viernes, 17 de junio de 2011

Oficios.

- Así que haces trucos...
- No, señor. Me temo que está usted profundamente equivocado.
- Pero has dicho que eres mago, ¿no?
- Exacto. Soy mago.
- Estás a un paso de que te mande a la mierda, chico. ¿Eres mago y no haces trucos?
- Señor, soy mago. Mi oficio consiste en crear ilusiones, engañar a la mente y ofuscar los ya maltrechos sentidos. Mi espectáculo no se basa en hacer trucos. Se basa en crearlos. No soy un simple gañán que se compra una baraja trucada en un taller de magia y sorprende a unos críos, no. Soy un mago. Alguien capaz de sorprender incluso a los de su misma clase.
- ¿Y eres caro?
- Podríamos decir que si.
- Pues lo dicho: Ve yéndote a la mierda.

martes, 14 de junio de 2011

Escena XXII: La hermandad

- ¿Son ellos?
- Así es, Tres.
- Muy bien. Agárralos fuerte, que no se muevan. Pétalos, hermanos míos, éstos dos son los que robaron el Segundo Sello al chaval de duVilage. No contentos con ello han atacado directamente a miembros del Ramo, robado sus túnicas, y han intentado colarse en esta sala. Pero no somos estúpidos y les estábamos esperando. Al aparecer con el sello se han delatado, y por ello ahora serán castigados. Quitadles las capuchas.

Frente a los ladrones estaba el llamado Tres, de pie, como todos en la sala. No había sillas. El resto de Pétalos les rodeaba en un semicírculo. Dos de ellos se adelantaron y obedecieron al líder. Ambos ladrones cerraron los ojos por la repentina claridad, a la vez que maldecían. El más bajo tenía el pelo cenizo, casi blanco. Profundas arrugas surcaban su rostro: Debía rondar los 60 años. El otro, alto, calvo, de piel morena y fuerte musculatura, sollozaba y suplicaba piedad.
- Cállate, muchacho. Ya sé que tú tampoco eres culpable, pero deberías conocer las normas. Mi señor Tres, no sé cómo ha llegado el sello a mi bolsillo, lo juro.
- ¿Y esperáis que os crea?
- Francamente no, señor. Pero es la verdad. Yo siempre he sido fiel al Ramo.
- En ese caso debéis saber las opciones que tenéis.

El anciano palideció y sus ojos se abrieron perplejos.

- Yo... - dijo intentando recomponerse y poniéndose de rodillas – Yo asumo la responsabilidad de mis actos, y os ruego un castigo sin dolor.
- Vos debéis de ser el charlatán del que me hablaron. Se nota vuestro don de lenguas. Así sea. Como único miembro de los Cuatro presente, tengo el poder para concederos una muerte rápida. Y así lo hago. Y vos, ¿qué tenéis que decir? - Concluyó señalando al alto, que tuvo que sorberse los mocos antes de poder hablar.
- No me hagáis daño, por favor, soy inocente. No quiero morir. No quiero sufrir.
- Eso debisteis pensarlo antes de atacar a mis hermanos. Sin embargo, no somos animales vengativos, sino caballeros con un deber. Puedo cumplir uno de vuestros deseos, pero no ambos. Te cortarán la cabeza como a tu aliado. No sufrirás. Proceded.

Los dos que habían descapuchado a los ladrones les condujeron fuera de la sala. Empezaban a bajar unas escaleras cuando Tres habló tapando el lloriqueo de los condenados:

- Ya hemos terminado los asuntos desagradables, Pétalos. Juramos proteger el secreto de nuestra hermandad y éste es el precio que hemos de pagar a veces. Hablando de ello, hemos de pensar una nueva consigna, pues los ladrones pueden haber hablado más de la cuenta. Lo discutiremos ahora – suspiró mientras abría una puerta e invitaba a los demás a pasar y sentarse.- Ah, y antes de que alguno tenga que irse como la última vez, lo diré ahora: Mañana me reuniré con Uno, Dos y Cuatro. Ahora que, de nuevo y tras tanto tiempo, tenemos el sello en nuestro poder, no hay tiempo que perder. Debemos comprobar que nuestra Flor sigue a salvo en la cámara.

