viernes, 17 de junio de 2011

Oficios.

- Así que haces trucos...
- No, señor. Me temo que está usted profundamente equivocado.
- Pero has dicho que eres mago, ¿no?
- Exacto. Soy mago.
- Estás a un paso de que te mande a la mierda, chico. ¿Eres mago y no haces trucos?
- Señor, soy mago. Mi oficio consiste en crear ilusiones, engañar a la mente y ofuscar los ya maltrechos sentidos. Mi espectáculo no se basa en hacer trucos. Se basa en crearlos. No soy un simple gañán que se compra una baraja trucada en un taller de magia y sorprende a unos críos, no. Soy un mago. Alguien capaz de sorprender incluso a los de su misma clase.
- ¿Y eres caro?
- Podríamos decir que si.
- Pues lo dicho: Ve yéndote a la mierda.

martes, 14 de junio de 2011

Escena XXII: La hermandad

- ¿Son ellos?
- Así es, Tres.
- Muy bien. Agárralos fuerte, que no se muevan. Pétalos, hermanos míos, éstos dos son los que robaron el Segundo Sello al chaval de duVilage. No contentos con ello han atacado directamente a miembros del Ramo, robado sus túnicas, y han intentado colarse en esta sala. Pero no somos estúpidos y les estábamos esperando. Al aparecer con el sello se han delatado, y por ello ahora serán castigados. Quitadles las capuchas.

Frente a los ladrones estaba el llamado Tres, de pie, como todos en la sala. No había sillas. El resto de Pétalos les rodeaba en un semicírculo. Dos de ellos se adelantaron y obedecieron al líder. Ambos ladrones cerraron los ojos por la repentina claridad, a la vez que maldecían. El más bajo tenía el pelo cenizo, casi blanco. Profundas arrugas surcaban su rostro: Debía rondar los 60 años. El otro, alto, calvo, de piel morena y fuerte musculatura, sollozaba y suplicaba piedad.
- Cállate, muchacho. Ya sé que tú tampoco eres culpable, pero deberías conocer las normas. Mi señor Tres, no sé cómo ha llegado el sello a mi bolsillo, lo juro.
- ¿Y esperáis que os crea?
- Francamente no, señor. Pero es la verdad. Yo siempre he sido fiel al Ramo.
- En ese caso debéis saber las opciones que tenéis.

El anciano palideció y sus ojos se abrieron perplejos.

- Yo... - dijo intentando recomponerse y poniéndose de rodillas – Yo asumo la responsabilidad de mis actos, y os ruego un castigo sin dolor.
- Vos debéis de ser el charlatán del que me hablaron. Se nota vuestro don de lenguas. Así sea. Como único miembro de los Cuatro presente, tengo el poder para concederos una muerte rápida. Y así lo hago. Y vos, ¿qué tenéis que decir? - Concluyó señalando al alto, que tuvo que sorberse los mocos antes de poder hablar.
- No me hagáis daño, por favor, soy inocente. No quiero morir. No quiero sufrir.
- Eso debisteis pensarlo antes de atacar a mis hermanos. Sin embargo, no somos animales vengativos, sino caballeros con un deber. Puedo cumplir uno de vuestros deseos, pero no ambos. Te cortarán la cabeza como a tu aliado. No sufrirás. Proceded.

Los dos que habían descapuchado a los ladrones les condujeron fuera de la sala. Empezaban a bajar unas escaleras cuando Tres habló tapando el lloriqueo de los condenados:

- Ya hemos terminado los asuntos desagradables, Pétalos. Juramos proteger el secreto de nuestra hermandad y éste es el precio que hemos de pagar a veces. Hablando de ello, hemos de pensar una nueva consigna, pues los ladrones pueden haber hablado más de la cuenta. Lo discutiremos ahora – suspiró mientras abría una puerta e invitaba a los demás a pasar y sentarse.- Ah, y antes de que alguno tenga que irse como la última vez, lo diré ahora: Mañana me reuniré con Uno, Dos y Cuatro. Ahora que, de nuevo y tras tanto tiempo, tenemos el sello en nuestro poder, no hay tiempo que perder. Debemos comprobar que nuestra Flor sigue a salvo en la cámara.

