sábado, 21 de mayo de 2011

Escena III: ¿Dónde está Carmen?

La puerta se estampó estrepitosamente contra la pared.
Miguel Hernán, natural de México, esperaba tal acción. Se había atrincherado en la habitación cuya puerta acababa de ser abierta, y, tras una mesa volcada, encañonaba al vacío con un Taurus modelo 605. Un revolver pequeño, de bolsillo.
Al otro lado de la puerta, el inspector García, claramente enfadado. Se protegía tras la pared, pero tenía ya amartillado su Colt Anaconda.
- ¡Miguel! ¡Ya hemos pasado por esto más de una vez! ¡Yo entro, hago mis preguntas y tú no necesariamente acabas en el hospital!
Tres tiros salieron de la habitación.
-¡Y una mierda! ¡La última vez que viniste estuve seis meses ingresado! ¡Seis, pendejo!
El inspector García dio un hondo suspiro. Bajó su arma.
- Se trata de Carmen.
Dentro de la habitación, Miguel Hernán, natural de México, se relajó. Guardó su Taurus y levantó la mesa que le servía de cobertura. Ordenó al inspector pasar.
- No me gustas una mierda, García. Pero se trata de Carmen. Supongo que, por esta vez, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Una copa?
- Whisky, por favor. ¿Qué dicen los chicos?
- Los chicos nada. Pero yo lo sé todo. - Miguel Hernán, natural de México, se separó de la mesa y en ese momento, el inspector García vio que cojeaba. Tenía la rodilla rota. Algo había pasado. Volvió a la mesa con dos copas - Como te iba diciendo, García. Lo sé todo. Pero todo tiene un precio.
- ¿Quieres que prescriba otra orden de búsqueda?
- Ni más ni menos.
- Hecho. ¿Donde está?
- Florencia.
- ¿Qué hace allí?
Miguel Hernán, natural de México, hizo una pausa. Se pensó bien lo que iba a decir.
- Robar. El David de Miguel Angel, para ser más exactos.
El inspector García no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Eso es una locura. Incluso para ella. Pero te creo. No hace falta que digas más.
Ambos hombres apuraron la copa. Sabían que aquello se tenía que terminar ya, pues a ninguno de los dos les convenía que los viesen juntos. Uno, un ladrón de prestigio venido a menos. El otro, un ex-agente judicial al que, más por costumbre que por respeto, seguían llamando inspector. Y ambos con un pasado en común. Fantasmas de otros tiempos que nunca dejarían de intentar matarse, excepto por Carmen.
- De acuerdo, García. ¿Y qué piensas hacer ahora?
- Ir tras ella. ¿Qué menos? Aún debemos ajustar cuentas.
- Dicen que la venganza no es buena. Pero si la ves, destrózale la rodilla de mi parte.
El inspector García abandonó la sala con paso tranquilo, sin decir nada. Miguel Hernán, natural de México, volvió a suspirar. Aliviado. De nuevo las cosas entre ellos estaban tranquilas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Escena XIX: Fuerzas de corrupción.

Gotas de sudor del tamaño de dientes brotaban de su frente. A sus espaldas, dos hombres permanecían en pie. Firmes. Como esperando.
- Os he dicho ya que no lo tengo.
Se secó la frente con su pañuelo de seda y se notó las manos temblorosas. Los dos hombres lo sabían. Tenían que saberlo.
- Esa no es excusa, señor duVilage. Los Cuatro no se verán nada contentos con esta respuesta.
El señor duVilage se giró irritado.
- ¡Os digo que no ha sido culpa mía! ¡Me lo robaron!
- No debió dejar que eso pasara. Bien sabía vuesa merced que un objeto de tal envergadura debe defenderse con la propia vida, como muchos otros han hecho.
De repente, su sudor se cortó. Un escalofrío recorrió su columna. Esperaba esa respuesta, pero no tan temprano.
- ¡No! ¡Dadme otro día!
El hombre que había permanecido callado, se dignó a hablar.
- Ya te hemos dado demasiados, Marcel.