La sala estalló en aplausos, abrazos y gritos de júbilo. Nadie prestó la más mínima atención al que decía:

- Soltadme ya, estafador.
- Perdonad, Buscador. Es que no me creo lo rápido que hemos llegado hasta aquí. De aquél en el callejón esperaba sacar un lugar, pero no consignas, protocolo, jerarquía, y encima otra túnica. Interrogar se os da muy bien, emplumado. Bueno, encapuchado ahora.
- Yo de nuevo he de reconocer vuestra habilidad. Arriesgada jugada, pero efectiva.
- Nada de arriesgada. ¡Una jugada maestra! La llave en el bolsillo de uno entre la multitud, y en cuanto nota el peso y la coge, se agarra a ese y a otro y a correr ante el tal Tres diciendo que han recuperado el sello. A nadie le hubiera dado tiempo a reaccionar. Pero bueno, calmémonos. Estamos cerca pero aún queda lo más difícil. Venga, entremos. No quiero perderme esta reunión.

lunes, 13 de junio de 2011

Escena XXI: Pétalos bañados en sangre.

Los dos hombres salieron del local. A tomar el aire, Josep, dijo el Viajero.
El ambiente en la ciudad era tranquilo. Pocos transeúntes que se dedicaban tranquilamente a ver al sol ocultarse en el horizonte. Las calles estaban especialmente brillantes, como en todos los crepúsculos. Pero no iban buscando lugares brillantes y bonitos. Buscaban algo lúgubre. Oscuro. Algo lo suficientemente tenebroso como para que la vista de las buenas gentes de Villatorres se mantuviesen alejadas de los negocios de la sangre y la espada.
Avanzaron por callejones que muchos creían olvidados. Estrechos pasillos entre casas a donde no desembocaban ventanas. Y, allí, el Buscador hizo detenerse al Viajero. Sonó el metálico chillido de las espadas saliendo de sus fundas. Seguidores y perseguidos estaban cerca. Demasiado cerca como para verse y lo suficientemente lejos como para pensar antes de actuar. Algo que los seguidores no parecieron tener en cuenta, pues se lanzaron al ataque antes incluso de que el Buscador hubiese desenvainado completamente su espada. Aun así, este pudo esquivar las primeras cuchilladas y adoptar una posición defensiva. El Viajero, por su parte, rodó entre los tres hombres trabados en combate y se posicionó a la espalda de los atacantes, sin intención alguna de asestar un golpe.
Las cuchilladas se sucedían. Buscador conseguía acaparar prácticamente toda la atención, bloqueando los golpes que le llegaban y repartiendo estocadas que no llegaban a ningún blanco. El Viajero, por su parte, no paraba de moverse por la escena de combate, esquivando con especial soltura las hojas de los tres espadachines.
Tras veinte segundos de combate, la hoja del Buscador por fin encontró carne. Había atravesado la pierna de uno de los atacantes. Pero, a su vez, el otro le había pinchado con cierta profundidad en el hombro. Los tres podrían haber muerto de no ser por la inesperada intromisión en el combate por parte del Viajero, que placó al Buscador, alejándolo unos metros del enemigo.
- ¿Para qué usáis espadas contra alguien que puede dominar - el Viajero plantó los dedos corazón e índice de su mano derecha en el suelo, los frotó contra la piedra y las calles volvieron a brillar durante un cortísimo lapso de tiempo con un fulgor que calcinó a los dos espadachines - el fuego?
El Buscador se inspeccionó la herida en su hombro. "Superficial. Nada grave." Se puso en pié y se acercó a los cuerpos. El desgraciado al que había herido aun ardía y permanecía en el suelo. Cadáver. Por suerte, el otro seguía vivo a pesar de sus horribles quemaduras. Apartó su espada.
- Hora de que sepamos. ¿Quién sois?

Escena XX: Un paso más cerca.