La sala estalló en aplausos, abrazos y gritos de júbilo. Nadie prestó la más mínima atención al que decía:

- Soltadme ya, estafador.
- Perdonad, Buscador. Es que no me creo lo rápido que hemos llegado hasta aquí. De aquél en el callejón esperaba sacar un lugar, pero no consignas, protocolo, jerarquía, y encima otra túnica. Interrogar se os da muy bien, emplumado. Bueno, encapuchado ahora.
- Yo de nuevo he de reconocer vuestra habilidad. Arriesgada jugada, pero efectiva.
- Nada de arriesgada. ¡Una jugada maestra! La llave en el bolsillo de uno entre la multitud, y en cuanto nota el peso y la coge, se agarra a ese y a otro y a correr ante el tal Tres diciendo que han recuperado el sello. A nadie le hubiera dado tiempo a reaccionar. Pero bueno, calmémonos. Estamos cerca pero aún queda lo más difícil. Venga, entremos. No quiero perderme esta reunión.

lunes, 13 de junio de 2011

Escena XXI: Pétalos bañados en sangre.

Los dos hombres salieron del local. A tomar el aire, Josep, dijo el Viajero.
El ambiente en la ciudad era tranquilo. Pocos transeúntes que se dedicaban tranquilamente a ver al sol ocultarse en el horizonte. Las calles estaban especialmente brillantes, como en todos los crepúsculos. Pero no iban buscando lugares brillantes y bonitos. Buscaban algo lúgubre. Oscuro. Algo lo suficientemente tenebroso como para que la vista de las buenas gentes de Villatorres se mantuviesen alejadas de los negocios de la sangre y la espada.
Avanzaron por callejones que muchos creían olvidados. Estrechos pasillos entre casas a donde no desembocaban ventanas. Y, allí, el Buscador hizo detenerse al Viajero. Sonó el metálico chillido de las espadas saliendo de sus fundas. Seguidores y perseguidos estaban cerca. Demasiado cerca como para verse y lo suficientemente lejos como para pensar antes de actuar. Algo que los seguidores no parecieron tener en cuenta, pues se lanzaron al ataque antes incluso de que el Buscador hubiese desenvainado completamente su espada. Aun así, este pudo esquivar las primeras cuchilladas y adoptar una posición defensiva. El Viajero, por su parte, rodó entre los tres hombres trabados en combate y se posicionó a la espalda de los atacantes, sin intención alguna de asestar un golpe.
Las cuchilladas se sucedían. Buscador conseguía acaparar prácticamente toda la atención, bloqueando los golpes que le llegaban y repartiendo estocadas que no llegaban a ningún blanco. El Viajero, por su parte, no paraba de moverse por la escena de combate, esquivando con especial soltura las hojas de los tres espadachines.
Tras veinte segundos de combate, la hoja del Buscador por fin encontró carne. Había atravesado la pierna de uno de los atacantes. Pero, a su vez, el otro le había pinchado con cierta profundidad en el hombro. Los tres podrían haber muerto de no ser por la inesperada intromisión en el combate por parte del Viajero, que placó al Buscador, alejándolo unos metros del enemigo.
- ¿Para qué usáis espadas contra alguien que puede dominar - el Viajero plantó los dedos corazón e índice de su mano derecha en el suelo, los frotó contra la piedra y las calles volvieron a brillar durante un cortísimo lapso de tiempo con un fulgor que calcinó a los dos espadachines - el fuego?
El Buscador se inspeccionó la herida en su hombro. "Superficial. Nada grave." Se puso en pié y se acercó a los cuerpos. El desgraciado al que había herido aun ardía y permanecía en el suelo. Cadáver. Por suerte, el otro seguía vivo a pesar de sus horribles quemaduras. Apartó su espada.
- Hora de que sepamos. ¿Quién sois?

Escena XX: Un paso más cerca.

- ¡Tú! Yo... él... ¡Yo te conozco! ¡¡Eh, escuchadme!! ¡Este hombre habla con los muertos! ¡Lo hizo con mi pobre hermano y gracias a él encontramos a su asesino! ¡Dejadle pasar y que haga su trabajo! Señora duVilage, no desconfíe, se lo digo yo que buena cosa es este brujo.

Tras pedir silencio, el Viajero Onirico empezó su ritual. Con la cabeza del señor duVilage entre sus rodillas, cogió una pizca del polvo rojo que llevaba en uno de los bolsillos del cinturón y lo esparció por la frente del muerto. Cruzó las manos como cuando se quiere proyectar la imagen de una paloma utilizando sombras, y las apoyó sobre el polvo, con las palmas hacia arriba. Tras un momento inmóvil, el estafador empezó a mover la cabeza como las gallinas, simulando un trance:

- Veo varias figuras de pie ante él, pero... está todo tan borroso... Siento ser tan poco concreto, mi señora. La muerte debió de sorprenderlo y su espíritu es caótico.
- El cobre fortalece la presencia de los espíritus, señora. - Dijo el hombre que había reconocido al Viajero. - He estudiado al respecto.

