lunes, 13 de junio de 2011

Escena XXI: Pétalos bañados en sangre.

Los dos hombres salieron del local. A tomar el aire, Josep, dijo el Viajero.
El ambiente en la ciudad era tranquilo. Pocos transeúntes que se dedicaban tranquilamente a ver al sol ocultarse en el horizonte. Las calles estaban especialmente brillantes, como en todos los crepúsculos. Pero no iban buscando lugares brillantes y bonitos. Buscaban algo lúgubre. Oscuro. Algo lo suficientemente tenebroso como para que la vista de las buenas gentes de Villatorres se mantuviesen alejadas de los negocios de la sangre y la espada.
Avanzaron por callejones que muchos creían olvidados. Estrechos pasillos entre casas a donde no desembocaban ventanas. Y, allí, el Buscador hizo detenerse al Viajero. Sonó el metálico chillido de las espadas saliendo de sus fundas. Seguidores y perseguidos estaban cerca. Demasiado cerca como para verse y lo suficientemente lejos como para pensar antes de actuar. Algo que los seguidores no parecieron tener en cuenta, pues se lanzaron al ataque antes incluso de que el Buscador hubiese desenvainado completamente su espada. Aun así, este pudo esquivar las primeras cuchilladas y adoptar una posición defensiva. El Viajero, por su parte, rodó entre los tres hombres trabados en combate y se posicionó a la espalda de los atacantes, sin intención alguna de asestar un golpe.
Las cuchilladas se sucedían. Buscador conseguía acaparar prácticamente toda la atención, bloqueando los golpes que le llegaban y repartiendo estocadas que no llegaban a ningún blanco. El Viajero, por su parte, no paraba de moverse por la escena de combate, esquivando con especial soltura las hojas de los tres espadachines.
Tras veinte segundos de combate, la hoja del Buscador por fin encontró carne. Había atravesado la pierna de uno de los atacantes. Pero, a su vez, el otro le había pinchado con cierta profundidad en el hombro. Los tres podrían haber muerto de no ser por la inesperada intromisión en el combate por parte del Viajero, que placó al Buscador, alejándolo unos metros del enemigo.
- ¿Para qué usáis espadas contra alguien que puede dominar - el Viajero plantó los dedos corazón e índice de su mano derecha en el suelo, los frotó contra la piedra y las calles volvieron a brillar durante un cortísimo lapso de tiempo con un fulgor que calcinó a los dos espadachines - el fuego?
El Buscador se inspeccionó la herida en su hombro. "Superficial. Nada grave." Se puso en pié y se acercó a los cuerpos. El desgraciado al que había herido aun ardía y permanecía en el suelo. Cadáver. Por suerte, el otro seguía vivo a pesar de sus horribles quemaduras. Apartó su espada.
- Hora de que sepamos. ¿Quién sois?

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