* * * * *

- ¿Y cómo pretendes empezar, Viajero?
La plaza de la Torre estaba a reventar. El mercado, como siempre, estaba abarrotado de diferentes lugareños. No era difícil encontrar a cualquiera de la ciudad allí abajo. Desde la moza más "alegre", hasta el viejo que estaba a punto de morir. Pasando, por supuesto, entre guardias y ladrones.
- ¿Empezar? No haremos nada. Quedarse parado y esperar que la vida se solucione sola es mi mejor y único plan en este momento.
- ¿Qué decís? ¡Valiente desfachatez! ¡Ahora mismo ni siquiera sabemos si nos están siguiendo, y luego está ese tema con el dueño de esta villa, que podría estar...!
El discurso del Buscador se vio interrumpido por los acontecimientos. Toda la plaza se paralizó y pudo ver como desde la Torre caía la sebosa, amorfa y vieja persona del señor Marcel duVilage que, como era de esperar, se estrelló contra el suelo de la plaza del mercado, llenando de tripas y sangre a varios viandantes.
Y así, de pronto, una alegre mañana se convirtió en caos. Las mismas gentes, los mismos movimientos, el mismo caos, pero con un ingrediente añadido: pánico. Ni siquiera la guardia de Villatorres supo qué hacer.
- De acuerdo, Viajero. He de admitir que teníais toda la razón del mundo.
- Y ahora, Buscador, es cuando tengo un plan. Necesitamos hacernos con el cuerpo. ¿Y quien mejor que alguien como yo, que "busca en el mundo onírico", para investigar? Dejadme actuar un poco. No os separéis demasiado y mantened la mano en la empuñadura. Puede que haya más problemas.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Escena XVIII: El Tulipán Escarlata

El sol teñía de tonos naranjas el valle en el que se encontraba Villatorres. Los jinetes se acercaban con el alba a sus espaldas, dejando que los caballos descansasen, pero sin dejarlos parar.
- Villatorres, Buscador. Nuestra primera parada aceptable en nuestro camino hacia Treasvigg. Espero que se hayan olvidado de mí.
- ¿Estuvísteis ya aquí, bufón?
- ¿De nuevo con la tontería de los nombres? - el Viajero dio un profundo suspiro y rió en tono burlesco - Si. Tuve la desdicha de parar aquí hará cosa de un año. ¿Recordáis aquella historia que os conté sobre la hija de aquel granjero? Si, aquella chica llamada... ¿Giulia, quizás?
- ¿Un nombre característico del sur? ¿Tan al norte? No, no lo creo. De cualquier manera, Viajero, no sigáis por ahí. Preferiría no recordar ninguna de vuestras aventuras... y aun así lo hago.
El viajero volvió a reír.
- Creo que os conviene saber algo de la ciudad antes de adentraros en ella, Buscador. Villatorres tiene una historia larga. Y siniestra, pero bueno, seguramente para vos eso solo sean nimiedades. El caso es que Villatorres antes era un pequeño fuerte con cuatro torres que aun hoy se conservan. Después de no sé que guerra, el fuerte desapareció y se convirtió en lo que hoy ves ante ti. Actualmente lo regenta el señor Marcel duVilage, un antiquísimo, y con antiquísimo quiero decir viejo, noble de algún territorio importante de aun más al norte, al cual han mandado aquí.
Tras un largo monólogo del Viajero sobre todo lo que este sabía de la ciudad, los jinetes llegaron a ella y la vieron despertar. Los mercaderes abrían sus negocios a lo largo de la calle principal, que desembocaba en una plaza de un tamaño considerable, en cuyo centro se alzaba una de las torres que albergaban la totalidad del poder en el territorio urbano. Los trabajadores se dirigían ya a sus puestos de trabajo, e incluso algún que otro niño se atrevía a corretear por las calles.
Los jinetes atravesaron en su totalidad la calle principal y llegaron por fin a la plaza, donde había una posada con establos. Amarraron los caballos y entraron al establecimiento, en el cual el Viajero fue recibido por un fortísimo grito de júbilo.
- ¡Me cago en mi puta vida! ¡Pero si eres tú, maldito rufián!
- ¡Josep, amico! ¡Alabados sean los ojos!
Y comenzó la conversación entre el tabernero y el estafador. Mientras tanto, Buscador, con la mano en el pomo de su estoque, se dejó recostar sobre una pared y oteó todo lo bien que sabía la totalidad de la posada. Doce mesas distribuidas de forma caótica con al menos cuarenta sillas. De todas las mesas, solo dos estaban ocupadas. Una de ellas por dos mozas que supuso familiares del dueño, por sus vestiduras y por su proximidad a la barra. La otra mesa estaba ocupada por un único hombre. Nervioso y que no dejaba de mirar al Viajero, que seguía hablando alegremente con el hombre de detrás de la barra. Las escaleras: vacías.
Tiempo después el Viajero lo llamó con la mano desde una mesa, donde ambos tomaron asiento.
- Al parecer, estaba equivocado. Hay gente del sur en estas tierras, Viajero.
- Josep es único. Por lo pronto, nos invita a desayunar y a dos noches.
- ¿Dos noches? Eso nos retrasará en nuestro viaje. ¿Por qué no le dijiste que solo una?
- Porque pedí más información. Precisamente, sobre el hombre que nos atacó. Tranquilo, Josep es de fiar.
- ¿Y qué te ha dicho?
- No mucho. Recuerda haber dado alojamiento a tres hombres vestidos como le he descrito. Y cree haber escuchado de algún que otro guardia que se han reunido con el señor duVilage. Lo cual, queridísimo espadachín, nos plantea una pequeñísima duda. ¿Qué tenían estos hombres que ver con el señor duVilage? Y aun mejor: ¿Qué tiene que ver el señor duVilage con Vale y con Tulipán?
- ¿Y cómo diablos quieres que lo sepa?
- Pues precisamente por eso nos quedamos dos días.