Tras sentir el peso de las monedas cayendo en sus manos, el estafador continuó:

- No puedo ver sus caras. No se puede, pues llevan capuchas, pero el señor los conocía. Hablan de... - Exageró un movimiento de cabeza, como si hubiera recibido un puñetazo en la mandíbula - ... Una hermandad. Dicen algo acerca de una... ¿Flor?
- ¡Lo sabía! ¡Le dije que se alejara de esa gente! - La esposa del señor duVilage había ido torciendo el gesto a medida que el Viajero hablaba, y finalmente estalló. - ¡Dígame todo lo que sepa! ¡Venga ahora mismo a mi casa!
- Pero, mi señora, necesito el cuerpo tal y como se encontró o ni todo el oro del mundo me permitirá ver nada - Respondio rápidamente el Viajero, mientras pensaba "Sí hombre. No tengo intención de que nadie me mate por saber demasiado. Suficiente puedo sacar de sus lloros, milady."
- Entonces, que se alejen todos. ¡Guardias, formad un círculo! Y tú, habla bajito.

El Viajero asintió, aspiró con fuerza y cerró los ojos.

* * * * *

- Se reúnen cada 7 semanas. - Dijo el estafador al terminar su cerveza. - No sé por qué diablos, algo de una rotación o "algo así" que decía la señora, a duVilage le tocaba guardar una llave, aunque según ella, él la llamaba sello. Al parecer es una de cuatro llaves necesarias para abrir, y cito textualmente, "no sé qué puerta o no sé que cofre". En cualquier caso, se la robaron y han debido castigarle por ello.
- Los espíritus me dicen que han resuelto el acertijo del paradero de la condenada llave. - dijo Buscador moviendo los dedos de ambas manos y mirando el cinturón del Viajero.
- Ríete lo que quieras de mi trabajo, emplumado, pero has de reconocer que da sus frutos. Por lo pronto esta hermosa y tintineante bolsita, gracias a cuyo contenido estáis bebiendo cerveza y no agua. Y sí, yo también lo creo. - Replicó mientras levantaba la cabeza y dejaba de susurrar por un instante. - Diablos, estamos cerca. Tenemos un disfraz, la llave, y sé cuándo se reunieron por última vez, aunque no dónde y la tercera jarra me está impidiendo pensar con claridad. Admito que no sé por dónde seguir.
Buscador rió, y el Viajero pensó que se lo había imaginado, pues al instante la cara del asesino era tan oscura como siempre.
- En la mesa que hay frente a la puerta hay dos hombres que llevan siguiéndonos desde la plaza. Salieron de un callejón junto a la casa del muerto y no te han quitado ojo de encima desde entonces. Dices que no sabes de dónde sacar la información que nos falta. Bien. Es mi turno de actuar. No os separéis demasiado y mantened la mano en el dinero. Puede que haya más problemas.

sábado, 21 de mayo de 2011

Escena III: ¿Dónde está Carmen?