- ¡Tú! Yo... él... ¡Yo te conozco! ¡¡Eh, escuchadme!! ¡Este hombre habla con los muertos! ¡Lo hizo con mi pobre hermano y gracias a él encontramos a su asesino! ¡Dejadle pasar y que haga su trabajo! Señora duVilage, no desconfíe, se lo digo yo que buena cosa es este brujo.

Tras pedir silencio, el Viajero Onirico empezó su ritual. Con la cabeza del señor duVilage entre sus rodillas, cogió una pizca del polvo rojo que llevaba en uno de los bolsillos del cinturón y lo esparció por la frente del muerto. Cruzó las manos como cuando se quiere proyectar la imagen de una paloma utilizando sombras, y las apoyó sobre el polvo, con las palmas hacia arriba. Tras un momento inmóvil, el estafador empezó a mover la cabeza como las gallinas, simulando un trance:

- Veo varias figuras de pie ante él, pero... está todo tan borroso... Siento ser tan poco concreto, mi señora. La muerte debió de sorprenderlo y su espíritu es caótico.
- El cobre fortalece la presencia de los espíritus, señora. - Dijo el hombre que había reconocido al Viajero. - He estudiado al respecto.

Tras sentir el peso de las monedas cayendo en sus manos, el estafador continuó:

- No puedo ver sus caras. No se puede, pues llevan capuchas, pero el señor los conocía. Hablan de... - Exageró un movimiento de cabeza, como si hubiera recibido un puñetazo en la mandíbula - ... Una hermandad. Dicen algo acerca de una... ¿Flor?
- ¡Lo sabía! ¡Le dije que se alejara de esa gente! - La esposa del señor duVilage había ido torciendo el gesto a medida que el Viajero hablaba, y finalmente estalló. - ¡Dígame todo lo que sepa! ¡Venga ahora mismo a mi casa!
- Pero, mi señora, necesito el cuerpo tal y como se encontró o ni todo el oro del mundo me permitirá ver nada - Respondio rápidamente el Viajero, mientras pensaba "Sí hombre. No tengo intención de que nadie me mate por saber demasiado. Suficiente puedo sacar de sus lloros, milady."
- Entonces, que se alejen todos. ¡Guardias, formad un círculo! Y tú, habla bajito.

El Viajero asintió, aspiró con fuerza y cerró los ojos.

* * * * *

- Se reúnen cada 7 semanas. - Dijo el estafador al terminar su cerveza. - No sé por qué diablos, algo de una rotación o "algo así" que decía la señora, a duVilage le tocaba guardar una llave, aunque según ella, él la llamaba sello. Al parecer es una de cuatro llaves necesarias para abrir, y cito textualmente, "no sé qué puerta o no sé que cofre". En cualquier caso, se la robaron y han debido castigarle por ello.
- Los espíritus me dicen que han resuelto el acertijo del paradero de la condenada llave. - dijo Buscador moviendo los dedos de ambas manos y mirando el cinturón del Viajero.
- Ríete lo que quieras de mi trabajo, emplumado, pero has de reconocer que da sus frutos. Por lo pronto esta hermosa y tintineante bolsita, gracias a cuyo contenido estáis bebiendo cerveza y no agua. Y sí, yo también lo creo. - Replicó mientras levantaba la cabeza y dejaba de susurrar por un instante. - Diablos, estamos cerca. Tenemos un disfraz, la llave, y sé cuándo se reunieron por última vez, aunque no dónde y la tercera jarra me está impidiendo pensar con claridad. Admito que no sé por dónde seguir.
Buscador rió, y el Viajero pensó que se lo había imaginado, pues al instante la cara del asesino era tan oscura como siempre.
- En la mesa que hay frente a la puerta hay dos hombres que llevan siguiéndonos desde la plaza. Salieron de un callejón junto a la casa del muerto y no te han quitado ojo de encima desde entonces. Dices que no sabes de dónde sacar la información que nos falta. Bien. Es mi turno de actuar. No os separéis demasiado y mantened la mano en el dinero. Puede que haya más problemas.