidado de todo lo que has bebido esta noche?
-¡¿Y las heridas del cuello?! ¿Cómo explicas eso, maldita?
Una sonora carcajada llenó la sala.
-Las "heridas" de tu cuello te las hizo tu ex-novia Claire con un táser cuando nos pilló follando en esta misma habitación. Anda, vístete y sal, que nos están esperando.
Los recuerdos llegaron a su mente como un aluvión de imágenes. Isabel y él mismo fornicando como posesos durante horas, el grito de ira de Claire cuando vio la escena, el vaivén de las botellas y la enorme borrachera que se adueñó de su mente escasas horas antes.
-Pues si que va a resultar que soy estúpido, sí.
-Te lo he dicho.
Se puso unos pantalones que había en el suelo y abandonó, junto con Isabel, la habitación en la que se encontraban. Pero, entonces, varias dudas llegaron a sus pensamientos. ¿De quién era la sangre de la habitación? ¿De donde había sacado Claire un táser? ¿Desde cuando los táser causan heridas en lugar de quemaduras?
La puerta de la habitación se cerró de manera súbita.