La puerta se estampó estrepitosamente contra la pared.
Miguel Hernán, natural de México, esperaba tal acción. Se había atrincherado en la habitación cuya puerta acababa de ser abierta, y, tras una mesa volcada, encañonaba al vacío con un Taurus modelo 605. Un revolver pequeño, de bolsillo.
Al otro lado de la puerta, el inspector García, claramente enfadado. Se protegía tras la pared, pero tenía ya amartillado su Colt Anaconda.
- ¡Miguel! ¡Ya hemos pasado por esto más de una vez! ¡Yo entro, hago mis preguntas y tú no necesariamente acabas en el hospital!
Tres tiros salieron de la habitación.
-¡Y una mierda! ¡La última vez que viniste estuve seis meses ingresado! ¡Seis, pendejo!
El inspector García dio un hondo suspiro. Bajó su arma.
- Se trata de Carmen.
Dentro de la habitación, Miguel Hernán, natural de México, se relajó. Guardó su Taurus y levantó la mesa que le servía de cobertura. Ordenó al inspector pasar.
- No me gustas una mierda, García. Pero se trata de Carmen. Supongo que, por esta vez, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Una copa?
- Whisky, por favor. ¿Qué dicen los chicos?
- Los chicos nada. Pero yo lo sé todo. - Miguel Hernán, natural de México, se separó de la mesa y en ese momento, el inspector García vio que cojeaba. Tenía la rodilla rota. Algo había pasado. Volvió a la mesa con dos copas - Como te iba diciendo, García. Lo sé todo. Pero todo tiene un precio.
- ¿Quieres que prescriba otra orden de búsqueda?
- Ni más ni menos.
- Hecho. ¿Donde está?
- Florencia.
- ¿Qué hace allí?
Miguel Hernán, natural de México, hizo una pausa. Se pensó bien lo que iba a decir.
- Robar. El David de Miguel Angel, para ser más exactos.
El inspector García no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Eso es una locura. Incluso para ella. Pero te creo. No hace falta que digas más.
Ambos hombres apuraron la copa. Sabían que aquello se tenía que terminar ya, pues a ninguno de los dos les convenía que los viesen juntos. Uno, un ladrón de prestigio venido a menos. El otro, un ex-agente judicial al que, más por costumbre que por respeto, seguían llamando inspector. Y ambos con un pasado en común. Fantasmas de otros tiempos que nunca dejarían de intentar matarse, excepto por Carmen.
- De acuerdo, García. ¿Y qué piensas hacer ahora?
- Ir tras ella. ¿Qué menos? Aún debemos ajustar cuentas.
- Dicen que la venganza no es buena. Pero si la ves, destrózale la rodilla de mi parte.
El inspector García abandonó la sala con paso tranquilo, sin decir nada. Miguel Hernán, natural de México, volvió a suspirar. Aliviado. De nuevo las cosas entre ellos estaban tranquilas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Escena XIX: Fuerzas de corrupción.

Gotas de sudor del tamaño de dientes brotaban de su frente. A sus espaldas, dos hombres permanecían en pie. Firmes. Como esperando.
- Os he dicho ya que no lo tengo.
Se secó la frente con su pañuelo de seda y se notó las manos temblorosas. Los dos hombres lo sabían. Tenían que saberlo.
- Esa no es excusa, señor duVilage. Los Cuatro no se verán nada contentos con esta respuesta.
El señor duVilage se giró irritado.
- ¡Os digo que no ha sido culpa mía! ¡Me lo robaron!
- No debió dejar que eso pasara. Bien sabía vuesa merced que un objeto de tal envergadura debe defenderse con la propia vida, como muchos otros han hecho.
De repente, su sudor se cortó. Un escalofrío recorrió su columna. Esperaba esa respuesta, pero no tan temprano.
- ¡No! ¡Dadme otro día!
El hombre que había permanecido callado, se dignó a hablar.
- Ya te hemos dado demasiados, Marcel.

* * * * *

- ¿Y cómo pretendes empezar, Viajero?
La plaza de la Torre estaba a reventar. El mercado, como siempre, estaba abarrotado de diferentes lugareños. No era difícil encontrar a cualquiera de la ciudad allí abajo. Desde la moza más "alegre", hasta el viejo que estaba a punto de morir. Pasando, por supuesto, entre guardias y ladrones.
- ¿Empezar? No haremos nada. Quedarse parado y esperar que la vida se solucione sola es mi mejor y único plan en este momento.
- ¿Qué decís? ¡Valiente desfachatez! ¡Ahora mismo ni siquiera sabemos si nos están siguiendo, y luego está ese tema con el dueño de esta villa, que podría estar...!
El discurso del Buscador se vio interrumpido por los acontecimientos. Toda la plaza se paralizó y pudo ver como desde la Torre caía la sebosa, amorfa y vieja persona del señor Marcel duVilage que, como era de esperar, se estrelló contra el suelo de la plaza del mercado, llenando de tripas y sangre a varios viandantes.
Y así, de pronto, una alegre mañana se convirtió en caos. Las mismas gentes, los mismos movimientos, el mismo caos, pero con un ingrediente añadido: pánico. Ni siquiera la guardia de Villatorres supo qué hacer.
- De acuerdo, Viajero. He de admitir que teníais toda la razón del mundo.
- Y ahora, Buscador, es cuando tengo un plan. Necesitamos hacernos con el cuerpo. ¿Y quien mejor que alguien como yo, que "busca en el mundo onírico", para investigar? Dejadme actuar un poco. No os separéis demasiado y mantened la mano en la empuñadura. Puede que haya más problemas.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Escena XVIII: El Tulipán Escarlata

