martes, 14 de junio de 2011

Escena XXII: La hermandad

- ¿Son ellos?
- Así es, Tres.
- Muy bien. Agárralos fuerte, que no se muevan. Pétalos, hermanos míos, éstos dos son los que robaron el Segundo Sello al chaval de duVilage. No contentos con ello han atacado directamente a miembros del Ramo, robado sus túnicas, y han intentado colarse en esta sala. Pero no somos estúpidos y les estábamos esperando. Al aparecer con el sello se han delatado, y por ello ahora serán castigados. Quitadles las capuchas.

Frente a los ladrones estaba el llamado Tres, de pie, como todos en la sala. No había sillas. El resto de Pétalos les rodeaba en un semicírculo. Dos de ellos se adelantaron y obedecieron al líder. Ambos ladrones cerraron los ojos por la repentina claridad, a la vez que maldecían. El más bajo tenía el pelo cenizo, casi blanco. Profundas arrugas surcaban su rostro: Debía rondar los 60 años. El otro, alto, calvo, de piel morena y fuerte musculatura, sollozaba y suplicaba piedad.
- Cállate, muchacho. Ya sé que tú tampoco eres culpable, pero deberías conocer las normas. Mi señor Tres, no sé cómo ha llegado el sello a mi bolsillo, lo juro.
- ¿Y esperáis que os crea?
- Francamente no, señor. Pero es la verdad. Yo siempre he sido fiel al Ramo.
- En ese caso debéis saber las opciones que tenéis.

El anciano palideció y sus ojos se abrieron perplejos.

- Yo... - dijo intentando recomponerse y poniéndose de rodillas – Yo asumo la responsabilidad de mis actos, y os ruego un castigo sin dolor.
- Vos debéis de ser el charlatán del que me hablaron. Se nota vuestro don de lenguas. Así sea. Como único miembro de los Cuatro presente, tengo el poder para concederos una muerte rápida. Y así lo hago. Y vos, ¿qué tenéis que decir? - Concluyó señalando al alto, que tuvo que sorberse los mocos antes de poder hablar.
- No me hagáis daño, por favor, soy inocente. No quiero morir. No quiero sufrir.
- Eso debisteis pensarlo antes de atacar a mis hermanos. Sin embargo, no somos animales vengativos, sino caballeros con un deber. Puedo cumplir uno de vuestros deseos, pero no ambos. Te cortarán la cabeza como a tu aliado. No sufrirás. Proceded.

Los dos que habían descapuchado a los ladrones les condujeron fuera de la sala. Empezaban a bajar unas escaleras cuando Tres habló tapando el lloriqueo de los condenados:

- Ya hemos terminado los asuntos desagradables, Pétalos. Juramos proteger el secreto de nuestra hermandad y éste es el precio que hemos de pagar a veces. Hablando de ello, hemos de pensar una nueva consigna, pues los ladrones pueden haber hablado más de la cuenta. Lo discutiremos ahora – suspiró mientras abría una puerta e invitaba a los demás a pasar y sentarse.- Ah, y antes de que alguno tenga que irse como la última vez, lo diré ahora: Mañana me reuniré con Uno, Dos y Cuatro. Ahora que, de nuevo y tras tanto tiempo, tenemos el sello en nuestro poder, no hay tiempo que perder. Debemos comprobar que nuestra Flor sigue a salvo en la cámara.

La sala estalló en aplausos, abrazos y gritos de júbilo. Nadie prestó la más mínima atención al que decía:

- Soltadme ya, estafador.
- Perdonad, Buscador. Es que no me creo lo rápido que hemos llegado hasta aquí. De aquél en el callejón esperaba sacar un lugar, pero no consignas, protocolo, jerarquía, y encima otra túnica. Interrogar se os da muy bien, emplumado. Bueno, encapuchado ahora.
- Yo de nuevo he de reconocer vuestra habilidad. Arriesgada jugada, pero efectiva.
- Nada de arriesgada. ¡Una jugada maestra! La llave en el bolsillo de uno entre la multitud, y en cuanto nota el peso y la coge, se agarra a ese y a otro y a correr ante el tal Tres diciendo que han recuperado el sello. A nadie le hubiera dado tiempo a reaccionar. Pero bueno, calmémonos. Estamos cerca pero aún queda lo más difícil. Venga, entremos. No quiero perderme esta reunión.

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