lunes, 8 de julio de 2013

Unos ojos que cambian una vida.

Una ligera brisa movía las hojas de aquellos árboles que, con su sombra, lo cobijaban del calor de la tarde estival.

Caminaba despacio, despreocupado. Con esa tranquilidad que a uno le otorga el saber que ya no queda nada que perder. Todo cuanto veía a su alrededor era decadencia y podredumbre. Decadencia y podredumbre que los publicistas y una sociedad infantil habían sabido maquillar de una forma no demasiado convincente. Decadencia y podredumbre.

El parque, que apenas era más que un camino ancho de baldosas con altos y frondosos, aunque escasos, árboles en sus arcenes, se encontraba ese día, como casi todos los demás, vacío. Casi sin un alma. Apenas unos pocos locos que paseaban y se dignaban a ver lo poco que el mundo tenía que ofrecerles. Y lo que el mundo ofrecía era poco. No se oían a los pájaros cantar, ni se podía tranquilizar uno con silencio alguno. Todo era tráfico, contaminación y ruido. Pasear era, incluso, estresante.

Pero los caminos que un hombre libre toma son a menudo confusos, y acaban en situaciones que le obligan a ver la vida de otra manera. Apenas fue un suspiro. Un momento. Ni siquiera él puede estar seguro de si ese momento llegó siquiera al segundo. Pero le bastó con ese lapso de tiempo para caer profundamente enamorado. Por una simple mirada. Una mirada de ojos verdes y radiantes que, con solo mirarlos, había despejado de él todo hastío y asco. Una mirada que había sanado a un hombre que veía al mundo enfermo. Una mirada que se perdió con el tiempo.

Pero tenía la opinión de que hay pequeñas cosas que a uno le pasan en la vida, y que lo marcan para siempre, como la mirada de una desconocida de preciosos ojos verdes.

1 comentario:

Sombragris dijo...

A menudo , un instante basta...LO se porque a mi me pasó...y me suele pasar cada día...Me gusta como el texto salta, brinca de una descripción casi post-apocalíptica ...a un instante mágico...