El sol teñía de tonos naranjas el valle en el que se encontraba Villatorres. Los jinetes se acercaban con el alba a sus espaldas, dejando que los caballos descansasen, pero sin dejarlos parar.
- Villatorres, Buscador. Nuestra primera parada aceptable en nuestro camino hacia Treasvigg. Espero que se hayan olvidado de mí.
- ¿Estuvísteis ya aquí, bufón?
- ¿De nuevo con la tontería de los nombres? - el Viajero dio un profundo suspiro y rió en tono burlesco - Si. Tuve la desdicha de parar aquí hará cosa de un año. ¿Recordáis aquella historia que os conté sobre la hija de aquel granjero? Si, aquella chica llamada... ¿Giulia, quizás?
- ¿Un nombre característico del sur? ¿Tan al norte? No, no lo creo. De cualquier manera, Viajero, no sigáis por ahí. Preferiría no recordar ninguna de vuestras aventuras... y aun así lo hago.
El viajero volvió a reír.
- Creo que os conviene saber algo de la ciudad antes de adentraros en ella, Buscador. Villatorres tiene una historia larga. Y siniestra, pero bueno, seguramente para vos eso solo sean nimiedades. El caso es que Villatorres antes era un pequeño fuerte con cuatro torres que aun hoy se conservan. Después de no sé que guerra, el fuerte desapareció y se convirtió en lo que hoy ves ante ti. Actualmente lo regenta el señor Marcel duVilage, un antiquísimo, y con antiquísimo quiero decir viejo, noble de algún territorio importante de aun más al norte, al cual han mandado aquí.
Tras un largo monólogo del Viajero sobre todo lo que este sabía de la ciudad, los jinetes llegaron a ella y la vieron despertar. Los mercaderes abrían sus negocios a lo largo de la calle principal, que desembocaba en una plaza de un tamaño considerable, en cuyo centro se alzaba una de las torres que albergaban la totalidad del poder en el territorio urbano. Los trabajadores se dirigían ya a sus puestos de trabajo, e incluso algún que otro niño se atrevía a corretear por las calles.
Los jinetes atravesaron en su totalidad la calle principal y llegaron por fin a la plaza, donde había una posada con establos. Amarraron los caballos y entraron al establecimiento, en el cual el Viajero fue recibido por un fortísimo grito de júbilo.
- ¡Me cago en mi puta vida! ¡Pero si eres tú, maldito rufián!
- ¡Josep, amico! ¡Alabados sean los ojos!
Y comenzó la conversación entre el tabernero y el estafador. Mientras tanto, Buscador, con la mano en el pomo de su estoque, se dejó recostar sobre una pared y oteó todo lo bien que sabía la totalidad de la posada. Doce mesas distribuidas de forma caótica con al menos cuarenta sillas. De todas las mesas, solo dos estaban ocupadas. Una de ellas por dos mozas que supuso familiares del dueño, por sus vestiduras y por su proximidad a la barra. La otra mesa estaba ocupada por un único hombre. Nervioso y que no dejaba de mirar al Viajero, que seguía hablando alegremente con el hombre de detrás de la barra. Las escaleras: vacías.
Tiempo después el Viajero lo llamó con la mano desde una mesa, donde ambos tomaron asiento.
- Al parecer, estaba equivocado. Hay gente del sur en estas tierras, Viajero.
- Josep es único. Por lo pronto, nos invita a desayunar y a dos noches.
- ¿Dos noches? Eso nos retrasará en nuestro viaje. ¿Por qué no le dijiste que solo una?
- Porque pedí más información. Precisamente, sobre el hombre que nos atacó. Tranquilo, Josep es de fiar.
- ¿Y qué te ha dicho?
- No mucho. Recuerda haber dado alojamiento a tres hombres vestidos como le he descrito. Y cree haber escuchado de algún que otro guardia que se han reunido con el señor duVilage. Lo cual, queridísimo espadachín, nos plantea una pequeñísima duda. ¿Qué tenían estos hombres que ver con el señor duVilage? Y aun mejor: ¿Qué tiene que ver el señor duVilage con Vale y con Tulipán?
- ¿Y cómo diablos quieres que lo sepa?
- Pues precisamente por eso nos quedamos dos días.