Escena XVII: El entierro

Escenas publicadas de La flor de pétalos dorados

Escena I: El buscador
Escena II: El Viajero onírico
Escena III: La flor
Escena IV: Interludio
Escena V: Alquimia
Escena VI: Historias
Escena VII: Razones
Escena VIII: Atracción
Escena IX: Alianza fatal
Escena X: Tulipán
Escena XI: El hombre de la arena
Escena XII: El acuerdo de la priva
Escena XIII: Por la puerta de atrás
Escena XIV: Noche de Pasión
Escena XV: Advertencia y periplo
Escena XVI: Protectores
Escena XVII: El entierro


El Viajero Onírico observaba recostado sobre un árbol (y jugueteando entre sus dedos con la llave del muerto) el ingenio mecánico que había elaborado su compañero en apenas unos minutos: pasó una cuerda de cáñamo por las ramas más fuertes de un árbol, creando un rudimentario sistema de poleas; del que por uno de sus extremos colgaba el cadáver desnudo del joven sectario.
-"La gente tiende a mirar hacia abajo, no hacia arriba." -dijo imitando su voz además de sus palabras-. Buscador, piensas como un auténtico asesino.
El hombre del sombrero emplumado le dedicó una mirada fulminante y comenzó a tirar de la cuerda. Como reacción, el Viajero se incorporó de forma carambolista y se dirigió hacia él para colaborar en el "entierro". En breves minutos llegó el momento en que hacer el último esfuerzo para subir el cuerpo a la altura de las ramas.
-Sujeta fuerte la cuerda.
El asesino trepó sin esfuerzo apenas por el árbol hasta llegar a la copa. Allí en lo alto colocó el cuerpo sobre dos ramas y esparció algunas hojas que se pegaron al cuerpo gracias a la función adhesiva de la sangre semicoagulada. Eliminaron cualquier señal de combate en la zona y se marcharon.

* * * * *

-Tenemos un disfraz de sectario y una llave que nos da acceso a su concilio de chalados... ¿Buscador, piensas lo mismo que yo?
-Estoy pensando en muchas cosas, pero sí, te entiendo.