viernes, 29 de octubre de 2010

Psicología ajada.

- Mucha gente cuestiona lo que hago. Se quejan de que la espiral violenta en la que vivo. Yo, después (o antes, no sabría decirle), les propino la paliza por la que me han hecho contactar con esa persona. Entiendo que haya trabajos mejores, con un horario y salario fijos, y con sus días libres y vacaciones, y toda esa tontería que tienen los trabajadores, pero es que no sé hacer otra cosa.
Desde pequeño he vivido en un mundo violento. Supongo que como todos, ya que nos meten violencia hasta en la puta sopa. Ya sabe a qué me refiero: que si una noticia con muertos a la hora de la cena, que si una discusión en el atasco de la mañana, que si papá le pega a mamá porque esta hizo mal el almuerzo... Todas esas situaciones con las que lidiamos día a día. Pero, ¡no! No le pegues al que te agrede, o no intentes luchar por algo que consideras buena idea, pero que supone ponerte contra alguien de poder superior. O no digas palabrotas. Al fin y al cabo, todo es lo mismo: adquisición y represión de violencia.
No por esto digo que mi infancia haya sido una pelea con navajas constante, o que mis padres se moliesen a hostias (aunque supongo que el hecho de no tener padres influye en que esto no pase). Mi vida, simplemente, ha carecido desde su inicio de la represión de la violencia. El encargado de educarnos en el orfanato simplemente pasaba de nosotros, y en la infancia aprendimos la ley del más fuerte y comenzamos a crear organizaciones chiquicriminales. Un encanto, oiga.
Y claro, una cosa lleva a la otra. Después de toda una vida de puñetazos y patadas por conseguir la asquerosa comida de la residencia de niñitos sin papás, y de algún que otro incidente violento que no viene al caso, uno sale como sale. Y si, soy consciente de que, desde un punto de vista moral y cívico, "matar" dentro de tú comunidad está mal visto. Pero ni recibí educación moral, ni estudios para la ciudadanía. Ni tengo una comunidad, claro. Pero eso es arena de otro costal, si es que la frase hecha es esa.
A la pregunta de si estoy contento con mi vida, la respuesta es si. Hago lo que quiero cuando quiero. No me falta el dinero ni la dosis periódica de violencia. Hoy día, tengo un poder del que otros carecen. Y me sienta bien ser capaz de decidir qué hacer o qué no hacer.
Como verá, doctor, estoy perfectamente.
- No, "Guante." Su vida es un cáos. Está rodeado de sangre y muerte. El hecho de que mutilar y dañar a sus iguales no le cause remordimientos puede indicar varios problemas. Psicopatía, por ejemplo. Pero sigamos con su sesión... ¿Qué me dice del amor?
El silencio se hizo en la sala. Guante se levantó del sillón que ocupaba y se dirigió a la puerta cabizbajo.
- Señor "Guante", ¿va a alguna parte?
El doctor Suárez obtuvo una respuesta demasiado corta antes de que la puerta se cerrara, y dicha pregunta le dejó perplejo y consternado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Hecho aislado

Caminar de noche siempre me ha provocado este sentimiento de bagaje mental, me pongo a pensar en el pasado, presente y futuro, en como van las cosas actualmente, y en como ha llegado todo a esto. No es que me queje de mi vida ni nada, tengo un nivel de vida aceptable, miz zapatos de Gucci, mi corbata de Hermes y mi chaleco Armani hacen una idea de que no tengo dificultades económicas actualmente.
Tan solo escucho el sonido de mis zapatos en las adoquinadas calles nocturnas, el sonido de los pocos coches que circulan a estas horas de la noche, el poder pesar tranquilo sin ninguna distracción, el sentir el fresco viento de la llegada del invierno... mierda, me encanta mi trabajo
Para ser francos, en ningún momento de mi vida habría pensado el estar trabajando finalmente de esta forma. De chaval he trabajado en muchos sitios, repartidos, barman, botones, de cualquier cosa que pagara mis pequeños caprichos y me permitieran cierta independencia económica. Siempre me he considerado un hombre trabajador, aunque un tanto vago y olvidadizo para ciertas tareas rutinarias, como acordarse de donde deje las llaves, o que diablos me dijo mi jefe cuando yo no prestaba atención, por eso siempre traigo conmigo un pequeño block de notas.
Sin embargo pongo dedicación a lo que hago y siempre obtengo resultados, la mayoría de mis clientes no se quejan, y si lo hicieran creo que de lo único que se podrían quejar es de que suelo ir a lo mio, sin importarme lo que me digan, hago mi trabajo y me limito a ello.

Bueno, dos calles más... por donde iba... ah si, mi trabajo, es muy estimulante, me da tiempo para mi mismo y además esta bien remunerado, por otra parte los viajes incesantes y no tener horario fijo es lo peor del mundo, en fin, que le vamos a hacer...