Escena XVII: El entierro

Escenas publicadas de La flor de pétalos dorados

Escena I: El buscador
Escena II: El Viajero onírico
Escena III: La flor
Escena IV: Interludio
Escena V: Alquimia
Escena VI: Historias
Escena VII: Razones
Escena VIII: Atracción
Escena IX: Alianza fatal
Escena X: Tulipán
Escena XI: El hombre de la arena
Escena XII: El acuerdo de la priva
Escena XIII: Por la puerta de atrás
Escena XIV: Noche de Pasión
Escena XV: Advertencia y periplo
Escena XVI: Protectores
Escena XVII: El entierro


El Viajero Onírico observaba recostado sobre un árbol (y jugueteando entre sus dedos con la llave del muerto) el ingenio mecánico que había elaborado su compañero en apenas unos minutos: pasó una cuerda de cáñamo por las ramas más fuertes de un árbol, creando un rudimentario sistema de poleas; del que por uno de sus extremos colgaba el cadáver desnudo del joven sectario.
-"La gente tiende a mirar hacia abajo, no hacia arriba." -dijo imitando su voz además de sus palabras-. Buscador, piensas como un auténtico asesino.
El hombre del sombrero emplumado le dedicó una mirada fulminante y comenzó a tirar de la cuerda. Como reacción, el Viajero se incorporó de forma carambolista y se dirigió hacia él para colaborar en el "entierro". En breves minutos llegó el momento en que hacer el último esfuerzo para subir el cuerpo a la altura de las ramas.
-Sujeta fuerte la cuerda.
El asesino trepó sin esfuerzo apenas por el árbol hasta llegar a la copa. Allí en lo alto colocó el cuerpo sobre dos ramas y esparció algunas hojas que se pegaron al cuerpo gracias a la función adhesiva de la sangre semicoagulada. Eliminaron cualquier señal de combate en la zona y se marcharon.

* * * * *

-Tenemos un disfraz de sectario y una llave que nos da acceso a su concilio de chalados... ¿Buscador, piensas lo mismo que yo?
-Estoy pensando en muchas cosas, pero sí, te entiendo.

jueves, 28 de abril de 2011

Murió entre necios.

-Y aun hoy recuerdo la escenita que se montó en la muerte del señor Salazar. Tú, hija mía, no llegaste a conocerlo, pero habrás oído hablar de él. Después de la Guerra, el señor Salazar, afín al movimiento Nacional, se cargó, con el apoyo de nuestras queridas fuerzas de seguridad, a prácticamente todos los terratenientes (que no trabajadores del campo) de esta, nuestra ciudad. Pero el tiempo pone a cada uno en su lugar y, años más tarde, el señor Miguel Alfonso de Todos los Santos Salazar Martínez enfermaría gravemente.
Recuerdo estar en su casa, hace veinte años. Allí se había reunido toda su prole. En total, cinco hijos y cuatro hijas. Y allí estaban todos, peleando a gritos mientras su "pobre" padre se moría postrado en un camastro. En especial, los dos mayores, Miguel y Antonio, estaban enzarzados en la pelea más cruenta que he visto en mi vida. Los demás clamaban a pulmón abierto cada uno su visión de las cosas. Eso sí, todos coincidían en lo mismo: querían el total de la herencia para cada uno. ¡No había sitio para compartir!
Y yo allí, procurando que las últimas horas del señor Salazar fueran más llevaderas. Aunque he de decir que tampoco es que me esforzase mucho. Simulé no tener calmantes, aunque también es cierto que el viejo no quería que le inyectasen nada. Total, que entre gritos y puñetazos, el señor Salazar entró en una especie de crisis. Comenzó a gritar (aunque nadie lo escucho). Le dio un ataque de tos y empezó a vomitar sangre (aunque nadie se fijó en él). Reventó. Y con esto quiero decir que empezó a soltar por el culo pus, mierda y todo tipo de fluidos pestilentes. Y entonces, sus hijos, sin dejar de discutir, abandonaron la sala.
Como moraleja de este relato, hija mía, te pretendo enseñar dos cosas: la vida de un doctor es jodida. Habitualmente tienes que tratar a autenticos villanos, como lo fue en su día el señor Salazar. Y, por otra parte, es desagradable. Recuerdo que llegué a casa con el traje manchado de mierda y mil secreciones más. Espero que se te hayan quitado las ganas de estudiar medicina.
-Pero, papá, si yo lo que quería era ser médico para diagnosticar a la gente cosas que no tenía... ya sabes, por joder...
-¡Entonces si, mujer! Seguro que en la Seguridad Social te hacen un hueco.