Bien, Voie d'Athis ya la encontré, se me daban mal las calles de Paris, Amsterdan, Madrid, Londres, ya los conocía bastante bien, pero Paris... esa ciudad tiene algo que me desconcierta, siempre que vengo tardo media hora de más en buscar las calles, debería conseguir un GPS o algo para la próxima vez
Veamos, tercer piso, salida trasera, escaleras anchas, perfecto, bonita decoración, me recuerda a cierta vivienda en Dinamarca, era un tanto vieja pero se ve que esta está bien cuidada aun estando en el casco antiguo, además tiene ascensor, me encantan los ascensores.
Donde puse las llaves... siempre pasa lo mismo, no hecho cuenta a donde pongo las cosas, perfecto esta vez era bolsillo interior de chaleco. Bueno ya estamos aquí, ¿Donde estará el dormitorio?
Debería pensar en alguna palabra o alguna frase profunda y con algún sentimiento... nah, algún día lo pensaré, bien, a trabajar...
El sonido de un disparo resquebrajó el silencia de una noche parisina, donde frente a un charco de sangre que se comenzaba a formar en las sabanas solo se alcanza a escuchar una frase.
- Mierda, el silenciador, lo olvidé.

sábado, 2 de octubre de 2010

Reencuentro.

A mis pies tengo un corazón podrido y un sentimiento muerto. Ambos míos. En la lejanía se oculta un Sol tímido que huye de su amada la Luna. No puedo evitar sentirme identificado con él.
Mis pulmones, oscuros pozos de alquitrán, están cansados de aspirar el sutil vapor de la muerte. Mis puños están ajados después de tanto golpe. Mi cuerpo no quiere seguir peleando por causas perdidas desde el principio. Y, francamente, yo tampoco. He perdido demasiado por el camino, y no podré recuperar nada.
Distingo una silueta al borde del horizonte. No alcanzo a reconocer sus rasgos, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que sé de quien se trata.
Y poco a poco llegas a mí. Mirándome con tus brillantes ojos azules como si fueses capaz de atravesarme. Y te plantas frente a mí mientras te saludo con un tosco "Hola, zorra."
- Me encontraste. Has puesto fin a tu búsqueda.
Tus palabras suenan burlonas, y sin duda hacen me hacen daño. Te perdí hace mucho y Dios sabe que no quería volver a encontrarte. Pero has vuelto, y lo has hecho para quedarte. He de responderte.
- Desgraciadamente, Musa, así es. Vuelvo a poseerte... ¿Pero a qué precio?
- Creo que a ninguno. Eres demasiado egoísta para darte cuenta de que no has perdido nada.
El egoísmo es algo que siempre me ha caracterizado, supongo. El egoísmo y esa estúpida obsesión que me hace comportar de una manera hipócrita para situarme por encima de los demás. Pero hoy estás equivocada.
- No, Musa, no. He perdido. Más de lo que estaba dispuesto a apostar.
- ¿Podrías enumerar cuánto?
- Lo haré. Lo primero en perderse fue una de las almas que me completaban como persona. Bien sabe esa alma que toda culpa es suya, pero mi indulgencia y mi falta de flexibilidad lo lanzaron al abismo. Se ha quedado en el camino, pero no caerá en la sima del Olvido.
- ¿Y qué más has perdido?
- El amor que creí encontrar cuando te perdí. Es por eso que estás aquí, por el trato.
- Oh... Cierto, lo había olvidado.
No me sorprende de ti, Musa. Siempre olvidaste las cosas importantes. Da igual cuantas letras tenga el nombre, si Seis o Cinco. Da igual cuanto tiempo tengo que perder para saciar tu sed, si un año o unos meses. Siempre acabas olvidando lo importante. Como yo.
- Supuse que lo habrías olvidado.
- La verdad es que te estoy mintiendo. No has perdido nada. Algunas cosas las has intercambiado, y en otras cosas estás equivocado, cariño.
De nuevo intentas emponzoñar mi mente con tus afiladas palabras. Intento pararte, pero tu monólogo sigue.
- La verdad sobre ti, estúpido, es que siempre acabas derrotado antes incluso de comenzar la pelea. Y luego vas haciendo alarde de cuán duro tuviste que pegarle a los muros que te encerraban y de los que nunca has conseguido salir. Ese es tu problema, y eso es lo que vengo a solucionar.
Después de tantos siglos no te has dado cuenta de que lo único que no se te da bien es solucionar las cosas. Tanto como yo huyo de mis problemas, tú desapareces cuando las cosas se ponen turbias. Somos las dos caras de la misma moneda. Hipocresía y Cobardía. Pero mis pensamientos no te hacen callar, aunque sé de buena tinta que puedes escucharlos.
- Este no es el fin de la historia, poeta. Solo es un interludio. Recoge tu esperanza y deja el corazón, pues allá donde vamos no lo necesitarás.
Dudo durante un instante si abandonarte a ti y a este mundo o seguirte. Pero sabes de sobra que iré donde vayas cual perro faldero, ya que sin ti, no podría siquiera vivir.
Me levanto y partimos en silencio. Tengo miedo, pero al menos vuelvo a sentir la esperanza que creía perdida.